Amor Reptil: PARTE II

Amor Reptil


PARTE II





Crucé la calle con el temor que me acompañaba siempre: Miré una y otra vez a ambos lados de la pista, tenía la impresión de que en aquella soledad aparecería de repente un automóvil que me embestiría.

Era una noche hermosa, la luna ascendía por el cielo como un enorme bicho celícola, desplegando su alado resplandor. Con papel y lapicero en mano, me disponía a escribir cualquier cosa que pasara por mi mente. Era eso, o era que en realidad me había equivocado de profesión, a pesar de haber escrito alguna que otra cosa memorable, antes.

Siempre era lo mismo, la incertidumbre total, la desmoralización existencial en su apoteosis.

Por un momento, levanté la mirada del papel, pues sentí el brillo incisivo del satélite lunar, y vi a la chica atravesando el parque, distraída.

Esta vez pude observarla bien. Resaltaba su figura esbelta, sus curvas hacían pensar en la majestuosidad de un ave. Detrás de ella, que venía hacia mí, el fulgor de la luna se expandía, como si el mar estuviese atrapado en una burbuja pálida, fantasmagórica.

Se detuvo frente a mí, me quedé de piedra.

—¡Qué bueno que te encuentro! Se te cayó esto en la biblioteca. Cuando me di cuenta, ya no estabas por ningún lado. ¿Es tuyo, no?

Me mostró un carnet con mi fotografía. Asentí.

Entablamos una conversación trivial. Al momento de despedirnos, le pregunté si podíamos volver a vernos. Quedamos en ir a cenar al día siguiente.


***



Así comenzó mi relación con Ammy. Durante los siguientes días nos frecuentamos mucho. El amor que sentía por ella se asentó, como la tierra después de un día lluvioso. Noté que yo le agradaba mucho más de lo que habría podido imaginar: le parecía especial, diferente a los demás terrícolas.

Ammy leía a los clásicos; y a mí, me parecía una rara avis, pues que una chica de su edad —tenía 19—, leyese esos libros, que hasta para mí eran difíciles, me confundía, y a la vez me fascinaba.

Había una extraña obsesión en ella por conocer todo sobre la humanidad. A menudo hablábamos de libros, y pedía mi interpretación sobre cosas tan singulares y abstractas, que muchas veces no sabía responderle, aun así, por impresionarla, a veces repetía lo que habían dicho los expertos, adjudicándome la autoría. Entonces ella parecía satisfecha y sonreía.

Después de la biblioteca íbamos al cine, y luego a tomar alguna cosa. Me parecía extraña, pero era esa extrañeza la que me atraía. Parecía siempre desubicada, y preguntaba sobre todo lo que acontecía.

Era verdad que era mucho más joven que yo, además mis conocimientos eran lo bastante cultivados como para atribuir a esto su actitud. Al principio no hablaba mucho, pues temía parecer pedante. Pero ante su insistencia a desarrollar los temas, sobre todo con la miradita con la que me imploraba, lograba convencerme, y le explicaba detalladamente punto por punto.

Captaba todo a la primera explicación. Me sentía orgulloso de ella. Estaba de intercambio estudiantil en la universidad X, y sabía que en dos meses volvería a su lejano país. Por ello no quise entusiasmarme mucho, aunque ya era demasiado tarde.


Los temas que más llamaban su atención eran la psicología, las religiones comparadas, y la física nuclear. Por lo demás, parecía no entender cómo en esta parte del mundo, en las cosas cotidianas, nos complicábamos tanto.

En aquellas materias yo era su instructor. En cambio, en la materia sexual, ella era mucho más sofisticada que yo, que a pesar de tener alguna experiencia, ante sus habilidades, me sentía como un cavernícola.

Debo de confesar que esta fue la segunda cosa que me encantó de Ammy. No digo la primera, por pudor, por no parecer un animal, una bestia primaria. Para qué explayarme en estas descripciones, era simplemente una gatita adorable.

Me gustaba sorprenderla. Ante sus destrezas sexuales, para no quedarme atrás, le respondía con gestos románticos. En verdad me nacía del corazón hacer cosas lindas por ella. Y esto parecía avivar en ella la chispa del amor.

Yo muchas veces pecaba de cursi, pero Ammy no lo notaba, al contrario, se desvanecía en mi pecho, como un pichoncito desamparado. La tenía a mi merced. Incluso un día habló de que se quedaría conmigo, o me llevaría con ella, a su país.

Pensar en su partida nos entristecía, especialmente a mí, pero ella sabía darle vuelta al asunto, y terminábamos riendo, besándonos.

Habían pasado tan solo tres meses, y para nosotros era como una eternidad, pues cada minuto estábamos juntos, éramos inseparables; nos conocíamos al milímetro.

Una noche, después de hacer el amor, contemplábamos las estrellas que refulgían enmarcadas en las ventanas, abiertas de par en par. Ella se incorporó, se puso muy seria, casi pálida, me miró a los ojos y me dijo con su manera tan particular de hablar:

—Tengo que confesarte algo…


CONTINUARÁ….


Amor Reptil: PARTE I

Amor Reptil


PARTE I




Podría decir que fue una bonita historia de amor. Y a pesar de que todo terminó tan mal, pienso que sigo enamorado de aquella chica, si es que se le puede llamar así a aquel monstruo escamoso, al que le hice el amor una noche de luna llena.

Recuerdo que por aquel entonces no escribía una palabra. Tenía que entregar mi nueva novela en seis semanas. Los últimos meses los había pasado dando vueltas en mi habitación, royendo la madera del tiempo.

Los pensamientos se hilvanaban bien, pero a la hora de trasladarlos al papel, un muro enorme, como el templo de Jerusalén, se interponía y me sentía perdido. Sabía que debía salir a respirar, ventilar mi cerebro, pero tenía metido entre ceja y ceja que alguna desgracia me ocurriría.

Pasé los últimos días metido en la cama; el sexto día, no pude soportarlo más. Abrí la puerta de mi habitación, y al salir me enredé con una densa telaraña. Me miré al espejo, era la ruina personificada.

Decidí sobreponerme. Y como la inspiración no venía a mí, salí a buscarla. Caminé por calles hacinadas —era justo la hora en la que la gente se traslada a realizar sus deberes, y sale en raudales—; me sentí como una miserable araña rodeado de las fauces hambrientas de millones de hormigas salvajes.

