Larvas Cerebrales







I

Las curvas de Silvana resaltaban bajo las sábanas raídas. Nos habíamos pasado la mañana haciendo el amor, ahora empezaba a atardecer y un silencio siniestro lo absorbía todo.

El depósito que usábamos de vivienda no tenía ventanas, y la luz artificial se adhería a la piel de un modo viscoso.

Silvana notó mi incomodidad, y se levantó desnuda a abrir la puerta del baño para que entrase algo de aire. Sutiles brillos hicieron de ella una constelación apetecible, provocaba ir hacia la noche de su cuerpo y extraer las estrellas de su piel.

Cuando volvió a la cama acarició mi pecho con sus manos ásperas, su mirada se dulcificó y me besó en el hombro con suavidad; volví a sentirme a gusto, el olor fermentado de todo mi mundo se convirtió en un zumo embriagador.
*

—Amor, ¿en qué piensas? — me preguntó Silvana mucho después.

Yo estaba quieto, observando las mantas arrumadas al pie de la cama. Daban la impresión de ocultar un monstruo informe que de un momento a otro saltaría sobre mí. Los platos sucios de cristal formaban extraños edificios esféricos, de urbes futuristas tan tóxicas como imposibles.

—¡Amor! —me sacudió Silvana, con su sonrisa de colegiala enamorada.

—¿Qué? …Ah, no pienso en nada.

—¿Cómo que en nada? Si estás en otro mundo… ¡ay amor!

—¿Irás a recoger mis materiales verdad? —agregó ella, sonriendo y deslizando traviesamente su mano por mis muslos.

—¿Cómo dices?

—Mis materiales. Esta tarde llega de viaje mi amiga Chachi con los materiales que le encargué. Los necesito para terminar la escultura que estoy haciendo para mi abuelita. Tú me dijiste que irías a recogerlos mientras yo avanzo el trabajo.

—Ah, sí. Pero podemos ir a buscarla juntos por la noche. Ahorita debe estar haciendo un calor de mierda afuera.

—No se puede, porque ella está sólo de paso... Además, ya habíamos quedado… —dijo Silvana, rogando con voz de niña, y besándome suavemente debajo del ombligo.

—¿Te acuerdas de mi amiga Chachi, verdad? —me preguntó entre besos que se fueron encendiendo.

Por un momento me molestó tanta insistencia. Traté de no pensar, sólo quería dejarme llevar, pero mientras Silvana hacía lo suyo, recordé a Chachi:


Habíamos ido a una exposición de un amigo de Silvana, del que ella siempre hablaba.

—¿Qué te parece, mi amor? ¿Mi amigo tiene talento, no? —me había preguntado aquella vez.

Las pinturas estaban bien, pero los celos se apoderaron de mí y le contesté:

—Sí, tiene talento… ha pintado la naturaleza como si antes le hubiera dado cien patadas. Los carneros están amoratados, los arbustos marchitos, y el cielo plomizo parece intoxicar a los pajaritos... Sí, definitivamente tiene talento para plasmar la mediocridad.

Silvana me miró con odio.

En eso, apareció una chica alta, muy blanca, con un vestido anaranjado. Sus pechos eran lo que más resaltaba de todo el conjunto, daban la impresión de ser dos jugosas naranjas a punto de estallar.

—¡Silvana! ¡Amiga! —dijo Chachi, reprimiendo un gritito de felicidad. Luego me miró satisfecha, dándose cuenta del efecto que había causado en mí.

—Sí… es mi novio Bruno… —le dijo Silvana. Luego, dirigiéndose a mí, dijo:

—Amor, te presento a Chachi, nos conocemos desde el nido—. Silvana sonreía espléndida.


Así es que esa era la tal Chachi... tragué saliva. Luego sentí una fuerte contracción y Silvana tiró la cabeza para atrás, atorándose.

