DIARIO DE UN ESCRITOR

(Fragmentos de mi diario 2013-2016)





*
Creo que voy a ponerme a llorar como un bicho bebé si no logró cogerle el truco a la narrativa. Ah!!!
*
Tengo unas fotos alucinantes del viaje que hice al núcleo de la naturaleza, y unos recuerdos muy locos. Disfruté mucho mi soledad. Escribí poemas, se supone que escribiría los capítulos de “Tentación”, pero todo fue tan galopante… Caminé por las montañas, me di cuenta de que me faltaron unos buenos binoculares, y un paraguas tal vez...
Estaba muy arriba cuando empezó el granizo, fue alucinante, me mojé en un ratito, tuve que bajar, luego paró la lluvia, era tarde, estaba medio ebrio y me fui al río a escribir unos versos...
*
Ya estoy de vuelta… otra vuelta de tuerca. Pienso que al final la única obra que escribiré a este paso va a ser este diario. Veo la muerte muy cerca. Un gato negro se me cruzó en el umbral. Ahora empiezo a sudar de un modo confuso...
Necesito calmarme y ponerme a escribir ahora que estoy seguro de que en esencia soy un escritor. ¿Pero, lo sería si no hubiese bajado al infierno un poco, como dice Calamaro?


*

Ha aparecido un juego, la ballena azul, que consiste en cortarse y la última prueba, suicidarse. Me pareció de lo más loco, ¿cuánta gente deprimida, que siente que no encaja existe en el mundo?, millones...
Me estoy volviendo loco, es verdad, sólo tengo que escribir, si no terminaré jugando yo también, lol... Van Gogh dijo: “hice lo mejor que pude, sé que nadie lo aceptará, solo yo”. Esa es la esencia del arte, al fin me di cuenta de ello, solo se trata de uno, uno mismo es su lector ideal…
*
Me he equivocado mucho en toda mi vida, y ahora estoy solo, hundido, bien hundido... me creía un genio, pero no, soy débil, débil como las alas de Dédalo, débil y frío, desmemoriado, la antítesis de Funes.
Se supone que no estoy mal, que volvería a empezar, aunque me ha cogido frío esta derrota grande. Encima me he estancado en “Parásitos”, a pesar de que lo tengo todo estructurado.
*
He colgado mis dibujos en la pared, y la guitarra también. A ver si así me inspiro, aunque solo obtengo ráfagas autodestructivas. Parece que no llegaré muy lejos, que finalmente la presión me socavará, que las letras ya están de luto, que el sol no sale por respeto a mi fresco cadáver, que las horas no corren por no hacer ruido, pero levitan como fantasmas…
*
El reconocimiento de las masas es falso, es una creación artificial que no tiene nada que ver con el valor real de la obra, las masas solo siguen modas...
Divagar… tal vez he llegado a la última fase, tal vez todo era cierto: he vivido mil vidas en tres décadas muy comprimidas... estoy super high... Tragaré saliva, y tomaré otro trago.
*
Ahora solo me gustaría fumar en alguna cabaña, leer un libro por la tarde, oler la tierra mojada, fecunda... Estoy demasiado paranoico, pero es por la horrible ciudad que me rodea, es por la mierda de la presión...
Ahora vienen los diablos, todos juntos, incontrolables, como un huayco negro y rojo, y qué hago, solo me queda envolverme, embarrarme. Soy más animal que humano. Mi evolución es una vil mentira.


*

He notado que tengo sueños premonitorios. Es un nuevo descubrimiento. Y aunque el año pasado, el 2015, haya sido una mierda total, creo que me ha servido para darme cuenta de que puedo estar bien solo, y para darme cuenta de que lo que realmente me interesa es escribir. Y me gustaría mudarme al campo, aunque eso tendrá que esperar.
*
Hace casi un mes que no escribo.
He estado igual, no fui a saludar a mi madre por su cumpleaños, la dejé plantada. Me siento mal por eso. Acabo de venir de dar una vuelta, con una “Guaraná” en lata, y un snack... me sentí mejor.
*
Volví a sentir que no sirvo para escribir. Quise volver a programar. Porque aún me afana eso. Entonces no sé, creo que seguiré en este vaivén eterno. Al menos terminé “Parásitos”, que terminó llamándose “Rescate Emocional”, en inglés, claro, por la canción.
Me quedó más o menos bien. Creo que me excedí con las descripciones, y la trama está medio floja. Pero al menos la terminé. Ahora estoy escuchando doble nueve, me sentí bastante nostálgico hoy. Hasta me puse a pensar en la monita...
Creo que extraño esas relaciones de pareja. Esas noches de fogatas en la playa, con amigos y chicas, esas cosas de adolescentes, enamoramientos emocionantes que viví hace 10 años. Qué bestia.
*
Estoy con ganas de escribir, o al menos avanzar mi obra... Acabo de ver una película sobre un cerdito, la araña le dice algo así como que se teje la telaraña y se espera, siempre cae algo… pensé en la escritura, se escribe por todos lados, desde todos lados, luego se van formando estructuras, se tacha, se agrega, se edita, y al final alguna jugosa mosca —la idea—, cae allí, necesariamente tiene que caer...