La ansiedad me trepó por las orejas, busqué algún lugar donde estabilizar mis emociones. Después de tanto tiempo sin salir de casa, de estar tantos días metido en la cama, aquel impresionante éxodo era demasiado para mi ya vulnerado sistema nervioso.

Un par de cuadras más allá encontré un lugar desolado, parecía la cueva de un vampiro, era increíble cómo el vulgo evitaba acercarse. Era el único lugar ensombrecido por pesadas nubes amoratadas, amenazantes: La biblioteca municipal.

Respiré aliviado y entré en sus instalaciones. El guardia de seguridad parecía un muñeco de cera, una armadura medieval. En el intervalo de las dos cuadras bebí una petaca de whisky para calmar mi ansiedad.

No me había hecho efecto alguno. Me acerqué a la recepción, un viejo bibliotecario, que olía a almidón y formol, salió a mi encuentro. Era tan pálido, alto y rígido, que parecía el mayordomo de Drácula.

Me di cuenta de que el licor estaba haciendo su efecto porque quise reír cuando en realidad debí asustarme. Los fríos corredores de cemento, los techos altos, y el silencio —que se extendía como la sombra del abandono—, me hicieron sentir una descarga eléctrica en la médula espinal.

Me dirigí a la sala de literatura. Era, en contraste, una sala bastante cálida, el olor de los libros, los estantes y pisos de madera, me hicieron pensar en un mundo feliz. Tenía todos aquellos libros a mi disposición.

Por un momento me deprimí, pues mi obra, si es que alguna vez se concretaba, sería pequeña e insignificante, una hoja seca en aquel árbol espeso, infinito, de grandes libros. Estas frutas deliciosas desprendían un aroma que se disolvía en el aire, envolviendo al único habitante de aquel bosque secreto, de aquel mundo soñado.

La inspiración apareció como un colibrí, al que sentí aletear muy cerca. Mis pensamientos comenzaban nuevamente a florecer, las ideas se engarzaban con nitidez, y era tanta la dicha que me embargaba, que no quise quebrar aquel espejismo sutil.

Sentí la presencia del colibrí rodeándome; pero en su lugar, me topé con una chica, que examinaba la misma colección de libros que yo. Me pareció irreal, preciosa, tenía la majestuosidad de un cisne; quise acercarme a ella, y confesarle mi amor ardiente, platónico, instantáneo.



Me di cuenta de que probablemente todo ello era producto de mi embriaguez. Así es que sólo atiné a sonreír; sentí su mirada como si se tratase de una nueva dimensión, desconocida para mí hasta ese entonces.

Me sentí pues, turbado, actué como un tonto; dejé caer los libros y mi carpeta unos pasos más allá. Lo recogí todo, y hui avergonzado.

Cuando salí de la biblioteca con una decena de libros, me di cuenta de que sólo contemplando los títulos, ¡habían pasado más de cinco horas!

Las calles habían vuelto a la normalidad. La tarde estaba nublada.
Fui a casa, pero durante todo el camino aquel rostro resplandeció ante mis párpados como si se tratase de la luna plateada en la plenitud celestial.

Había algo único y encantador en su fisonomía, pero ¿qué era? No se trataba de la típica mujer bonita, sino que su belleza tenía más que ver con las proporciones exactas, era como la evolución perfecta del ser humano.

Pensé en sus ojos, tenían algo diferente, sus pupilas eran como la lumbre del fuego, había algo salvaje en ellos. Este pensamiento obsesionó mi mente.

Olvidé por completo la elaboración de mi libro. Pensaba que había encontrado a la divinidad en aquel lugar desértico; y a pesar de que mis novias habían sido muy bellas, había en esta fémina algo que me hacía sentir inferior, como si fuera demasiado linda para mí.

Si tan sólo me hubiera atrevido a hablarle… no era posible que una mujer, un simple primate, me quite el sueño de un momento a otro. Tenía que haber algo extraño, esotérico, que no lograba descifrar, en ella.

Sobre todo, porque los últimos tiempos lo único que me interesaba en el mundo era concretar mi obra literaria, abandonando, incluso, a mi querida esposa. Tenía la sensación de que se la había vendido al diablo, a cambio de escribir algo bueno, perdurable, genial.

El procedimiento había sido simple: mandarla al diablo, por más maravillosa, tierna y sexy, que era, y dedicarme completamente a la literatura.

Por lo que pensé que esta chica debía de pertenecer a otra categoría, distinta totalmente a las conocidas por mí. Dejé a un lado mi labor creativa, y me puse a reflexionar sobre qué era lo que me había cautivado en ella.

Pensé en todo. Después de muchas reflexiones, tuve claro que se trataba de algo muy elemental. Se trataba pues, del hecho de haberla encontrado en medio de todos esos libros alucinantes. Eso era, una chica inteligente, bella, elegante, la combinación perfecta.

Quise hallarla de nuevo, no me perdonaba haberla dejado ir, y peor aún, en tan vergonzoso trance. Tenía que salir de casa, ya que no podía escapar de las cuatro paredes cerebrales. Me puse la chaqueta y me encaminé al parque.


CONTINUARÁ...