—¿Entonces vas, no mi amor? —me dijo Silvana, incorporándose sonriente, mientras se limpiaba las comisuras de los labios.
*

Estaba en el baño, terminando de alistarme para ir a la estación de buses, cuando el teléfono de Silvana vibró en la mesita de noche, causando un gran alboroto.

—¿No vas a contestar? —le pregunté, asomándome por la puerta del baño.

Silvana cogió el teléfono y lo miró con nerviosismo.

—Es un número desconocido —dijo, y lo desconectó.
*

Cuando abrí la pequeña puerta para salir, algunos rayos solares se colaron, Silvana se retorció como un gusano chamuscado, y cubrió su rostro con sus pequeñas manos poligonales.



II




El metro estaba casi vacío y, sobre todo, fresco. Cerca de mí, una chica de vincha blanca y ojos enrojecidos parecía hacer grandes esfuerzos para reprimir espasmos de llanto. Hubiera querido decirle algo, consolarla de algún modo, pero no encontré las palabras adecuadas. La chica se bajó en la siguiente estación.

Me sentí aliviado. Se estaba tan bien allí, tan fresco, que hubiera querido seguir en un viaje perpetuo, en la comodidad de entregarme a la desidia.

Miré por la ventana, una monocromía amarillenta teñía las calles, dándoles aspecto sucio y enfermizo.
*

La estación de buses se encontraba en las afueras de la ciudad. La recordaba pululante de personas, como bichos alborotados en día laboral; sin embargo, al llegar, me di con la sorpresa de que estaba despoblada y árida como un desierto. El sol reinaba cruelmente, como si la estación y sus alrededores estuviesen envueltos en una nebulosa de helio.

El portón estaba cubierto de óxido ferroso, y la luz cegadora le daba apariencia de estar al rojo vivo. Me hizo pensar en las mismísimas puertas del infierno.

No encontré donde refugiarme, los rayos del sol se prendieron de mi cara como si se tratase de los tentáculos de un violento molusco.

Luego descubrí frente a la estación una especie de oasis derruido. Una palmera proyectaba su dulce sombra sobre un jardín desvencijado, y allí en medio, yacía una fría roca ovalada. Me senté a esperar sobre ella a que llegue el bus de la tal Chachi. 
*

Un chanchito de tierra salió debajo de la roca y empezó a caminar hacia el jardín, parecía determinado a llegar a un lugar concreto. Lo seguí con la mirada y me pregunté cuántas veces habría pisado sin notarlo a estos pequeños seres.

A cierta distancia apareció un tipo con una mochila en la espalda, caminaba con la misma determinación que había observado en el bicho. Se me ocurrió que de repente Dios al caminar, metido de lleno en sus cavilaciones —pensando en el vacío de su existencia, tal vez—, nos aplasta sin siquiera notarlo.
*

El ángulo del sol había cambiado, la sombra que me cobijaba había desaparecido. Y no había ningún indicio de la llegada del bus, todo seguía desértico como al principio.

Pensé en tomar una coca cola, y luego largarme. A unos pasos más allá encontré una tienda. Detrás de las rejas asomaba una vitrina con una rajadura en forma de estrella, parchada con cinta de embalaje, saturada de coloridas baratijas, a tal punto, que ésta parecía ser la causa de que se haya quebrado. 

Por más que llamé a gritos, nadie salió. Decidí retirarme, a pesar de la sed terrible. Envuelta en sombras y harapos negros apareció una anciana dentro de la tienda, aunque no la pude ver bien por el fuerte contraste del sol.

Cuando pagué con el único billete que tenía, uno de cien soles, el contacto con su mano helada me causó repelencia. Sentí el peso de sus hipnóticos ojos sobre mí, luego desapareció dentro de la tienda balbuceando que iría por el cambio.

La bebida fría apagó un incendio en mis entrañas.

Pasaron varios minutos y no había rastro de la anciana. El teléfono empezó a repiquetear dentro del establecimiento, timbraba por un minuto y luego hacia una pausa. Cada vez era como si estuviera más exaltado, como si estuviera a punto de convulsionar.