*

Refúgiate en tu trabajo.
*
Tengo que escribir, es lo único que me puede salvar. Estoy escribiendo sobre un doctor que se enamora de una autómata… Creo que quedará bien, es sobre el egocentrismo en el que vivimos.
*
Estuve leyendo la biografía de Chejov, le llegaba al pepino la estructura, solo quería plantear sentimientos, estados de ánimo e ideas. Me he dado cuenta de que ese es el camino que debo de seguir.
*
Toda esta semana he estado muy loco, desempeño cero en todas las funciones vitales. Tirado en la cama como una madonna, elucubrando ideas oscuras como un infecto gusano. Siento que la estoy perdiendo de nuevo, me siento muy lejos, muy por debajo de la realidad, en un tiempo cósmico; no llegaré a sus tiernas orejas ni a sus dulces labios antes de que ella se vaya, o quizás ya se ha ido, porque es como esas estrellas que aún después de muertas brillan con intensidad.
*
Me da como un dolor en todo el esternón el trabajo que significa redactar, corregir y sobre todo crear la parte que falta, en medio de un torbellino de incertidumbres, tratar de escribir al pie del tornado, con el cabello arremolinado y el pellejo de las mejillas ondulante...
Pero lo tengo que hacer, es la única puerta mágica que puede abrirse ante el futuro, la ilusión primaria.
*
Tengo la historia de “Hit” en la cabeza aunque aún no me atrevo a escribirla. Estoy esperando esa inspiración que casi nunca llega. Sé que irá en un bus, una tipa lo acusara de agresión, tan solo porque le molesta la facha desgarbada de Hit. Un policía lo arrestará, solo para hacer alarde de su poder. En la comisaría una mujer policía le dará un libro. Él no sentirá que está en la cárcel, absorto en el libro.
Su caso se postergará hasta por quince días por la ineptitud de la burocracia, el fin de semana caerá preso un enano alcoholizado, con su novia: un travesti bastante masculino, alto, con barba sombreada, y con ellos vivirá una aventura que aún no sé en qué consiste... Todo se me está complicando... Es demasiado absurdo. Tal vez debería solo escribir y ver qué sucede...
*
Me acabo de robar un chocolate de la caja fuerte. Volví a ver la película de Robert Crumb, quedé impresionado una vez más. Ahora que tengo todo lo que deseo para escribir, me es muy difícil, sigo en este lujoso departamento, donde todo es demasiado bonito, un sepulcro magnífico. Sé que debo avanzar el libro, creo que incluiré las nuevas historias.
Intentaré avanzar lo que tengo. Bueno, no hay mucho más que contar, solo que descansaré de la habitación 101 por dos días. Luego veinte días de infierno, y ya veremos cómo marchan las cosas...



FUTURO






“Todo cuanto contemplas, aunque parezca estar fuera, está dentro, en tu imaginación, de la que esta vida finita es tan sólo una sombra.”
WILLIAM BLAKE


1

Evelyn Diamond despertó en una habitación extraña. Una pesadez en la cabeza, como si hubiese bebido la noche anterior, la tenía aturdida.

Un sensor se activó con sus movimientos, las mantas se recogieron, las persianas se plegaron y la luz solar ingresó. Una pantalla conducida por un brazo robótico se desplegó ante ella; el noticiero empezó un discurso monótono sobre la guerra en Oceanía, también dio información sobre mercados bursátiles y materias primas.

¿Qué era todo ello? ¿Dónde demonios estaba?

Al menos se encontraba más que cómoda en aquellas instalaciones, por lo que le pareció que no debía preocuparse. Un suculento desayuno apareció, haciendo gala de una avanzada tecnología.

Evelyn miró sus manos bonitas con cierto orgullo.

Pero, ¿dónde estaba Marlon?, ¿y su madre, con su obsesión por el orden? ¿Había ocurrido alguna especie de milagro y de repente había ascendido al cielo?

Aunque lejos de alas, nubes y aureolas, lo que veía era acabados de diseñador, tecnología de punta que combinaba muy bien con aquel estilo neoclásico.

La comida tenía cierto sabor químico aunque era agradable, las noticias las daba una dama de ojos rasgados con una voz robótica que invitaba al sueño: “El titanio bajo 35 puntos… el plutonio subió 12 puntos… Eurasia envió 3000 regimientos a Oceanía… 30 millones de soldados se debaten día y noche en un ambiente radioactivo… nuestro valeroso ejercito tomó uno de los principales hitos estratégicos para ganar la guerra…”

Debía de estar en un lugar altísimo, por los ventanales se veían otros edificios decapitados por las nubes. Distinguió ciertas actividades humanas en los edificios circundantes, aunque muy difusamente.

Al costado de la cama, un regulador con distintos lapsos de tiempo y un ostensible botón amarillo llamaron su atención.

¿Para qué servía aquel botón amarillo? ¿Un botón de pánico, tal vez? ¿Una alarma? Había indicaciones en chino, aunque Evelyn no entendía un ápice de aquellas figuritas enrevesadas.

Estaba claro que tenía que salir de la cama y averiguar dónde se encontraba, qué había sucedido. Estaba segura de que existía una explicación.

2
Las calles eran un conglomerado de edificios monstruosos; ventanales ahumados reflejaban otros edificios, creando un espejo infinito.

El sol calcinante la obligó a cruzar hacia la acera del frente; pero era tan fuerte el contraste de la luz, que Evelyn extendió la punta de su delicado piecito para comprobar si había piso, pues aquellas penumbras parecían ser las fauces de un enorme abismo.

Los establecimientos vacíos terminaron de confundirla. Tal vez, todo era un sueño… se pellizcó, y hasta se dio de cachetadas para despertar; pero el ardor le confirmó que aquello era real.

Lo que más le sorprendió fue la falta de vida en cualquiera de sus manifestaciones, no encontró un insecto, ni siquiera un árbol, musgo u hongo.

Era obvio que en aquella urbe vivían a mil por hora: los autos corrían violentos como si huyeran de un desastre nuclear, aunque iban hacia todas las direcciones en intrincadas autopistas.

El ritmo feroz de esta gente no le causó impresión alguna, pues conocía el temperamento del hombre moderno —corriendo siempre hacia cualquier lugar, con tal de mantenerse en movimiento.

Se tomó todo el tiempo del mundo para recorrer las calles y plazas.

La moda siempre había sido su debilidad, por lo que cuando llegó a aquella avenida saturada de tiendas, olvidó completamente que era ajena a aquel mundo y que debía concentrarse en investigar qué hacia allí.

Reflexionando en las nuevas posibilidades que se le abrían, y víctima de su ímpetu femenino, entró a curiosear en las galerías.

Dio unos grititos de placer ante los vestidos de corte futurista que encontró; la sedujeron los brillos robóticos y su soberbia elegancia.

Descubrió todo tipo de atuendos: chaquetas, bufandas, gafas de sol, zapatos, carteras, joyas… Era un sueño, el paraíso que había estado buscando desde que tenía uso de razón, y ahora casi se hincaba de rodillas, emocionada.

3
Los maniquíes parecían hechos de un material divino; no parecían maniquíes, sino ángeles, por decir lo menos. Eran seres con forma humana, pero su belleza perfecta los distinguía de inmediato, como una chica bella se distingue de un orangután.