Monos



Monos



Emilio Monk despertó aquella mañana con un profundo dolor en la espalda baja. Su frente lucía perlada con gotitas de sudor frío.
Recordó sus sueños convulsos: escapaba a través de árboles espesos y corpulentos. Lo hacía con agilidad, pese a que los rayos solares se le incrustaban en los ojos como lanzas doradas, allí donde las ramas les permitían el paso, alineándose en sincronía. Era un ambiente bastante caótico. No sabía de qué huía, pero sabía que si se detenía o miraba hacia atrás, sería su perdición.
Emilio tenía ya suficientes problemas como para prestarle demasiada atención a la cola simiesca que le había aparecido, y que ahora examinaba entre sus manos. Al principio, se sintió turbado; luego había aceptado el hecho con resignación, pensando que había despertado abruptamente y se había traído el rabo del sueño, sin tiempo para adaptarse a la realidad.
Tal vez si volviese a dormirse, al despertar sería el mismo de siempre y la cola desaparecería. Pero era tarde y tenía que resolver un delicado asunto en la oficina. Detestaba su trabajo burocrático, pero, ¿qué otra cosa podría hacer?, ¿trabajar en un circo, tal vez? No, aquel rabo no era lo suficientemente especial como para que lo tomasen en cuenta.
Así es que se enfundó los pantalones, pero estos no se adaptaron a su nueva fisonomía, por lo que se vio en la obligación de hacer un agujero en la parte posterior de la prenda. Esta vez se sintió cómodo.
Era como si la cola tuviese vida propia, era peluda, como la de un mono, se movía en ondulaciones y medía unos 70 centímetros. Al comienzo le costó trabajo manejarla, más bien era torpe, y tiraba con ella, sin querer, las cosas al piso. Luego la dominó y vio que era tan útil como una extremidad, podía asirse con ella, balancearse, sentía mayor equilibrio. Y a pesar de que era fea y ridícula, estas nuevas prestaciones lo hicieron sentirse más fuerte y hasta más evolucionado que el resto de la humanidad.
Al salir a la calle para tomar el metro y llegar al trabajo, tuvo cierto reparo, por el rabo, aunque luego pensó en las deudas que tenía, el trabajo retrasado, el jefe explotador, el divorcio que afrontaba y la hipoteca de su casa. Estas preocupaciones fueron más fuertes y olvidó el novedoso detalle de su cuerpo.
En el metro, algunos se rieron a sus espaldas, mirando y señalando el ondulante e intranquilo miembro de Emilio. Aunque después de la primera impresión lo olvidaban y retomaban sus charlas sosas, o se sumergían en sus smartphones. El efecto que causaba era más bien como si tuviese un enorme grano en la frente, o si llevase un sombrero huachafo.
Después de cogerse la cola con la puerta del metro y aullar de dolor, Emilio Monk corrió raudamente al trabajo. El jefe lo esperaba en su oficina. Era la tercera vez que llegaba tarde. Quiso excusarse, pero el jefe no le dio tregua y empezó a gesticular de un modo horrible. Abría la bocaza y lanzaba improperios que parecían salir entre chispas amarillas. Podía ver sus molares ennegrecidos, y la fetidez de su aliento era como la peste cayendo sobre Emilio.
Los gritos eran tales, que Emilio observaba ensordecido todo el panorama. A través de los vidrios transparentes de su oficina vio a sus compañeros, que miraban la repugnante escena. Algunos pocos, con el rostro indiferente; los más, reprimían una risita burlona. Eran patéticos.
La única persona que parecía solidarizarse con él, era la secretaria del jefe. Ésta parecía decirle con la mirada: “No hagas caso, todos sabemos que el jefe es un grandísimo idiota.”

Caminando por la calle, ya no pensaba en sus preocupaciones financieras ni familiares, sino en la secretaría observándolo anhelante, como nadie nunca lo había hecho. Nunca se había fijado en ella, estaba tan metido en sus problemas que no le había prestado ninguna atención.
Era una mujer bonita. Pensaba en sus grandes ojos tiernos, y en sus graciosas orejas, y se le antojó que parecía una preciosa monita. Lamentablemente, ahora, que había sido despedido, era demasiado tarde para intentar cualquier acercamiento, pues no volvería a verla.
Emilio Monk se perdió en estos pensamientos, y desapareció entre la muchedumbre, con el rabo entre las piernas.




TATY




Después de mil odiseas logré resucitar su amor, pensando que ello era el motivo principal de mi vida. Taty se mostró como antes, tan natural como si fuéramos amantes de vidas pasadas, como si nunca hubiese existido ningún problema entre nosotros. Me sentí amado y absolutamente feliz, pues esta vez la había recuperado para siempre.
Verla disfrutar con las sutilezas de la cotidianidad me hacía enamorarme más de ella y sentirme como una especie de semidiós: mortal, pero invencible. Sólo quería y necesitaba la ternura de aquella niña-mujer, su amor y sus besos. Por ello había aceptado, al volver con ella, no rechazar a sus detestables amigos.
Taty era una de esas chicas que no tienen amigas, toda su pandilla era de varones. Luego me daría cuenta, aunque era demasiado obvio, de que todos ellos querían estar con Taty. Aun así, por su amor, acepté.
Nunca consideré a ninguno de ellos como un adversario serio. Creía que para ella sólo se trataba de la satisfacción de poder manipularlos a su antojo, y jugar a sentirse una diosa. Siendo así, yo los trataba como si fueran las mascotas de nuestro noviazgo, e íbamos todos cada vez que salíamos. Ellos me trataban de una manera “aceptable”, para no herir sus sentimientos, pues era una especie de reina para ellos, quizá porque intuían su intensa manera de hacer el amor, quizá por su picardía, o por sus apetecibles piernas, o todo ello junto.
Aquel día nefasto, salimos en la amplia camioneta de su papá. Después de comer un cebiche bastante agradable, beber chicha de jora norteña, y muchas cervezas, salimos del restaurante con la alegría boba que dan los tragos. Yo percibía todo derritiéndose a mí alrededor, como si estuviese metido en una inmensa pintura de Dalí. 
Nos montamos en la camioneta, en la que cabíamos cómodamente nueve personas, y llegamos a Magdalena del Mar, en donde conocí a la única amiga que le conocería: una chica alta y pálida, grotescamente gorda, con un atuendo negro estrafalario, y las uñas largas y negras también. 
Al abrirse la puerta de aquel caserón, antecediendo a la gorda salió un perro enano y oscuro como una sombra. Yo balbuceé algo así como que yo tenía un perro idéntico, pero este era una miniatura, mientras que el mío era unas cien veces más grande. Todos ellos se burlaron ya sin ningún reparo de mí.
Me sentí enojado por haber bebido tanto alcohol, cuando mi máxima era cuidar a mi chica y alejarla poco a poco de aquellos atorrantes, que la incitaban a beber para aprovecharse de ella.
No recuerdo cómo llegamos al bar de Miraflores, hacía un frío intenso a pesar de que estábamos en pleno febrero, y me sentí extrañado.
Al parecer, yo era el más ebrio, había bebido cantidades industriales de cerveza para, según mi estupidez, demostrarles a esos forajidos lo “macho” que podía llegar a ser. Pero me había equivocado; y Taty, al verme tan frágil, se volcó, ya sin ninguna censura ante mí, a uno de ellos.
Él la tenía sentada sobre sus piernas, mientras yo los miraba desde mi esquina, sintiéndome pésimo por todo lo que había tomado. Podía ver cómo todos la manoseaban y cómo disfrutaba ella, sintiéndose deseada por esos imbéciles, les sonreía como me había sonreído a mí hace unos instantes, tratando inútilmente de decirme que me amaba. 
Decidí largarme de allí porque por dentro, mi corazón, la parte que la contenía, al ver su conducta se podría y se gangrenaba. Pero ella me dijo: “Amor, no te vayas”. 
Lo que me hizo descubrirla fue que llegando al bar ella se adelantó y se sentó frente al que era supuestamente su mejor amigo, cruzó las piernas provocativamente, y él dijo: “¡Guau!, quisiera tener acceso a semejante paraíso carnal", refiriéndose a su minifalda y a sus medias, que el abrigo cubría muy poco.
Ella lo miró fijamente y sin ningún tapujo le respondió: “pero si sí accedes…”, y ambos se echaron a reír. Entendí que cuando me iba, ellos se revolcaban como perros, a pesar de que ella me respetaba mucho, pero no lo suficiente como yo habría esperado. 
Esa tarde oscura, me había dicho: “Amor, no te vayas”, pero yo tenía la certidumbre de que lo que ella quería realmente, era estar con ese tipo; me tenía que ir y clausurar definitivamente mi relación con aquella mujer salvaje. Sin decirle: “¡puta!”, arranque sus brazos de mis hombros y me marché.
Me siguió uno de ellos, el que me respetaba más, o al menos no la tomaba en serio, parecía conocerla realmente. Me miró fuera del bar como diciendo: “ya te diste cuenta con quién te has metido”, y yo sin querer admitirlo, lo había admitido al mirar a otro lado. Me dijo: "vamos a seguir chupando, conozco el lugar perfecto". Cerca de allí estaban reestructurando un edificio viejo, había un andamio gigantesco. Eran como nueve pisos que había que trepar por el artefacto. Claro que quería beber, pero me figuré que el desgraciado me arrojaría desde arriba, por lo que le dije que había bebido demasiado, y que me retiraba a casa, ya sin importarme esa mujer, pese a amarla como a nada ni a nadie.
Me despedí y crucé al parque Kennedy, no sin antes echar una fugaz mirada al bar. Vi que ellos se hacían señales para seguirme. Crucé con prisa la calzada, tambaleándome. Volteaba constantemente a ver si me seguían, y casi corriendo me metí al parque, en donde había mucha gente aglomerada. Avanzaba haciéndome espacio como podía, tratando de mantener el equilibrio, empujando.
Casi saltando, llegué al centro del parque atestado de gente. Entonces sentí un picor en el brazo, lo levanté y vi varios tajos de los cuales escurría hartísima sangre. Vi a la grotesca gorda del estrafalario vestido negro, esgrimiendo una navaja plateada contra mí, incesantemente. Me fui desvaneciendo, cogí su mano… Y desperté.