Hasta que se detuvo. Entonces, me di cuenta de que no llegaría ningún bus, de que no llegaría ninguna Chachi. Tuve la certeza de que no era la primera vez que Silvana recibía aquellas llamadas misteriosas y no contestaba. ¿Por eso había insistido tanto en que salga?, ¿era acaso que esperaba a otro, y mientras yo estaba fuera, ellos se revolcaban como perros? Un hilo de sudor frío recorrió mi frente.

Tenía que volver inmediatamente, descubrir la verdad.

Pero la anciana demoraba una eternidad con el cambio, y sin dinero con el cual volver, me encontraba atrapado allí, en mi desesperación. Mis dedos tamborileaban con fuerza sobre la reja, como si hubiesen adoptado vida propia.

Me sentí aturdido, el sol me impedía pensar con claridad.

Intenté tranquilizarme. Todo ello tenía que ser producto de mi imaginación. Después de todo, estaba seguro de que Silvana moría por mí, y… pensándolo bien, ella también me volvía loco, literalmente…

El pequeño lunar que Silvana tenía en el lado izquierdo del mentón, y que tanto me gustaba, acudió a mi mente. Pensé también en sus largas pestañas, en su conversación chispeante, y en la gracia con la que bailaba. La recordé cantando por las mañanas mientras me preparaba el desayuno, como un pajarito que despierta en primavera. La recordé cuidándome cuando estuve muy enfermo, preocupada, desvelándose la noche entera para atenderme.

Era una niña, una madre, y una mujer al mismo tiempo. Sí, definitivamente me amaba, y yo estaba loco por ella. No tenía ningún sentido pensar que me engañaba, simplemente necesitaba sus materiales y punto.

Apareció la vieja con el amasijo de billetes que componían mi vuelto, su rostro de arrugas rígidas se había suavizado, ahora parecía una tierna abuelita; hasta esbozó una dulce sonrisa mostrando sus encías desnudas.

En eso, un motor sordo, semejante al resoplido de un toro viejo al ser aspeado por última vez, se detuvo detrás de mí. El bus había llegado, y los alrededores de la estación estaban llenos de gente, como si hubiesen salido debajo de las piedras.

Ahora bajaría la tal Chachi con los materiales, luego regresaría a casa a acurrucarme junto a la buena de Silvana, y todo volvería a su cauce.



III





Allí estaba la tal Chachi, con su sonrisa enorme, un pañuelo floreado en la cabeza, y un montón de chucherías psicodélicas colgadas de sus muñecas y de su cuello lechoso. Esta vez me dio la impresión de ser una mariposa horripilante.

—Hey Chachi, ¿qué tal?

—¡Hola! no sabía que vendrían a recogernos… ¡Horacio! —gritó hacia el bus—, ¡mira quienes han venido por nosotros!

Horacio esperaba el equipaje, al lado de la bodega del bus.

Entonces recordé al Horacio de la exposición aquella donde conocí a Chachi, un tipo grande, robusto, moreno, que irradiaba vitalidad por todos los poros, recordé que se llevó a Chachi justo después de que ésta nos lo presentara como su nueva pareja.

Sin embargo, este Horacio estaba demacrado, amarillento, esmirriado, con los ojos hundidos, parecía un pez enfermo… No podía ser el mismo, ¿en verdad era él?

Luego Chachi me preguntó:

—¿Pero… dónde está la loca de mi amiga?

—En realidad sólo me envió a recoger sus materiales de arte.

—¿Qué materiales? —se le borró la expresión de gratitud, y se mostró desconcertada.

En ese instante lo comprendí todo. Los celos me atravesaron las vísceras. Podía sentir la sangre bullir hacia mi cerebro, mi corazón quería estallar, el sudor me caía a chorros.

Dejé atrás a Chachi, y mientras caminaba hacia la esquina para tomar un taxi y volver de inmediato a casa, sentí que me ahogaba, temblaba sin poder controlarlo, me tambaleaba, un abismo de negrura me engullía en una caída perpetua, y en el lapso de esa caída pasaban ante mí imágenes de Silvana levantándose la falda, relamiéndose los labios, estremeciéndose de placer… sentí que iba a vomitar.