Evelyn se quedó prendada de uno de estos maniquíes; mirando en la profundidad de sus ojos tuvo la sensación de que aquella gente vivía en un tiempo mucho más dilatado, como si ella fuera un ratón atrapado entre los laberintos inescrutables de una fracción de segundo, tiempo en el que podía hacer y deshacer a su gusto.

No le quedó claro, después de haber besado y acariciado el cuerpo de aquel ángel indefenso en su eternidad, si se trataba de un chico o de una chica, pues era “él” si uno lo pensaba así, y “ella” si uno pensaba lo contrario, ¡qué dilema!

Se rio consigo misma por sus excentricidades; salió del lugar luciendo un conjunto amarillo limón; y un adorable zapatito de piel de lagarto asomó por debajo del vestido, orlado con diamantes.

Evelyn era bonita por naturaleza, quizás un poco delgada, pero esto no era de gran importancia considerando que era apenas una quinceañera.

Un impulso la alentó a ir calle abajo, la tarde moría y era placentero caminar así, como envuelta en cenizas.

Su mente era una cuadriga de caballos blancos y negros. El zumbido de los autos se hizo más espeso en sus oídos. A su modo, ella también iba a toda velocidad en sus pensamientos, expectativas, temores y esperanzas. El tiempo empezó a desconfigurarse como una burbuja que se deforma, se ensancha y luego explota.

Y ahora, ¿qué se supone que haría?, los faros de la ciudad se encendieron, aunque ni falta hacía por la cantidad de anuncios de neón que fulguraban, era el colmo. Aunque también era de algún modo divertido ver aquel singular despliegue.

CONTINUARÁ…

CAMINO AL INFIERNO.-




En los campos donde los perros
Pastan la basura
Me encontré con Mickey Mouse,
Y todas sus bacterias.
Juntos decapitamos un tráiler
Y bailamos sobre el charco
De su sangre petrolífera.

Era todo un espectáculo ver aquel barril inmenso
Sin cabeza.
Chacchaban el metal las viles ratas
Haciendo cronckshes agudos,
Me sentí miserable entre tanta alimaña
Hui despavorido entre las luces
Entonces llegué a la antena de la matriz
Donde cruentos fetos, conectados a la máquina,
Me miraron destilando luces fosforescentes
Me aferré fuertemente a la petaca
Y pensé en el alma de mi allco,
Era el infierno realmente?
Aquel tintinear insípido de luces incoloras?

Seguí explorando, pues para eso había bajado.
Necesitaba más calor,
Nunca imaginé que el infierno real fuera tan frio.

Vi mucha adicción en los cementerios de pollos
Estaban de moda con su traje cobrizo y sus huesos crujientes.
Me exaltó el olor a cadáver con especias
Quise llorar, pero tuve antes que correr,
Correr muy lejos, porque el lobo que hay en mí,
Se estaba despertando, y eso solo significaba autodestrucción…

Corrí como un lama sobre el desierto,
Mi lado animal latía a toda marcha…
¿Había llegado hasta aquí para ser gobernado por mis demonios?
Imposible.
Mi espíritu irradiaba fuego, y tenía que aferrarme a él,
Para seguir vivo.

Una niña corría tras su perro.
Yo corría tras la luna, que diluía mi ron con sus lágrimas
Acuosas
Ella bebía, yo la miraba inmaculada
Había alguna salida, tras ese satélite dorado?

Después de las ganas de mearlo todo
Sentí el fármaco inmune,
Empecé a toser,
A expectorar el vino entre coágulos de sangre.
Quise volver arriba, pero una fuerza impúdica me lo impedía.

Vi mujeres hermosas con colas felinas,
En sus ojos pude verme atrapado como una inocua mosca.
Rugí como el león que soy
Y ese sonido armonizó mis mitocondrias,
Que clamaban por un poco de luz,
Pero estaba en esta expedición al infierno
Tenía que cambiar mi hedonismo por un traje de hierro.

Inmensos demonios, de más de diez metros
Vinieron a inspeccionar mis documentos
Saqué la petaca y todo les pareció muy bien.

Terrones de sangre se mezclaban con el café
Y una vez más quise quedarme
En las pantallas relampagueaban chicas y chicos
Atléticos, demostrando destrezas...

Yo solo era un ratón incrédulo
Ateo, adscrito al sistema
La bebida relampagueó en mi garganta
Y recordé a qué había venido…

Hermosa Entre Las Lápidas.-




Entre los cristales,
entre las sombras,
entre los días nublados
-donde uno no es uno-
entré en la oscuridad.

Me vi como en un sueño contigo,
un sueño alucinante,
de vidrios coloridos,
Entre charcos de cerveza,
en medio de manipuladas masas,
enlazado a tu cintura.

Atavismos Circulares.-




Le gustaba estar entre los muertos,
la primera vez me llevó al cementerio.
-"Acaso no mueren los fantasmas?"

La sonrisa del Inca petrificado
me dejó sin espacio-tiempo
-Se parecía tanto a mí...-

-"Time is like a dream",
cantaba la Galas.
Y yo en las alturas carente de oxígeno.

En aquella ilusión fumé demasiado.
¿Dónde rayos está el sol estos días siniestros?

*
-¿No tienes miedo de que se te peguen las alimañas?-
le pregunté.
(Ella tenía una amiga:
una anciana demasiado vieja para ser anciana,
olía a demonios y mataba las larvas de su gabardina,
cada tantos minutos).

-Más peligrosas son tus ideas-
me dijo como si le hablara a alguien detrás de mis ojos.

Quedé convencido de que era difícil ser yo,
¡Aunque estaba claro que mucho más difícil era ella!

ELLA


Incluso ahora que miro el pequeño pueblo tras los ventanales de mi cabaña desde lo alto de la colina, y oigo el rumor lejano de las calles (un ladrido agudo y lastimero, una moto que taladra la noche, un televisor en el que alguien habla con voz grave e ininteligible), incluso ahora, ella está aquí, conmigo.

Sé que durante muchos meses desde que llegué a este pequeño pueblo entre las montañas, me quejé de soledad, y hubiera dado cualquier cosa por la calidez del abrazo de un amigo, o mejor aún, por la ternura de alguna mujercita que me consuele en su pecho y me encandile con su coquetería y femineidad... Pero la compañía que estas últimas semanas he tenido, es la peor que cualquiera (hasta el ser más vil y abyecto), desearía tener.