-FIN-




La Evolución de los Monos



Caminando por el boulevard de las postrimerías, vi hermosas mujeres en las vitrinas. Se veían tan delicadas como si fueran de porcelana. Me llevé un par, una morena y una pelirroja.

Entramos a un bar y tomamos una bebida verde. El ambiente era fucsia. La mesera tenía la típica vocecita chillona y áspera que suelen tener las meseras. Su vulgaridad contrastaba nítidamente con la elegancia de mis putas finas.

Ellas sonreían y pedían más champaña, yo navegaba entre los hielos de mi whisky. Me sentí miserablemente amado entre aquellas magníficas cuatro tetas.

Ellas reían y brindaban por mí; esnifábamos cada cuatro o cinco rondas. Después nos pusimos a bailar un pegajoso rock and roll. En el escenario, una manada de monos agitaba sus largas cabelleras; se estremecían como lo hacen los micos del zoológico cuando la gente los mira; y aullaban sus agudas canciones.

Salomé y Jezabel brincaban a mí alrededor, embistiéndome con sus senos enhiestos. Yo gozaba como un cerdo, y bebía como un galgo.

Fuimos a mi casa y pusimos el lugar de cabeza. Entramos los tres en el jacuzzi, continuamos esnifando, pusimos un disco de Hendrix a toda marcha. Seguimos así hasta que estuve dentro de ellas, entonces pude sentir su agradable fragilidad femenina, mientras sus uñas descarnaban mi espalda.


Al amanecer, toda la sangre, el semen, la saliva, la coca, el alcohol, y las luces, nos daban vueltas en la cabeza, y reíamos estúpidamente, como monos satisfechos.






El Salón de la Muerte




El Salón de la Muerte


Antes no pensaba en el pasado. A mi corta edad, alimentarme por medio de una sonda era demasiado horrible como para pensar en otra cosa, pero finalmente me acostumbré, como a la silla de ruedas. Soy solamente una voz en mi cerebro, si pudiera hablar solo pediría la muerte, pues la parálisis general me tiene prisionero en mi cuerpo, sin poder gesticular siquiera, por lo que las monjas me tratan como a una planta.

El salón de niños, donde vivo, es grande, sin embargo parece una prisión hacinada de chicos, que tienen todas las formas posibles menos la humana. Desparramados por el piso dan una impresión monstruosa. Al medio día llegan los pordioseros a recoger la comida que dan las monjas.

Estos últimos días mi mente no ha hecho más que recordarme la figura borrosa de mi madre, y lo que sucedió. Cómo después de una operación quedé paralítico por un exceso de anestesia. Los besos y afectos que siempre me había dado, al cabo de los meses se fueron desvaneciendo. Conoció a un hombre del que se enamoró, pues mi padre la había abandonado, y así, poco a poco ella fue dejando de quererme hasta que un día me dejó en el hospital. Las caricias y el amor absoluto que antes me había demostrado, y  cómo había luchado al principio para que me cure, parecían hechos por otra persona.

Después de la operación, ella sólo quería que muriese, pues tenía que ocuparse de mis múltiples necesidades. No podía salir con sus amigos, ni a ningún lado, y renegaba constantemente, llegando a gritarme y abofetearme por ser su hijo.

Todas las tardes vienen los pájaros a sus nidos en lo alto de la capilla, frente al salón de niños, mi única fascinación es observarlos levantar el vuelo, y pese a que todos esos pájaros son grises, me llenan de alegría. Quisiera morir y ser uno de ellos, e irme volando muy lejos de este lugar.