Levanté el brazo para abordar el taxi que se acercaba. Pero no se detuvo; por el contrario, al pasar por mi lado aceleró, llenándome de tierra los ojos, podía sentir el sabor seco del polvo en el paladar.

Quedé ciego por un momento, hasta que algunas lágrimas me permitieron volver a ver.
*

—¿Estás bien? —preguntó una voz delicada, casi melancólica.

Aquella especie de arrullo reconfortó como un bálsamo la ardiente herida de mi alma.

El sol languidecía detrás de mí e iluminaba los acaramelados ojos de Chachi. Me pareció bonita, caí en sus ojos como un astronauta que se pierde en el espacio, como si me hundiera en extraños mares interestelares… Descubrí en sus ojos un universo a donde era posible escapar.

Horacio venía atrás arrastrando a duras penas las maletas.

Subimos a un microbús, y a pesar de que atrás, donde estaba el novio, había bastante espacio, ella se sentó conmigo adelante.

Cuando el vehículo arrancó, nos cogimos de la mano. 



*FIN

El Hombre de la Cola de Mono






 Emilio Monk despertó aquella mañana con un profundo dolor en la espalda baja. Su frente lucía perlada con gotitas de sudor frío.

Recordó sus sueños convulsos: escapaba a través de árboles espesos y corpulentos. Lo hacía con agilidad, pese a que los rayos solares se le incrustaban en los ojos como lanzas doradas, allí donde las ramas les permitían el paso, alineándose en sincronía. Era un ambiente bastante caótico. No sabía de qué huía, pero sabía que si se detenía o miraba hacia atrás, sería su perdición.

Emilio tenía ya suficientes problemas como para prestarle demasiada atención a la cola simiesca que le había aparecido, y que ahora examinaba entre sus manos. Al principio, se sintió turbado; luego había aceptado el hecho con resignación, pensando que había despertado abruptamente y se había traído el rabo del sueño, sin tiempo para adaptarse a la realidad.

Tal vez si volviese a dormirse, al despertar sería el mismo de siempre y la cola desaparecería. Pero era tarde y tenía que resolver un delicado asunto en la oficina. Detestaba su trabajo burocrático, pero, ¿qué otra cosa podría hacer?, ¿trabajar en un circo, tal vez? No, aquel rabo no era lo suficientemente especial como para que lo tomasen en cuenta.

Así es que se enfundó los pantalones, pero estos no se adaptaron a su nueva fisonomía, por lo que se vio en la obligación de hacer un agujero en la parte posterior de la prenda. Esta vez se sintió cómodo.

Era como si la cola tuviese vida propia, era peluda, como la de un mono, se movía en ondulaciones y medía unos 70 centímetros. Al comienzo le costó trabajo manejarla, más bien era torpe, y tiraba con ella, sin querer, las cosas al piso. Luego la dominó y vio que era tan útil como una extremidad, podía asirse con ella, balancearse, sentía mayor equilibrio. Y a pesar de que era fea y ridícula, estas nuevas prestaciones lo hicieron sentirse más fuerte y hasta más evolucionado que el resto de la humanidad.

Al salir a la calle para tomar el metro y llegar al trabajo, tuvo cierto reparo, por el rabo, aunque luego pensó en las deudas que tenía, el trabajo retrasado, el jefe explotador, el divorcio que afrontaba y la hipoteca de su casa. Estas preocupaciones fueron más fuertes y olvidó el novedoso detalle de su cuerpo.

En el metro, algunos se rieron a sus espaldas, mirando y señalando el ondulante e intranquilo miembro de Emilio. Aunque después de la primera impresión lo olvidaban y retomaban sus charlas sosas, o se sumergían en sus smartphones. El efecto que causaba era más bien como si tuviese un enorme grano en la frente, o si llevase un sombrero huachafo.