Todo empezó hace seis semanas: a veces, después de terminar mi trabajo de traductor y quedarme hasta altas horas de la noche en el escritorio (saturado de café), al meterme en la cama, cuando me quedaba a oscuras, sentía que alguien posaba una mano sobre mi manta, pero yo no tenía miedo.

Incluso alguna vez (pues sucedió muchas veces), llegué a sentir su cabello sobre mi rostro. Cuando me volvía, obviamente no había nadie, pero percibía sombras con el rabillo del ojo.

Poco a poco, la presencia se fue haciendo más constante, aunque, como les digo, solo veía sombras.

*

Hace dos semanas… (tengo el escritorio frente a la ventana, con una maravillosa vista a las montañas nevadas y al pueblito abajo, en el valle; a mí costado derecho, una pequeña salita, a donde solo llega el débil resplandor de la lámpara sobre el escritorio, que es la única luz que mantengo encendida cuando trabajo); hace dos semanas, me encontraba distraído en el escritorio, mirando a través de las amplias ventanas el titilar lejano de las lucecitas del pueblo, semejantes a esas pequeñas partículas que, por el microscopio, uno ve rondando por las células; el conjunto era semejante a un cerebro vivo, destapado por científicos ávidos de estudiarlo... fue entonces cuando la vi, allí, arrimada como un bulto en la esquina superior de la sala, sobre el mueble.



Es una mujer decrépita; los cabellos grises, largos y greñudos, le cubren el rostro que nunca levanta; camina renqueando, arrastrando los cabellos y sus trapos, para seguirme. Mantiene su distancia (unos seis pasos), nunca habla ni me mira. Es un cadáver horripilante… aunque no me da miedo, en realidad.

Se lo conté la mañana siguiente a la señora de la tienda, cuando bajé al pueblo. Me dijo, no sin cierta reticencia, que en mi cabaña vivió, en tiempos de su abuela, una mujer que los pueblerinos quemaron acusándola de bruja. Me aconsejó que lleve al cura para hacer una misa en la casa, que eche agua bendita, y “saumerie” todos los rincones.

Hacer todo esto me daba apatía, y pensé que mientras la muerta no me incomode demasiado, no me importaba mucho...

EPÍLOGO

He empezado a enloquecer…

Hace un par de días que no la veo, ni siento su presencia, y esto ha empezado a inquietarme… Sé que es una locura, pero uno termina acostumbrándose a todo… incluso a una compañera tan siniestra…

...Y ahora que se ha ido, empiezo a sentir nuevamente el filo de la soledad, el vacío existencial, la sensación de que nada tiene sentido, y pienso y pienso en esto todo el tiempo... y es como si alguien, desde el fondo de un gran y oscuro abismo, pronunciase mi nombre.

*FIN*

Un Loco, Dos Mujeres y una Niña






I.- La historia de Amy.-


Waldo Waltz, escritor siniestro, estuvo enamorado durante largos años de una chica guapísima, compañera de clases, de piernas bronceadas y largas, nariz altiva, cabello cobrizo y mirada cerval.


Lo cierto es que nunca pudo acceder a ella,y en su desdicha se sumergió casi con la misma obsesión, en leer y escribir ficciones. El problema era que tenía a la musa rondando siempre por la casa pues se había casado con su hermano.


La veía desde la ventana de su habitación, tendiendo la ropa en el patio, con el vestido mojado ceñido al escultural cuerpo, con los ojos iluminados por el sol, destellando una magia lasciva y candorosa a la vez. Amy, al sentirse observada, le dirigía una mirada amable, y Waldo se apartaba de inmediato de la ventana, sintiendo el ardor salvaje de su sensualidad.


Amy le tenía un gran aprecio, pues Waldo siempre había sido generoso y noble con ella, y por eso mismo no había pasado de ser solamente su amigo.


*


Años atrás, cuando iban a la escuela, Waldo la invitó a su casa, con ánimo de acercarse. Aquella noche todo iba de maravilla, la chica le reía las gracias tontas y parecía ceder al encanto de Waldo. En cierto momento, apareció Jack, el hermano de Waldo, este ni siquiera miró a la niña, tan acostumbrada como estaba a derretir corazones. Incluso al ser presentado, se comportó como un patán.


Amy se sintió ofendida, pero al llegar a casa no pudo dejar de pensar en Jack, aquel chico tan distinto al blandengue de Waldo.


El día que Waldo se le iba a declarar, la invitó a ver una película en su casa, luego la llevaría a cenar, y allí frente al mar, a la luz de las velas, le haría la romántica proposición. A mitad de la película, Amy escuchó ruidos en la cocina y quiso ir por una soda. 


Al cabo de varios minutos, volvió a la sala, con el cabello alborotado, agitada y rubicunda, con expresión de sorpresa y satisfacción.


-Me tengo que ir! -anunció sin mirar a Waldo, y sin esperar respuesta, salió dando largos y veloces pasos, al tiempo que se acomodaba la falda. Mientras salía por la puerta, Waldo creyó ver una pequeña mancha de sangre en su vestido.


A los pocos días, era la novia de Jack.


Semanas después se casaron. Amy estaba embarazada.



Oleaje Anómalo



I.- Mar, Luna y Cocaína.-


La cara de Valkyria se retorcía de una manera grotesca, la espuma se le acumulaba en las comisuras, el cabello se le erizaba, los ojos se le desorbitaban y vociferaba con violencia. Parecía la extensión del mar convulso, que frente a nosotros azotaba las peñas negras, tan negras e intrincadas como mis pensamientos.

Y allí estaba yo, frente a Valkyria y al mar agitado por una luna palidísima y enorme, como un cerebro destapado, mirado desde arriba. Kasparov y Turgueniev, los perros de Val, jugaban en la arena húmeda, con algo informe y repulsivo.

No podía más con ese tren de imágenes, con los intensos olores salinos y los estruendos guturales. Le di un fuerte jalón al polvo blanco, y me apacigüé como un fuego que termina de consumirse. Escuche bramar a Valkyria:

-….Por ejemplo, ¡tu adorada Mafer y las estúpidas de sus amigas!, muy bonitas y todo, pero qué tienen en la cabeza?, mira que dejarte por un futbolista… ¡otro hueco como ellas!