Recuerdo que un día vino la televisión, mostraron el salón de niños, las monjas explicaron que algunos niños comían con sonda por la tráquea, o en mi caso, con el tubo directo al estómago. Me enfocaron un momento, la máscara de oxígeno ocultaba mi identidad, mientras la monja explicaba que viviríamos poco tiempo. Cuando apagaron las cámaras, los periodistas cambiaron la mirada misericordiosa por una mirada de asco, quizá por el olor. Entonces abandonaron el salón de niños para siempre.

Poco a poco los niños van desapareciendo, y aparecen nuevos rostros, siempre con los ojos llenos de angustia. Parecen pedir auxilio mientras sus deformes e inservibles cuerpos los mantienen prisioneros.

Al fin empezaron a descomponerse las funciones vitales de mi cuerpo. Me sentía feliz por llegar a las puertas de la muerte, y aunque la muerte sería lenta y dolorosa, disfrutaría cada instante como jamás disfruté algo.


Mirando el salón difuminarse, siento una calma tibia en todo mi cuerpo por primera vez, como si pudiera ponerme de pie y caminar, pero es tan suave la sensación de ir desapareciendo, de fundirse con la nada, que prefiero dejarme llevar por aquel sueño con el que siempre he soñado y ahora es realidad. Al fin seré como el polvo de una estrella en el universo infinito.




Final No Feliz




Tu jeringa escuálida (el control remoto),
Yace reseca como una lagartija sin lágrimas
En un rincón donde no llega la escoba.
Me falta un cigarro
Mientras que a lo lejos,
En el cielo nocturno, todos fuman.

¿Existirás? ¿O sólo confundí otro sueño con la noche?

Preparé palomitas para ver la película solo,
Observo la taza dorada que compraste con tu no estar nunca más.
Me gustó la función,
No puedo quejarme por el final infeliz,
Después de todo yo lo escribí.

Me gusta el amarillo del tiempo,
Navegar hacia el fondo del ataúd.
Quería conocer el infierno,
Me llevaste al paraíso con tus besos,
Con tu nariz zancuda y tus piernas flacas y largas.

Me pescaste en el fondo del Cocito,
Era un monstruo prehistórico desubicado,
Mordí el anzuelo del sonido de tu voz.




HIT



HIT



Hit se despidió de Patricia, mientras se ponía el casco le iba diciendo: 
-No demoro Patricia, no seas celosa por favor. Sabes que eres el amor de mi vida, no te cambiaría por nada del mundo.
Y le dio un beso en la pequeña frente de plástico. Patricia era una muñeca Barbie que había encontrado en la basura; la tenía desnuda sobre la maraña de libros apilados. El día que la encontró, la limpió pacientemente y luego sombreó fuertemente sus ojos, dándole apariencia de puta. Patricia lo miraba con sus ojitos celestes desteñidos. Ella pensaba para qué diablos llevaba siempre el casco, si no tenía moto.
Aspiró el polvo blanco y sintió un electroshock en el cerebro. Se quedó inmóvil por unos segundos, catatónico. Luego se limpió con la manga de la camisa, y salió a la calle.
En el camino las luces tintineantes del casino lo sedujeron inmediatamente. Tenía cien soles que había ganado trabajando un par de semanas. Mientras jugaba le iba diciendo a la máquina:
-¡Vamos pequeña putita, vamos!
La anfitriona del casino, que estaba pasando por su lado, volteó y le esbozó una sonrisa.
-Le ofrezco algo señor? –dijo, sin dejar de coquetearle.
-Sí, agua con hielo.
Y mientras se inclinaba para servirle, se asomaron un par de enormes tetas, que parecían querer escaparse del insinuante escote.
Hit sintió que algo se movía en sus pantalones.
-Cualquier cosa que desee, cualquier cosa… estoy para servirle. –Le dijo la preciosa mujer y se retiró.
Mientras jugaba al video póquer pensó que llegando a casa le haría el amor a Patricia violentamente. Perdió los cien soles con una sonrisa en los labios y fue al baño.
Esnifó un par de líneas y luego se acercó al urinario. Se fijó que nadie lo mirara, aunque el inmenso baño estaba desierto, y se dispuso a miccionar.
El recipiente blanco se llenó de pequeños bichos que Hit orinó. Alocados corrían en todas direcciones. Se sacudió el miembro viril y automáticamente el inodoro liberó el agua, los pequeños bichos negros desaparecieron en el drenaje. 
Hit se quedó parado un momento, paralizado, esta vez por un par de minutos. Luego se subió el cierre y salió del casino. Se puso el casco. Mientras caminaba metió la mano al bolsillo, observó el único sol que le quedaba.





Donayre y Yo





No recordaba cómo, ni dónde, la había conocido. Cuando reaccioné, después del sopor de las drogas, ella ya estaba allí, instalada en mi casa, sentada sobre mis piernas.

Por aquel entonces, además de mi adicción al alcohol, era adicto a los fármacos: tranquilizantes, somníferos, antidepresivos… Todo valía. Andaba como un zombi por las calles inmundas de Lima. Nunca recordaba nada al día siguiente; era la ruina personificada.

Mi vida era una “fiesta” constante, nada me importaba, no tenía nada que perder. El mundo me parecía poca cosa y la gente que me rodeaba, peor. Por este motivo, desde hacía mucho, andaba solo. Solamente pensaba en destruirme, en reírme de todo; pensaba que una vez muerto no jodería ni me joderían, y eso me parecía justo.

Cierta noche, después de tomar cuarenta Xanax, un litro de ron y fumar yerba, me quedé dormido en algún lugar. Horas más tarde aparecí en un bar de mala muerte, con una cerveza en la mesa. Me sentía super relajado, como en el cielo, cuando alguien me dirigió la palabra:

–Amigo, ¿por qué tomas solo? ¿Decepción amorosa?

Me molestó que me interrumpan, pensé: “en este infortunado país no respetan la privacidad de las personas”. Iba a responder una grosería pero tenía la lengua entumecida y sólo emití un gruñido estúpido.

– ¿Te puedo acompañar? –chilló la vocecita nasal.

Abrí los ojos y distinguí a una mujercita de aspecto robusto y borroso. No recuerdo qué pasó después, sólo que la veía, no doble, sino repetida dieciséis veces, riéndose a carcajadas conmigo, no sé de qué. Recuerdo la mesa llena de cervezas, el cenicero repleto de puchos, y que trataba de enfocarla pero aún así veía todo borroso.