Después de cogerse la cola con la puerta del metro y aullar de dolor, Emilio Monk corrió raudamente al trabajo. El jefe lo esperaba en su oficina. Era la tercera vez que llegaba tarde. Quiso excusarse, pero el jefe no le dio tregua y empezó a gesticular de un modo horrible. Abría la bocaza y lanzaba improperios que parecían salir entre chispas amarillas. Podía ver sus molares ennegrecidos, y la fetidez de su aliento era como la peste cayendo sobre Emilio.

Los gritos eran tales, que Emilio observaba ensordecido todo el panorama. A través de los vidrios transparentes de su oficina vio a sus compañeros, que miraban la repugnante escena. Algunos pocos, con el rostro indiferente; los más, reprimían una risita burlona. Eran patéticos.
La única persona que parecía solidarizarse con él, era la secretaria del jefe. Ésta parecía decirle con la mirada: “No hagas caso, todos sabemos que el jefe es un grandísimo idiota.”


Caminando por la calle, ya no pensaba en sus preocupaciones financieras ni familiares, sino en la secretaría observándolo anhelante, como nadie nunca lo había hecho. Nunca se había fijado en ella, estaba tan metido en sus problemas que no le había prestado ninguna atención.

Era una mujer bonita. Pensaba en sus grandes ojos tiernos, y en sus graciosas orejas, y se le antojó que parecía una preciosa monita. Lamentablemente, ahora, que había sido despedido, era demasiado tarde para intentar cualquier acercamiento, pues no volvería a verla.

Emilio Monk se perdió en estos pensamientos, y desapareció entre la muchedumbre, con el rabo entre las piernas.


*FIN


Una Mujer Dificil





Después de mil odiseas logré resucitar su amor, pensando que ello era el motivo principal de mi vida. Taty se mostró como antes, tan natural como si fuéramos amantes de vidas pasadas, como si nunca hubiese existido ningún problema entre nosotros. Me sentí amado y absolutamente feliz, pues esta vez la había recuperado para siempre.

Verla disfrutar con las sutilezas de la cotidianidad me hacía enamorarme más de ella y sentirme como una especie de semidiós: mortal, pero invencible. Sólo quería y necesitaba la ternura de aquella niña-mujer, su amor y sus besos. Por ello había aceptado, al volver con ella, no rechazar a sus detestables amigos.

Taty era una de esas chicas que no tienen amigas, toda su pandilla era de varones. Luego me daría cuenta, aunque era demasiado obvio, de que todos ellos querían estar con Taty. Aun así, por su amor, acepté.

Nunca consideré a ninguno de ellos como un adversario serio. Creía que para ella sólo se trataba de la satisfacción de poder manipularlos a su antojo, y jugar a sentirse una diosa. Siendo así, yo los trataba como si fueran las mascotas de nuestro noviazgo, e íbamos todos cada vez que salíamos. 

Ellos me trataban de una manera “aceptable”, para no herir sus sentimientos, pues era una especie de reina para ellos, quizá porque intuían su intensa manera de hacer el amor, quizá por su picardía, o por sus apetecibles piernas, o todo ello junto.

Aquel día nefasto, salimos en la amplia camioneta de su papá. Después de comer un cebiche bastante agradable, beber chicha de jora norteña, y muchas cervezas, salimos del restaurante con la alegría boba que dan los tragos. Yo percibía todo derritiéndose a mí alrededor, como si estuviese metido en una inmensa pintura de Dalí. 

Nos montamos en la camioneta, en la que cabíamos cómodamente nueve personas, y llegamos a Magdalena del Mar, en donde conocí a la única amiga que le conocería: una chica alta y pálida, grotescamente gorda, con un atuendo negro estrafalario, y las uñas largas y negras también. 

Al abrirse la puerta de aquel caserón, antecediendo a la gorda salió un perro enano y oscuro como una sombra. Yo balbuceé algo así como que yo tenía un perro idéntico, pero este era una miniatura, mientras que el mío era unas cien veces más grande. Todos ellos se burlaron ya sin ningún reparo de mí.