Yo empecé a prestarle atención, imaginando que estaba en un juicio y que ella era mi genial abogada.

-¡otro hueco! -repitió con énfasis. -qué ideas interesantes puede tener ese tipo?

La droga me hacía mirarla como a una aparición, y el cuerpo me temblaba sin poder evitarlo.

-Es verdad que los medios nos inoculan la idea de que se es lo que se aparenta físicamente… pero, ¡qué estupidez! -estallaba de pronto y yo saltaba sentado sobre la roca. -¿de qué sirve tanta belleza, con el cerebro lleno de mierda?

Estaba roja de ira; el mar, de tanto en tanto, nos azotaba con su látigo de púas heladas.

Yo pensaba que ¿qué me importaba si Mafer era brillante o no?, si lo único que yo quería era contemplarla, adorarla, ¡poseerla! Era preciosa, y eso era todo lo que se necesitaba.

¿O acaso un cristiano va al altar esperando disertar sobre filosofía con el cristo crucificado? No! Simplemente va y lo adora, se somete a aquel ídolo, esto lo complace y lo santifica: el placer, sea del tipo que sea, está en uno mismo, y cada uno lo enciende del modo que más lo satisface. Pero Valkyria estaba tan alterada que no me atreví a contradecirla.

Le temblaban las manos y el trago se le escurría de la boca. Necesitaba bajarse con alcohol toda la coca que se había metido.



A mí, el efecto me hacía insistir en mis secretas reflexiones: Mafer para mí era como dios para un místico: mediante la creencia en dios el místico alcanza el nirvana, y ese era el quid del asunto; ¿qué mierda importaba si dios existía o no?, el asunto era llegar al nirvana.

Val inhalaba del pomo, y quise decirle lo que pensaba, pero ella volvía a arremeter, a atropellarme con su verborrea. Turgueniev y Kasparov corrían ladrando cerca de nosotros, jugando con aquella masa informe que me daba escalofríos; “¿con qué diablos juegan?”, volví a pensar.

El mar y la saliva de Valkyria me salpicaron en la cara:

-¡Entre esta gente estúpida no vale la pena vivir!

No podía soportarlo más, necesitaba otra dosis. Esta vez aspiré por cada fosa nasal. Me sentí como en otro planeta. Si el nirvana existía debía parecerse mucho a esta sensación.

A pesar de que val chillaba, y el mar bullía como un caldero infernal, ya nada me afectaba. Era como estar en el cine, ante una escena violenta, con el fondo musical de algún nocturno de Chopin, o algo por el estilo.

Me pregunté, qué demonios hacia allí con la loca de Val, cuando debía estar en esos momentos, retozando con Mafer.


II.- Enamorado de Mafer.-


El paisaje se disolvió frente a mí, y en su lugar, vi los profundos ojos de Mafer como un mar de caramelo en el que yo navegaba. Ya no estaba allí, en la orilla del mar junto a Valkyria, sino frente a Mafer, unas horas antes, en la fiesta de promo…

Le sujetaba las manos mientras bailábamos, eran unas manos suaves, blancas y tersas, medianas, casi pequeñas, tibias y adorables. Si no se hubiese visto ridículo, me hubiera hincado de rodillas solo para besárselas.

Recordé lo que una vez dijo el gordo Arismendi, “si quieres saber como tiene la chucha una hembrita, fijate en sus manos, las manos son el fiel reflejo de la vulva; si las tiene bien cuidadas, provecho! Y si no, pues será mejor que compres penicilina!”, y se reía.

El gordo sabía mucho de esas cosas, también decía, “y si quieres tirarte a una fresa, antes de insinuarte primero tienes que remojarle la rana...”, y se reía borracho.

Asocié esa idea con las manos de Mafer; y la espada que tenia incrustada en el pecho por haberla perdido se me hundió hasta el fondo, “era la chica perfecta”, me lamenté.



Val gesticulaba levantando los brazos. Me fijé en sus manos desgajadas, deshilachadas, sucias y regordetas. Me dio cierta repugnancia. Escuché que decía algo sobre la televisión basura y las tetas. Lo cual me devolvió a la fiesta:

-¡Uy no! ¡Esa canción me encanta! -dijo Mafer, - la escuché el año pasado en Cusco… ¡Vamos a bailar!

-Pero yo no bailo…

-Vamos, vamos, vamos! - dijo, dando pequeños saltitos, entusiasmada. No pude evitar mirarle los senos, se balanceaban como dos jugosos mangos dentro de su vestido amarillo. Ella se dio cuenta y sonrió tímida y coqueta a la vez.

-ya pueeeees, vaaaaamos….. -me rogó alargando las palabras, con una vocesita de niña engreída.

Mientras bailábamos, yo estaba como hechizado, ella me sonreía y los ojos le destellaban.

Una Chica Extraña...





Sentado en la plaza, la noche se ondulaba como una gatita; solo me acompañaba la chica genio que tenía encerrada en la botella, pero todo era demasiado deprimente en este punto, pues ella ya me había dado todo de sí.


Decidí dar una vuelta por entre los árboles hasta llegar a casa y sumergirme en el libro que estaba leyendo. Entonces la vi. O ella me vio, con unos ojos azules profundos como el océano.


Su cabello era más oscuro que la densidad de la noche. Cuando me acerqué a hablarle, con toda la naturalidad del mundo, me di cuenta de que mi inglés a esas alturas de la noche ya se había ido a dormir, y me quedé como un lobo mirando el queso del reflejo de la luna en el lago.


Ella sonrió, tal vez por mi notoria turbación, mis ojos tristes, o no lo sé. Enseguida dijo algo en castellano. Me sentí muy loco por encontrar a una chica sudamericana en aquel rincón despoblado del mundo.


Me hizo reír su acento argentino y pronto nos hicimos amigos.


Le leí los versos que había escrito como un poseído, y me di cuenta de que eran buenos cuando la noté disfrutando de mis figuras. Tras cada párrafo hacía un comentario sobre cómo se me había ocurrido cada metáfora. 


Creo que supe que yo también le gustaba cuando la invité a mi casa, no sé con qué pretexto. No tenía ni un céntimo, me lo había gastado todo en bebidas fosforescentes. Ella desapareció.