No podía creer que estaba allí totalmente ebrio, compartiendo mi mesa con una enana; y para colmo, divirtiéndome. Minutos más tarde estaba en un hotel barato con la enana, sintiéndome el tipo más cojonudo y absurdo del mundo. Hicimos de todo, no puedo negar que la pasé bien y que olvidé por un buen rato a mi ex novia, a la que idealizaba, y que en realidad era un pretexto para sabotear mi vida. Cuando desperté me di cuenta de lo que había ocurrido, y al fin pude distinguir a la mujercita de circo nítidamente.

Estaba desnuda aquella mujer vieja y enana, ocultando con una almohada asquerosa su inmensa panza, mirándome, esperando mi reacción. Pensé: “tal vez podría estar con una enana, pero jamás con alguien con semejante barriga”. Miré su cara arrugada, tenía los ojos vivarachos, y su nariz quebrada le daba aspecto de bruja. Jamás había visto a una mujer tan fea. El bozo en la barbilla y el olor a sobaco que salía de los pliegues de su barriga me hicieron sentir nauseabundo.
Cogí mis ropas y me vestí, al llegar a casa me duché con desinfectante, me lavé la boca con alcohol, pero nada me quitaba el sabor a grasa y a pescado podrido. Juré por todos los dioses y por todos los cielos que jamás volvería a intoxicarme hasta el punto de terminar revolcándome con un ser tan repulsivo.

Decidí salir, después de dormir todo el día, para olvidarme pronto de la noche anterior. Volví a beber, una copa aquí, una pepa allá, y luego ya no recordaba nada. Cuando desperté, tenía de nuevo a la enana desnuda a mi lado, oliendo a caca, sudorosa, con la cara embadurnada en rímel, acariciándome, velando mis sueños. Pese a todo, esta vez no me causó tanto asco; después de todo, era un ser humano…

-Si supieras por todo lo que he pasado…

-Yo podría decir lo mismo. –le dije.

-No es un concurso.

Me dijo ella, esbozando una sonrisa y lanzando una mirada cómplice en la que vi que, a pesar de su horrible apariencia, era una criatura de Dios, y que era mucho más noble que las chicas lindas y vacuas con las que siempre me había relacionado.

Nos quedamos mudos un rato. En mi mente no dejaba de preguntarme si había cruzado finalmente la línea de la cordura, o si todo no era más que un sueño. Vi mi vida en retrospectiva y me dije: “Al diablo con las convenciones y prejuicios”. La miré haciendo un gesto sarcástico con la boca, a lo que ella respondió con una sonrisa y con expresión incrédula.

Los días siguientes nos seguimos viendo, no sé por qué, tal vez me sentía tan desubicado en el mundo como ella, no encajaba, teníamos algo en común.

De ese modo, fui descubriendo a la verdadera mujer tras el metro de estatura. Descubrí que se llamaba Donayre; que era huérfana o abandonada, ella no lo sabía bien; que tenía una fundación para niños discapacitados; que uno de sus vicios era comer; que había intentado suicidarse cinco veces a lo largo de sus treinta y cinco años; y que veía en mí al amigo “normalito” que nunca había tenido. Que yo le parecía un tipo “con un gran corazón”; y que no entendía por qué yo andaba tan mal “buscando la muerte en cada esquina”.

Pasamos un par de meses andando juntos, hasta que un día casi muero por una sobredosis de calmantes. Estuve internado en una clínica, y en ese lapso fui recuperando la cordura con todo lo que esto implica: miles de prejuicios, egoísmo e hipocresía. Volví a interesarme en las clásicas “mujeres bonitas” y en otras superficialidades. Al cabo de un tiempo, al fin estaba “recuperado”.
Cuando la vi de nuevo la rechacé de la peor manera:

– ¡Vete a cagar, enana de mierda! –le grité, empujándola.

Desconcertada me respondió desde el piso:

– ¡Púdrete en el infierno, huevonazo!

Y así, Donayre desapareció de mi vida para siempre.




Introspección



Yo
Aficionado al hueco de la noche
Adicto a la danza silenciosa
De la luz ambarina de una vela
Me asomé al baúl del olvido
Encontré en mi cráneo
Versos agusanados y resecos

Incrustado en la herida de la eternidad
Angustiado de alegría
Desparramado en la cocina
Como una masa
De horas de suspiros
Acalambrado de sombras
De menguantes lunas
De lluvias árboles y espejismos
De calles desiertas
De hermosas mujeres-insecto

Yo
Amante de los libros que el otoño deshoja
Aficionado a perder
A arrancarle los ojos al recuerdo
Me interné en el ataúd del invierno.



Apogeo, Decadencia y Muerte de un Escritor




I.- Una Diosa Romana.-



Las cosas iban mal para Eduardo Rosenthal. Esa mañana fría, Luis lo ayudó a retirar sus pertenencias de la residencia educativa. Había perdido su beca y, al parecer, todo su interés en la abogacía. Se pasaba el día escribiendo ficciones.

Al verlo en este aprieto, Luis le ofreció un empleo de ayudante en la escuela de arte, donde se le asignaría una habitación. Pensó que al menos temporalmente le podría servir. Eduardo aceptó de inmediato.

Llegó a una casona antigua de tres pisos. El último, era la academia de actuación. Al final del pasillo había una escalera que conducía a una estrecha terraza de madera, desde donde la vista era magnifica. Abajo, destacaban las casitas pintorescas, y más allá, el mar retozaba con satisfacción.

A los tres días llegaron los estudiantes, ocuparon sus habitaciones y empezaron las clases. Eduardo odiaba aquel nuevo alboroto. Mientras arrastraba una pesada maceta, Luis se le acercó y le dijo:

-El guion necesita algunos retoques, un enfoque distinto, ¿crees que puedas hacerlo? Se te aumentará la paga.

E. se fue a su habitación desanimado; no le gustaba escribir por encargo. “Realmente necesito el dinero”, pensó; y se puso a leer el texto, haciendo anotaciones al margen con un lápiz. Después de cinco horas de trabajo, tenía el texto corregido y modificado en algunas partes. Lo entregó, y mientras ellos empezaron a grabar, E. se tumbó en su cama y se quedó dormido.

Por la noche, Luis vino a buscarlo a su habitación.

-Queremos que nos sigas apoyando, tu estilo tiene el toque ácido que necesitamos.