Me sentí enojado por haber bebido tanto alcohol, cuando mi máxima era cuidar a mi chica y alejarla poco a poco de aquellos atorrantes, que la incitaban a beber para aprovecharse de ella.

No recuerdo cómo llegamos al bar de Miraflores, hacía un frío intenso a pesar de que estábamos en pleno febrero, y me sentí extrañado.

Al parecer, yo era el más ebrio, había bebido cantidades industriales de cerveza para, según mi estupidez, demostrarles a esos forajidos lo “macho” que podía llegar a ser. Pero me había equivocado; y Taty, al verme tan frágil, se volcó, ya sin ninguna censura ante mí, a uno de ellos.

Él la tenía sentada sobre sus piernas, mientras yo los miraba desde mi esquina, sintiéndome pésimo por todo lo que había tomado. Podía ver cómo todos la manoseaban y cómo disfrutaba ella, sintiéndose deseada por esos imbéciles, les sonreía como me había sonreído a mí hace unos instantes, tratando inútilmente de decirme que me amaba. 

Decidí largarme de allí porque por dentro, mi corazón, la parte que la contenía, al ver su conducta se podría y se gangrenaba. Pero ella me dijo: “Amor, no te vayas”. 

Lo que me hizo descubrirla fue que llegando al bar ella se adelantó y se sentó frente al que era supuestamente su mejor amigo, cruzó las piernas provocativamente, y él dijo: “¡Guau!, quisiera tener acceso a semejante paraíso carnal", refiriéndose a su minifalda y a sus medias, que el abrigo cubría muy poco.

Ella lo miró fijamente y sin ningún tapujo le respondió: “pero si sí accedes…”, y ambos se echaron a reír. Entendí que cuando me iba, ellos se revolcaban como perros, a pesar de que ella me respetaba mucho, pero no lo suficiente como yo habría esperado. 

Esa tarde oscura, me había dicho: “Amor, no te vayas”, pero yo tenía la certidumbre de que lo que ella quería realmente, era estar con ese tipo; me tenía que ir y clausurar definitivamente mi relación con aquella mujer salvaje. Sin decirle: “¡puta!”, arranque sus brazos de mis hombros y me marché.

Me siguió uno de ellos, el que me respetaba más, o al menos no la tomaba en serio, parecía conocerla realmente. Me miró fuera del bar como diciendo: “ya te diste cuenta con quién te has metido”, y yo sin querer admitirlo, lo había admitido al mirar a otro lado. Me dijo: "vamos a seguir tomando, conozco el lugar perfecto". Cerca de allí estaban reestructurando un edificio viejo, había un andamio gigantesco. Eran como nueve pisos que había que trepar por el artefacto. Claro que quería beber, pero me figuré que el desgraciado me arrojaría desde arriba, por lo que le dije que había bebido demasiado, y que me retiraba a casa, ya sin importarme esa mujer, pese a amarla como a nada ni a nadie.

Me despedí y crucé al parque Kennedy, no sin antes echar una fugaz mirada al bar. Vi que ellos se hacían señales para seguirme. Crucé con prisa la calzada, tambaleándome. Volteaba constantemente a ver si me seguían, y casi corriendo me metí al parque, en donde había mucha gente aglomerada. Avanzaba haciéndome espacio como podía, tratando de mantener el equilibrio, empujando.

Casi saltando, llegué al centro del parque atestado de gente. Entonces sentí un picor en el brazo, lo levanté y vi varios tajos de los cuales escurría hartísima sangre. Vi a la grotesca gorda del estrafalario vestido negro, esgrimiendo una navaja plateada contra mí, incesantemente. Me fui desvaneciendo, cogí su mano… Y desperté.



*FIN


Putas y Monos






Caminando por el boulevard de las postrimerías, vi hermosas mujeres en las vitrinas. Se veían tan delicadas como si fueran de porcelana. Me llevé un par, una morena y una pelirroja.