“Hummm", me dije, era demasiado irreal, demasiado linda, también su forma de ser y su modo de entonar las palabras, su modo de llamarme boludo… era todo demasiado perfecto para ser verdad.



*

Me puse a revisar mis versos, tratando de olvidarla; y al rato, apareció a mi lado con cigarrillos. Me dijo: “¿Entonces nos vamos?”

Canceló a su amiga por teléfono y pedimos un taxi. Tras subirse al vehículo frotó sus manos tratando de calentarse, puse mi casaca sobre sus hombros, y me puse a hablarle de mil tonterías, ella reía y yo disfrutaba con su sonrisa, y con su modo de hablar.


Por un momento pensé que al final siempre termino prefiriendo mi propia compañía y libertad, para hacer lo que se me dé la gana, pero esta chica era tan especial que pensé que había llegado el momento de cambiar mis convicciones.


Alguien seguramente se estaría riendo de mí allá arriba.


Una vez en mi departamento, le encantó la vista que tenía, era en verdad un paisaje hermoso, puse “Los Pericos”, mi meta era solo bailar y quizás besarla, pues ya había estado ebrio toda la semana.


Pero ella sacó de su mochila verde una botella de vino, y yo me dije: “Eric, aquí vamos de nuevo”.


Miré todos los vegetales que tenía, el último mes había estado intentando ser vegetariano, saqué un par de copas y nos pusimos a bailar.



*

Pasó lo que tenía que pasar, desperté al amanecer con ganas de tomar otra copa. Salí de la casa, la dejé durmiendo en la cama, no quería que me vea así, que viera mi compulsión.

Estaba tan ebrio que me perdí entre las calles, no pude hallar la casa al regreso. Estaba medio muerto de frío cuando la encontré. 


Ella ya no estaba, me sentí como un miserable, no podía haberla perdido, era la chica de mis sueños. Me tiré en la cama y pude sentir aún la fragancia a manzanas de su cabello.


Creo que soñé con ella toda la semana. Por las mañanas iba al parque donde la había conocido, por las tardes iba a la biblioteca, tratando de olvidarla.
Era como una mosca atrapada en una jaula de vidrio. Me afectó tanto que me olvidé de mí mismo. Me lavaba la cara como un gato triste y salía. Su voz relampagueaba en mi mente, después de haberla conocido me sentía muy solo.


*

Unos días después decidí que ya era suficiente, era tiempo de dejar mi estado catatónico, me di un baño de una hora, y pensé en ponerme aquel traje nuevo que había comprado el día que llegué a esta ciudad extraña.

Al abrir el inmenso ropero del departamento –había pasado un mes y tenía aún todo en la maleta excepto aquel traje—, la vi allí, desnuda, sentada en un rincón, mirándome con aquellos ojos oceánicos.


Me impresioné tanto.


Solo atiné a decirle: ¿qué haces allí, nena?


Pero ella estaba viviendo allí, era feliz allí. Solo quería ser usada por mí como una prenda más. Me sentí muy extraño. Estuvo allí un par de semanas, me la ponía todos los días antes de ir a la biblioteca. Era una chica bastante intensa y complaciente.


Hasta que me dije: “no puedo seguir permitiendo esto, no es normal.”



*

Al volver a casa, abrí el ropero y le dije lo que pensaba, que podíamos ser una pareja genial, que no tenía que vivir allí: la habitación era amplia y el departamento magnífico. 

Sus ojos azules relampagueaban. “Yo viviré aquí, úsame cuando quieras”, me dijo. 


–Muñeca, esta es tu casa, y eres libre de hacer lo que quieras, pero por el amor de Dios, deja de vivir en el ropero porque eso es bastante raro. 


No quiso salir, me molesté y le dije: “si no eres normal, no te quiero”. Y me fui a la calle.


Me embriagué demasiado y dormí en algún rincón de alguna plaza. Cuando volví ella ya no estaba, la busqué en todos los rincones del apartamento.


“Tal vez, si la hubiera dejado vivir allí, todo hubiera sido diferente”, pensé arrepentido.


-FIN-





Larvas Cerebrales







I

Las curvas de Silvana resaltaban bajo las sábanas raídas. Nos habíamos pasado la mañana haciendo el amor, ahora empezaba a atardecer y un silencio siniestro lo absorbía todo.

El depósito que usábamos de vivienda no tenía ventanas, y la luz artificial se adhería a la piel de un modo viscoso.

Silvana notó mi incomodidad, y se levantó desnuda a abrir la puerta del baño para que entrase algo de aire. Sutiles brillos hicieron de ella una constelación apetecible, provocaba ir hacia la noche de su cuerpo y extraer las estrellas de su piel.

Cuando volvió a la cama acarició mi pecho con sus manos ásperas, su mirada se dulcificó y me besó en el hombro con suavidad; volví a sentirme a gusto, el olor fermentado de todo mi mundo se convirtió en un zumo embriagador.
*

—Amor, ¿en qué piensas? — me preguntó Silvana mucho después.

Yo estaba quieto, observando las mantas arrumadas al pie de la cama. Daban la impresión de ocultar un monstruo informe que de un momento a otro saltaría sobre mí. Los platos sucios de cristal formaban extraños edificios esféricos, de urbes futuristas tan tóxicas como imposibles.

—¡Amor! —me sacudió Silvana, con su sonrisa de colegiala enamorada.

—¿Qué? …Ah, no pienso en nada.

—¿Cómo que en nada? Si estás en otro mundo… ¡ay amor!

—¿Irás a recoger mis materiales verdad? —agregó ella, sonriendo y deslizando traviesamente su mano por mis muslos.

—¿Cómo dices?

—Mis materiales. Esta tarde llega de viaje mi amiga Chachi con los materiales que le encargué. Los necesito para terminar la escultura que estoy haciendo para mi abuelita. Tú me dijiste que irías a recogerlos mientras yo avanzo el trabajo.

—Ah, sí. Pero podemos ir a buscarla juntos por la noche. Ahorita debe estar haciendo un calor de mierda afuera.

—No se puede, porque ella está sólo de paso... Además, ya habíamos quedado… —dijo Silvana, rogando con voz de niña, y besándome suavemente debajo del ombligo.

—¿Te acuerdas de mi amiga Chachi, verdad? —me preguntó entre besos que se fueron encendiendo.