Le habló del nuevo salario y le entregó un enorme folio, que era el resto del libreto, para los próximos diez días de grabaciones. E. trabajó toda la noche, entregó el  capítulo del segundo día, por la mañana, y luego se fue a dormir.

El cuarto día había avanzado lo suficiente como para estar libre. Se asomó a la puerta y Luis lo encontró.

-Qué bueno que estés despierto, me gustaría saber tu opinión en esta escena.

Y sin esperar respuesta, lo arrastró al salón de grabación. Era una sala grande, con un balcón. Abajo, en la calle, vio a una chica que salía entre las flores, del vagón de un camión.

-¿Qué opinas? -le preguntó Luis.

-Es perfecta -le dijo E. sin dejar de mirarla.

-lo sabía, mi duda era si el cabello de Mariel debía estar atado o suelto. Tienes razón, suelto le da expresión de libertad.

Al rato, cuando Luis gritó “¡corte!”, la chica, llamada Mariel, levantó la mirada y miró a Eduardo un par de segundos. E. vio de lleno sus preciosos ojos verdes, tan llenos de vida como la hierba cuando nace, y se sintió herido ante la luz majestuosa de aquella mirada. Se sintió como una criatura del infierno vislumbrada por un ángel.

“Mariel” pensó, y se quedó absorto en sus pensamientos.

Una voz delicada le habló desde atrás. “Tú eres el nuevo guionista; me encantó el detalle de salir entre los pétalos, es tan romántico y simbólico para mí; y además, huele rico”, le dijo sonriente Mariel.

E. pudo verla de frente. Era demasiado linda, bastante delgada, bonita, de rasgos finos. Su boca era como una rosa, su piel tersa, mientras que su nariz era pequeña y respingada. Su cabello claro y suelto enmarcaba graciosamente su rostro angulado, que parecía tallado por el más virtuoso escultor; además, sus ojos expresivos le daban a todo el conjunto una sensación de infinito, de divinidad latente. “Es una diosa romana” pensó E.

Ella quebró imperceptiblemente la cabeza, buscando en los ojos de él una respuesta. E. reaccionó y respondió “Gracias”. Ella le sonrió, dándose cuenta de que le había gustado. “Es interesante” pensó ella. “tengo que ir a seguir grabando, nos vemos luego” le dijo Mariel. “Claro” respondió E.

Una vez en su habitación, no pudo dejar de pensar en aquella maravillosa chica. Era como si la hubiese conocido desde todas las dimensiones posibles, a través de sus ojos. Y eso había bastado para que se enamorase perdidamente, y ese amor, esa semilla mágica, había hecho crecer en él un par de alas resplandecientes, y le había dado una luz que lo había transformado en una criatura bella del Señor.

Apenas pudo concentrarse en el guion, y sin darse cuenta lo rescribió casi por completo, enfocándose en el personaje de Mariel. Trabajó sin detenerse para dormir, y pronto, el guion en su totalidad estuvo terminado. Se lo entregó al director y se fue a descansar.
Luis pasó a buscarlo por la noche.

-veo que has reescrito casi todas las escenas -le llamó la atención.

-No te gustó -le dijo E. dándose cuenta de lo que había hecho.

-No, sí me ha gustado bastante, pero tendré que pedirte que vengas a las grabaciones para que me des una mano con los encuadres.

-allí estaré -le dijo E.

Así, llegó el décimo día, irían al campo en un bus, para grabar las últimas escenas allá. Todo ese tiempo E. se había limitado a mirar a Mariel tímidamente, como si aquella flor hermosa pudiera marchitarse al contacto de su voz. No se atrevía a hablarle, y cuando ella estaba cerca, él huía despavorido. Era un tipo extraño. Su amor platónico lo llenaba, y tenía miedo de perder esa sensación que ella le causaba. No necesitaba más, con contemplarla lo tenía todo, más de lo que él hubiera querido, más de lo que jamás hubiera imaginado.

Cuando ella le hablaba, pidiéndole consejo sobre alguna cosa, para él era demasiado. El sonido de su voz era como un arroyo sobre el que danzaban los más nobles pajaritos con sus alegres trinos, cuando la luz del alba con su azul fantasmagórico lo inunda todo.

Se limitaba a responderle brevemente y se iba aterrado, con miedo a despertar de aquel fantástico sueño que era Mariel.

Cuando ella le hablaba, pidiéndole consejo sobre alguna cosa, para él era demasiado. El sonido de su voz era como un arroyo sobre el que danzaban los más nobles pajaritos con sus alegres trinos, cuando la luz del alba con su azul fantasmagórico lo inunda todo.
Se limitaba a responderle brevemente y se iba aterrado, con miedo a despertar de aquel fantástico sueño que era Mariel.


En el bus, le tocó sentarse detrás de ella, que volteaba de cuando en cuando a sonreírle. El respiraba pausado, sentía que ella era el ser más delicado que existía en el universo; el olor de sus cabellos lo envolvieron en un éxtasis onírico.

De pronto, ella volteó y lo quedó mirando, como la primera vez, con una expresión cálida y suave. E. en un rapto de locura, le dio un beso. Ella trato de zafarse, sorprendida. E. la soltó, arrepentido, pensando que despertaría de aquel sueño, y que jamás volvería a verla.

Ella se tocó los labios, mirándolo muy quieta por un instante. Finalmente le dijo:

-¿Qué esperas? No me dejes así… ¡bésame!

E. la besó como nunca antes alguien había besado a nadie, con infinita pasión y ternura. Sus lenguas se juntaron, Eduardo se sentía en el cielo, en una dimensión desconocida e inimaginable hasta entonces. Se dio cuenta de que en ese momento, la textura tibia de sus lenguas, y la fragancia embriagante de Mariel, todo ello era Dios, la eternidad.




II.- La Cabaña Maldita.-

(NARRA: EDUARDO)

Días después ganamos el premio por mejor cortometraje artístico. Todos estaban contentos y entusiasmados con su trabajo, y cada actor ahora estaba enfrascado en perfeccionarse. Mientras tanto, yo andaba de arriba abajo sin mover una paja, pues Luis había viajado a Inglaterra y me había encargado la academia. Mariel tendría el papel protagónico en la próxima película, por ello andaba nerviosa y trabajaba incesantemente en su nuevo personaje. Sólo estábamos juntos un par de horas por las noches, en sus ratos libres. Sin embargo, yo disfrutaba verla ensayar; sus movimientos eran elegantes y sublimes, era la bailarina más exquisita: era una chica muy talentosa, y la más preciosa.