Entramos a un bar y tomamos una bebida verde. El ambiente era fucsia. La mesera tenía la típica vocecita chillona y áspera que suelen tener las meseras. Su vulgaridad contrastaba nítidamente con la elegancia de mis putas finas.

Ellas sonreían y pedían más champaña, yo navegaba entre los hielos de mi whisky. Me sentí miserablemente amado entre aquellas magníficas cuatro tetas.

Ellas reían y brindaban por mí; esnifábamos cada cuatro o cinco rondas. Después nos pusimos a bailar un pegajoso rock and roll. En el escenario, una manada de monos agitaba sus largas cabelleras; se estremecían como lo hacen los micos del zoológico cuando la gente los mira; y aullaban sus agudas canciones.

Salomé y Jezabel brincaban a mí alrededor, embistiéndome con sus senos enhiestos. Yo gozaba como un cerdo, y bebía como un galgo.

Fuimos a mi casa y pusimos el lugar de cabeza. Entramos los tres en el jacuzzi, continuamos esnifando, pusimos un disco de Hendrix a toda marcha. Seguimos así hasta que estuve dentro de ellas, entonces pude sentir su agradable calidez femenina, mientras sus uñas descarnaban mi espalda.


Al amanecer, toda la sangre, el semen, la saliva, la coca, el alcohol, y las luces, nos daban vueltas en la cabeza, y reíamos estúpidamente, como monos satisfechos.



*FIN


El Salón de los Muertos






Antes no pensaba en el pasado. A mi corta edad, alimentarme por medio de una sonda era demasiado horrible como para pensar en otra cosa, pero finalmente me acostumbré, como a la silla de ruedas. Soy solamente una voz en mi cerebro, si pudiera hablar solo pediría la muerte, pues la parálisis general me tiene prisionero en mi cuerpo, sin poder gesticular siquiera, por lo que las monjas me tratan como a una planta.

El salón de niños, donde vivo, es grande, sin embargo parece una prisión hacinada de chicos, que tienen todas las formas posibles menos la humana. Desparramados por el piso dan una impresión monstruosa. Al medio día llegan los pordioseros a recoger la comida que dan las monjas.

Estos últimos días mi mente no ha hecho más que recordarme la figura borrosa de mi madre, y lo que sucedió. Cómo después de una operación quedé paralítico por un exceso de anestesia. Los besos y afectos que siempre me había dado, al cabo de los meses se fueron desvaneciendo. Conoció a un hombre del que se enamoró, pues mi padre la había abandonado, y así, poco a poco ella fue dejando de quererme hasta que un día me dejó en el hospital. Las caricias y el amor absoluto que antes me había demostrado, y  cómo había luchado al principio para que me cure, parecían hechos por otra persona.

Después de la operación, ella sólo quería que muriese, pues tenía que ocuparse de mis múltiples necesidades. No podía salir con sus amigos, ni a ningún lado, y renegaba constantemente, llegando a gritarme y abofetearme por ser su hijo.

Todas las tardes vienen los pájaros a sus nidos en lo alto de la capilla, frente al salón de niños, mi única fascinación es observarlos levantar el vuelo, y pese a que todos esos pájaros son grises, me llenan de alegría. Quisiera morir y ser uno de ellos, e irme volando muy lejos de este lugar.

Recuerdo que un día vino la televisión, mostraron el salón de niños, las monjas explicaron que algunos niños comían con sonda por la tráquea, o en mi caso, con el tubo directo al estómago. Me enfocaron un momento, la máscara de oxígeno ocultaba mi identidad, mientras la monja explicaba que viviríamos poco tiempo. Cuando apagaron las cámaras, los periodistas cambiaron la mirada misericordiosa por una mirada de asco, quizá por el olor. Entonces abandonaron el salón de niños para siempre.

Poco a poco los niños van desapareciendo, y aparecen nuevos rostros, siempre con los ojos llenos de angustia. Parecen pedir auxilio mientras sus deformes e inservibles cuerpos los mantienen prisioneros.