Por un momento me molestó tanta insistencia. Traté de no pensar, sólo quería dejarme llevar, pero mientras Silvana hacía lo suyo, recordé a Chachi:


Habíamos ido a una exposición de un amigo de Silvana, del que ella siempre hablaba.

—¿Qué te parece, mi amor? ¿Mi amigo tiene talento, no? —me había preguntado aquella vez.

Las pinturas estaban bien, pero los celos se apoderaron de mí y le contesté:

—Sí, tiene talento… ha pintado la naturaleza como si antes le hubiera dado cien patadas. Los carneros están amoratados, los arbustos marchitos, y el cielo plomizo parece intoxicar a los pajaritos... Sí, definitivamente tiene talento para plasmar la mediocridad.

Silvana me miró con odio.

En eso, apareció una chica alta, muy blanca, con un vestido anaranjado. Sus pechos eran lo que más resaltaba de todo el conjunto, daban la impresión de ser dos jugosas naranjas a punto de estallar.

—¡Silvana! ¡Amiga! —dijo Chachi, reprimiendo un gritito de felicidad. Luego me miró satisfecha, dándose cuenta del efecto que había causado en mí.

—Sí… es mi novio Bruno… —le dijo Silvana. Luego, dirigiéndose a mí, dijo:

—Amor, te presento a Chachi, nos conocemos desde el nido—. Silvana sonreía espléndida.


Así es que esa era la tal Chachi... tragué saliva. Luego sentí una fuerte contracción y Silvana tiró la cabeza para atrás, atorándose.

—¿Entonces vas, no mi amor? —me dijo Silvana, incorporándose sonriente, mientras se limpiaba las comisuras de los labios.
*

Estaba en el baño, terminando de alistarme para ir a la estación de buses, cuando el teléfono de Silvana vibró en la mesita de noche, causando un gran alboroto.

—¿No vas a contestar? —le pregunté, asomándome por la puerta del baño.

Silvana cogió el teléfono y lo miró con nerviosismo.

—Es un número desconocido —dijo, y lo desconectó.
*

Cuando abrí la pequeña puerta para salir, algunos rayos solares se colaron, Silvana se retorció como un gusano chamuscado, y cubrió su rostro con sus pequeñas manos poligonales.

Monos






 Emilio Monk despertó aquella mañana con un profundo dolor en la espalda baja. Su frente lucía perlada con gotitas de sudor frío.

Recordó sus sueños convulsos: escapaba a través de árboles espesos y corpulentos. Lo hacía con agilidad, pese a que los rayos solares se le incrustaban en los ojos como lanzas doradas, allí donde las ramas les permitían el paso, alineándose en sincronía. Era un ambiente bastante caótico. No sabía de qué huía, pero sabía que si se detenía o miraba hacia atrás, sería su perdición.

Emilio tenía ya suficientes problemas como para prestarle demasiada atención a la cola simiesca que le había aparecido, y que ahora examinaba entre sus manos. Al principio, se sintió turbado; luego había aceptado el hecho con resignación, pensando que había despertado abruptamente y se había traído el rabo del sueño, sin tiempo para adaptarse a la realidad.

Tal vez si volviese a dormirse, al despertar sería el mismo de siempre y la cola desaparecería. Pero era tarde y tenía que resolver un delicado asunto en la oficina. Detestaba su trabajo burocrático, pero, ¿qué otra cosa podría hacer?, ¿trabajar en un circo, tal vez? No, aquel rabo no era lo suficientemente especial como para que lo tomasen en cuenta.

Así es que se enfundó los pantalones, pero estos no se adaptaron a su nueva fisonomía, por lo que se vio en la obligación de hacer un agujero en la parte posterior de la prenda. Esta vez se sintió cómodo.

Era como si la cola tuviese vida propia, era peluda, como la de un mono, se movía en ondulaciones y medía unos 70 centímetros. Al comienzo le costó trabajo manejarla, más bien era torpe, y tiraba con ella, sin querer, las cosas al piso. Luego la dominó y vio que era tan útil como una extremidad, podía asirse con ella, balancearse, sentía mayor equilibrio. Y a pesar de que era fea y ridícula, estas nuevas prestaciones lo hicieron sentirse más fuerte y hasta más evolucionado que el resto de la humanidad.

Al salir a la calle para tomar el metro y llegar al trabajo, tuvo cierto reparo, por el rabo, aunque luego pensó en las deudas que tenía, el trabajo retrasado, el jefe explotador, el divorcio que afrontaba y la hipoteca de su casa. Estas preocupaciones fueron más fuertes y olvidó el novedoso detalle de su cuerpo.

En el metro, algunos se rieron a sus espaldas, mirando y señalando el ondulante e intranquilo miembro de Emilio. Aunque después de la primera impresión lo olvidaban y retomaban sus charlas sosas, o se sumergían en sus smartphones. El efecto que causaba era más bien como si tuviese un enorme grano en la frente, o si llevase un sombrero huachafo.

Después de cogerse la cola con la puerta del metro y aullar de dolor, Emilio Monk corrió raudamente al trabajo. El jefe lo esperaba en su oficina. Era la tercera vez que llegaba tarde. Quiso excusarse, pero el jefe no le dio tregua y empezó a gesticular de un modo horrible. Abría la bocaza y lanzaba improperios que parecían salir entre chispas amarillas. Podía ver sus molares ennegrecidos, y la fetidez de su aliento era como la peste cayendo sobre Emilio.

Los gritos eran tales, que Emilio observaba ensordecido todo el panorama. A través de los vidrios transparentes de su oficina vio a sus compañeros, que miraban la repugnante escena. Algunos pocos, con el rostro indiferente; los más, reprimían una risita burlona. Eran patéticos.
La única persona que parecía solidarizarse con él, era la secretaria del jefe. Ésta parecía decirle con la mirada: “No hagas caso, todos sabemos que el jefe es un grandísimo idiota.”


Caminando por la calle, ya no pensaba en sus preocupaciones financieras ni familiares, sino en la secretaría observándolo anhelante, como nadie nunca lo había hecho. Nunca se había fijado en ella, estaba tan metido en sus problemas que no le había prestado ninguna atención.

Era una mujer bonita. Pensaba en sus grandes ojos tiernos, y en sus graciosas orejas, y se le antojó que parecía una preciosa monita. Lamentablemente, ahora, que había sido despedido, era demasiado tarde para intentar cualquier acercamiento, pues no volvería a verla.