Aquella tarde el sol brillaba intensamente. Por la tarde tuve la sensación de que tenía que hacer algo pero no supe qué. Iba y venía sudando frío, turbado. Vi a Mariel al fondo del pasillo, subiendo las escaleras hacia la terraza. La seguí. Arriba, a pesar de haber estado allí muchas veces, sentí un mareo: la terraza era muy estrecha y desde allí la calle se veía pequeñita. Tras cada paso, el piso de madera retumbaba y temblaba, como si aquella estructura vieja fuera a caer en cualquier momento.

Una mano me cogió la espalda y unos labios deliciosos me besaron la nuca. “¿Qué haces?”, me susurró Mariel. La miré, estaba resplandeciente, parecía una extensión del cielo. Sus ojos verdes me miraron con suspicacia. La tomé de la cintura y la besé. La miré como quien se despide de alguien para siempre.

-¿En qué piensas, Edu? -Estábamos apoyados en la baranda.

-Tengo vértigo… Mira para atrás.

Mariel se fijó, y su expresión serena cambió. Sus ojos verdes se incendiaron, y me apretó contra ella.

-Vámonos de aquí -me rogó.

Es increíble como uno vive feliz, sintiéndose seguro, hasta que se fija bien en cómo son las cosas realmente. Ser un poco más inteligente o perspicaz, en vez de ser una virtud se torna una maldición. Seríamos más felices ignorando ciertos asuntos, danzando jubilosos con el peligro inminente, sin saber bien que es la misma muerte la que nos toma de las manos y nos agita rítmicamente, sin pensar en lo ineludible al terminar el festín. Lamenté haberle abiertos los ojos a mi Mariel, que ahora no podía dar un paso sin clavarme las uñas en los brazos, cuando antes, brincaba alegre y rauda por el piso crujiente.

Una vez abajo, caminamos rumbo a la playa, vimos el sunset abrazados, como si fuera la primera y la última vez, el fin del mundo.


La estreché contra mi pecho, y tras ella vi un misterioso bosque que me sedujo inmediatamente. La cogí de la mano y caminamos hacia él, mientras la oscuridad se nos metía por los huesos.

Cuando distinguí la cabaña, todo estaba negro. De esta salía una luz amarillenta tan débil, que sus contornos parecían flotar en la bruma. Mariel tuvo miedo, y no quiso avanzar pero insistí torpemente, y nos acercamos a aquel lugar pesadillezco. Vi a unas mujeres horribles rodeadas de cadáveres descompuestos por todos lados. De pronto fui consciente del olor a muerte y de los millones de gusanos y huesos en el piso. Di un paso en falso y crujió la hojarasca bajo mis pies. Sentí un frío espeluznante, quise retroceder pero no pude.

Volteé a ver a Mariel, y la vi con una expresión de terror absoluto. La oscuridad se interpuso entre nosotros, su figura se alejaba y cada vez se hacía más pequeña y distante. Sus manos extendidas hacia mí se fueron desdibujando, y sentí que aquella mezcla de frío y densa niebla que nos separaba, era el tiempo.

Cuando ya no la pude ver más, miré al frente, y una de aquellas mujeres grotescas, envuelta en harapos negros, me sonrió con lujuria y luego se metió a la cabaña. Corrí en todas las direcciones, traté de regresar a la playa, a la casona, busqué a Mariel por todos lados. Fue en vano. No había más que árboles inmensos envueltos en maleza y arbustos, que daban la sensación de ser moscas atrapadas en telarañas. Todo a mí alrededor era de un verde negruzco.

Caminé mucho, perdí de vista la cabaña y encontré la playa, que no era la misma, era como si estuviera del otro lado, en un ambiente lúgubre y desértico. Me sorprendí mucho cuando vi a unas personas, a unos quinientos metros. Me acerqué gritando y corriendo, pidiendo ayuda. Cuando pude distinguir sus rostros -pálidos y plateados-, vi que había salido la luna, inmensa y redonda, realmente hermosa; pensé en Mariel, y una lagrima corrió por mi cara.

Uno de ellos levantó la vista. Era un amigo que había muerto hace cinco años, estaba con otros cuatro desconocidos, contemporáneos a Carlo y a mí. Me miró contento, con toda la naturalidad del mundo, y yo también estaba feliz por haberlo encontrado. Sin embargo, no era el mismo, había un halo siniestro en su expresión, y era más bien callado y quieto, cuando yo lo recordaba como parlanchín y alborotado. Había sabiduría en su mirada; sentí escalofríos.

Vi a sus compañeros, todos estaban cubiertos con un manto negro. Al ver sus rostros vi el vacío personificado; pero lo que más me sorprendió, fue ver a uno de ellos, que parecía el más novel, con la cara llena de hierba, como una especie de pelo verde que le crecía por todos lados. Se le notaba nervioso, y una venda atravesaba su cara, llena de heridas por los recientes brotes de aquella hierba musgosa que invadía su piel. Levantó su mano para rascarse la cara y también estaba llena de aquel musgo. El resto de su cuerpo estaba oculto por la manta negra. No supe cómo reaccionar, y quedé inerte. Miré mi piel pálida y congelada, y empecé a sospechar lo peor.

Carlo me miró como diciendo “tranquilo, todo está bien”. Luego vi que arrancaban unas hierbas del rostro del muchacho verde, y se disponían a fumarla, envolviéndola en una rizla. “Esto te va a poner locazo”, me dijo Carlo con voz de ultratumba. Fuimos a la orilla del mar, que se ondeaba lento y espeso, y me di cuenta de que era sangre coagulada, que reflejaba la luna, deformándola y envolviéndola. Carlo me miró con fascinación, disfrutando el espectáculo de mi cara, llena de terror y pesadumbre. Cuando vi sus ojos iluminados por la luna, me di cuenta de que no era Carlo, sino algún ser maligno que había tomado su forma para engañarme y hacerme fumar esa extraña hierba.

Cuando me pasaron el pitillo, lo rechacé. Y todos ellos se miraron contrariados.

Los vi alejarse lentamente, mientras que yo me quedé allí, varado en la soledad, en la oscuridad de mi alma, contemplando la luna, que era como si Mariel, mi Mariel, me mirara, distante y triste.






FIN

Datos personales