Al fin empezaron a descomponerse las funciones vitales de mi cuerpo. Me sentía feliz por llegar a las puertas de la muerte, y aunque la muerte sería lenta y dolorosa, disfrutaría cada instante como jamás disfruté algo.


Mirando el salón difuminarse, siento una calma tibia en todo mi cuerpo por primera vez, como si pudiera ponerme de pie y caminar, pero es tan suave la sensación de ir desapareciendo, de fundirse con la nada, que prefiero dejarme llevar por aquel sueño con el que siempre he soñado y ahora es realidad. Al fin seré como el polvo de una estrella en el universo infinito.


*FIN

Final No Feliz




Tu jeringa escuálida
Yace reseca como una lagartija sin lágrimas
En un rincón donde no llega la escoba.

Me falta un cigarro
Mientras que a lo lejos,
En el cielo nocturno, todos fuman.

¿Existirás? ¿O sólo confundí otro sueño con la noche?

Preparé palomitas para ver la película solo,
Observo la taza dorada que compraste con tu no estar nunca más.
Me gustó la función,
No puedo quejarme por el final infeliz,
Después de todo yo lo escribí.

Me gusta el amarillo del tiempo,
Navegar hacia el fondo del ataúd.
Quería conocer el infierno,
Me llevaste al paraíso con tus besos,
Con tu nariz zancuda y tus piernas flacas y largas.

Me pescaste en el fondo del Cocito,
Era un monstruo prehistórico desubicado,
Mordí el anzuelo del sonido de tu voz.




El Loco del Casco






Hit se despidió de Patricia, mientras se ponía el casco le iba diciendo: 
-No demoro Patricia, no seas celosa por favor. Sabes que eres el amor de mi vida, no te cambiaría por nada del mundo.

Y le dio un beso en la pequeña frente de plástico. Patricia era una muñeca Barbie que había encontrado en la basura; la tenía desnuda sobre la maraña de libros apilados. 

El día que la encontró, la limpió pacientemente y luego sombreó fuertemente sus ojos, dándole apariencia de puta. Patricia lo miraba con sus ojitos celestes desteñidos. Ella pensaba para qué diablos llevaba siempre el casco, si no tenía moto.

Aspiró el polvo blanco y sintió un electroshock en el cerebro. Se quedó inmóvil por unos segundos, catatónico. Luego se limpió con la manga de la camisa, y salió a la calle.

En el camino las luces tintineantes del casino lo sedujeron inmediatamente. Tenía cien soles que había ganado trabajando un par de semanas. Mientras jugaba le iba diciendo a la máquina:

-¡Vamos pequeña putita, vamos!

La anfitriona del casino, que estaba pasando por su lado, volteó y le esbozó una sonrisa.

-Le ofrezco algo señor? –dijo, sin dejar de coquetearle.

-Sí, agua con hielo.

Y mientras se inclinaba para servirle, se asomaron un par de enormes tetas, que parecían querer escaparse del insinuante escote.

Hit sintió que algo se movía en sus pantalones.

-Cualquier cosa que desee, cualquier cosa… estoy para servirle. –Le dijo la preciosa mujer y se retiró.

Mientras jugaba al video póquer pensó que llegando a casa le haría el amor a Patricia violentamente. Perdió los cien soles con una sonrisa en los labios y fue al baño.

Esnifó un par de líneas y luego se acercó al urinario. Se fijó que nadie lo mirara, aunque el inmenso baño estaba desierto, y se dispuso a miccionar.

El recipiente blanco se llenó de pequeños bichos que Hit orinó. Alocados corrían en todas direcciones. Se sacudió el miembro viril y automáticamente el inodoro liberó el agua, los pequeños bichos negros desaparecieron en el drenaje. 

Hit se quedó parado un momento, paralizado, esta vez por un par de minutos. Luego se subió el cierre y salió del casino. Se puso el casco. Mientras caminaba metió la mano al bolsillo, observó el único sol que le quedaba.



*FIN