Emilio Monk se perdió en estos pensamientos, y desapareció entre la muchedumbre, con el rabo entre las piernas.


*FIN


Taty





Después de mil odiseas logré resucitar su amor, pensando que ello era el motivo principal de mi vida. Taty se mostró como antes, tan natural como si fuéramos amantes de vidas pasadas, como si nunca hubiese existido ningún problema entre nosotros. Me sentí amado y absolutamente feliz, pues esta vez la había recuperado para siempre.

Verla disfrutar con las sutilezas de la cotidianidad me hacía enamorarme más de ella y sentirme como una especie de semidiós: mortal, pero invencible. Sólo quería y necesitaba la ternura de aquella niña-mujer, su amor y sus besos. Por ello había aceptado, al volver con ella, no rechazar a sus detestables amigos.

Taty era una de esas chicas que no tienen amigas, toda su pandilla era de varones. Luego me daría cuenta, aunque era demasiado obvio, de que todos ellos querían estar con Taty. Aun así, por su amor, acepté.

Nunca consideré a ninguno de ellos como un adversario serio. Creía que para ella sólo se trataba de la satisfacción de poder manipularlos a su antojo, y jugar a sentirse una diosa. Siendo así, yo los trataba como si fueran las mascotas de nuestro noviazgo, e íbamos todos cada vez que salíamos. 

Ellos me trataban de una manera “aceptable”, para no herir sus sentimientos, pues era una especie de reina para ellos, quizá porque intuían su intensa manera de hacer el amor, quizá por su picardía, o por sus apetecibles piernas, o todo ello junto.

Aquel día nefasto, salimos en la amplia camioneta de su papá. Después de comer un cebiche bastante agradable, beber chicha de jora norteña, y muchas cervezas, salimos del restaurante con la alegría boba que dan los tragos. Yo percibía todo derritiéndose a mí alrededor, como si estuviese metido en una inmensa pintura de Dalí. 

Nos montamos en la camioneta, en la que cabíamos cómodamente nueve personas, y llegamos a Magdalena del Mar, en donde conocí a la única amiga que le conocería: una chica alta y pálida, grotescamente gorda, con un atuendo negro estrafalario, y las uñas largas y negras también. 

Al abrirse la puerta de aquel caserón, antecediendo a la gorda salió un perro enano y oscuro como una sombra. Yo balbuceé algo así como que yo tenía un perro idéntico, pero este era una miniatura, mientras que el mío era unas cien veces más grande. Todos ellos se burlaron ya sin ningún reparo de mí.

Me sentí enojado por haber bebido tanto alcohol, cuando mi máxima era cuidar a mi chica y alejarla poco a poco de aquellos atorrantes, que la incitaban a beber para aprovecharse de ella.

No recuerdo cómo llegamos al bar de Miraflores, hacía un frío intenso a pesar de que estábamos en pleno febrero, y me sentí extrañado.

Al parecer, yo era el más ebrio, había bebido cantidades industriales de cerveza para, según mi estupidez, demostrarles a esos forajidos lo “macho” que podía llegar a ser. Pero me había equivocado; y Taty, al verme tan frágil, se volcó, ya sin ninguna censura ante mí, a uno de ellos.

Él la tenía sentada sobre sus piernas, mientras yo los miraba desde mi esquina, sintiéndome pésimo por todo lo que había tomado. Podía ver cómo todos la manoseaban y cómo disfrutaba ella, sintiéndose deseada por esos imbéciles, les sonreía como me había sonreído a mí hace unos instantes, tratando inútilmente de decirme que me amaba. 

Decidí largarme de allí porque por dentro, mi corazón, la parte que la contenía, al ver su conducta se podría y se gangrenaba. Pero ella me dijo: “Amor, no te vayas”. 

Lo que me hizo descubrirla fue que llegando al bar ella se adelantó y se sentó frente al que era supuestamente su mejor amigo, cruzó las piernas provocativamente, y él dijo: “¡Guau!, quisiera tener acceso a semejante paraíso carnal", refiriéndose a su minifalda y a sus medias, que el abrigo cubría muy poco.

Ella lo miró fijamente y sin ningún tapujo le respondió: “pero si sí accedes…”, y ambos se echaron a reír. Entendí que cuando me iba, ellos se revolcaban como perros, a pesar de que ella me respetaba mucho, pero no lo suficiente como yo habría esperado. 

Esa tarde oscura, me había dicho: “Amor, no te vayas”, pero yo tenía la certidumbre de que lo que ella quería realmente, era estar con ese tipo; me tenía que ir y clausurar definitivamente mi relación con aquella mujer salvaje. Sin decirle: “¡puta!”, arranque sus brazos de mis hombros y me marché.

Me siguió uno de ellos, el que me respetaba más, o al menos no la tomaba en serio, parecía conocerla realmente. Me miró fuera del bar como diciendo: “ya te diste cuenta con quién te has metido”, y yo sin querer admitirlo, lo había admitido al mirar a otro lado. Me dijo: "vamos a seguir tomando, conozco el lugar perfecto". Cerca de allí estaban reestructurando un edificio viejo, había un andamio gigantesco. Eran como nueve pisos que había que trepar por el artefacto. Claro que quería beber, pero me figuré que el desgraciado me arrojaría desde arriba, por lo que le dije que había bebido demasiado, y que me retiraba a casa, ya sin importarme esa mujer, pese a amarla como a nada ni a nadie.

Me despedí y crucé al parque Kennedy, no sin antes echar una fugaz mirada al bar. Vi que ellos se hacían señales para seguirme. Crucé con prisa la calzada, tambaleándome. Volteaba constantemente a ver si me seguían, y casi corriendo me metí al parque, en donde había mucha gente aglomerada. Avanzaba haciéndome espacio como podía, tratando de mantener el equilibrio, empujando.

Casi saltando, llegué al centro del parque atestado de gente. Entonces sentí un picor en el brazo, lo levanté y vi varios tajos de los cuales escurría hartísima sangre. Vi a la grotesca gorda del estrafalario vestido negro, esgrimiendo una navaja plateada contra mí, incesantemente. Me fui desvaneciendo, cogí su mano… Y desperté.



*FIN