Monos



Monos



Emilio Monk despertó aquella mañana con un profundo dolor en la espalda baja. Su frente lucía perlada con gotitas de sudor frío.
Recordó sus sueños convulsos: escapaba a través de árboles espesos y corpulentos. Lo hacía con agilidad, pese a que los rayos solares se le incrustaban en los ojos como lanzas doradas, allí donde las ramas les permitían el paso, alineándose en sincronía. Era un ambiente bastante caótico. No sabía de qué huía, pero sabía que si se detenía o miraba hacia atrás, sería su perdición.
Emilio tenía ya suficientes problemas como para prestarle demasiada atención a la cola simiesca que le había aparecido, y que ahora examinaba entre sus manos. Al principio, se sintió turbado; luego había aceptado el hecho con resignación, pensando que había despertado abruptamente y se había traído el rabo del sueño, sin tiempo para adaptarse a la realidad.
Tal vez si volviese a dormirse, al despertar sería el mismo de siempre y la cola desaparecería. Pero era tarde y tenía que resolver un delicado asunto en la oficina. Detestaba su trabajo burocrático, pero, ¿qué otra cosa podría hacer?, ¿trabajar en un circo, tal vez? No, aquel rabo no era lo suficientemente especial como para que lo tomasen en cuenta.
Así es que se enfundó los pantalones, pero estos no se adaptaron a su nueva fisonomía, por lo que se vio en la obligación de hacer un agujero en la parte posterior de la prenda. Esta vez se sintió cómodo.
Era como si la cola tuviese vida propia, era peluda, como la de un mono, se movía en ondulaciones y medía unos 70 centímetros. Al comienzo le costó trabajo manejarla, más bien era torpe, y tiraba con ella, sin querer, las cosas al piso. Luego la dominó y vio que era tan útil como una extremidad, podía asirse con ella, balancearse, sentía mayor equilibrio. Y a pesar de que era fea y ridícula, estas nuevas prestaciones lo hicieron sentirse más fuerte y hasta más evolucionado que el resto de la humanidad.
Al salir a la calle para tomar el metro y llegar al trabajo, tuvo cierto reparo, por el rabo, aunque luego pensó en las deudas que tenía, el trabajo retrasado, el jefe explotador, el divorcio que afrontaba y la hipoteca de su casa. Estas preocupaciones fueron más fuertes y olvidó el novedoso detalle de su cuerpo.
En el metro, algunos se rieron a sus espaldas, mirando y señalando el ondulante e intranquilo miembro de Emilio. Aunque después de la primera impresión lo olvidaban y retomaban sus charlas sosas, o se sumergían en sus smartphones. El efecto que causaba era más bien como si tuviese un enorme grano en la frente, o si llevase un sombrero huachafo.
Después de cogerse la cola con la puerta del metro y aullar de dolor, Emilio Monk corrió raudamente al trabajo. El jefe lo esperaba en su oficina. Era la tercera vez que llegaba tarde. Quiso excusarse, pero el jefe no le dio tregua y empezó a gesticular de un modo horrible. Abría la bocaza y lanzaba improperios que parecían salir entre chispas amarillas. Podía ver sus molares ennegrecidos, y la fetidez de su aliento era como la peste cayendo sobre Emilio.
Los gritos eran tales, que Emilio observaba ensordecido todo el panorama. A través de los vidrios transparentes de su oficina vio a sus compañeros, que miraban la repugnante escena. Algunos pocos, con el rostro indiferente; los más, reprimían una risita burlona. Eran patéticos.
La única persona que parecía solidarizarse con él, era la secretaria del jefe. Ésta parecía decirle con la mirada: “No hagas caso, todos sabemos que el jefe es un grandísimo idiota.”

Caminando por la calle, ya no pensaba en sus preocupaciones financieras ni familiares, sino en la secretaría observándolo anhelante, como nadie nunca lo había hecho. Nunca se había fijado en ella, estaba tan metido en sus problemas que no le había prestado ninguna atención.
Era una mujer bonita. Pensaba en sus grandes ojos tiernos, y en sus graciosas orejas, y se le antojó que parecía una preciosa monita. Lamentablemente, ahora, que había sido despedido, era demasiado tarde para intentar cualquier acercamiento, pues no volvería a verla.
Emilio Monk se perdió en estos pensamientos, y desapareció entre la muchedumbre, con el rabo entre las piernas.




TATY




Después de mil odiseas logré resucitar su amor, pensando que ello era el motivo principal de mi vida. Taty se mostró como antes, tan natural como si fuéramos amantes de vidas pasadas, como si nunca hubiese existido ningún problema entre nosotros. Me sentí amado y absolutamente feliz, pues esta vez la había recuperado para siempre.
Verla disfrutar con las sutilezas de la cotidianidad me hacía enamorarme más de ella y sentirme como una especie de semidiós: mortal, pero invencible. Sólo quería y necesitaba la ternura de aquella niña-mujer, su amor y sus besos. Por ello había aceptado, al volver con ella, no rechazar a sus detestables amigos.
Taty era una de esas chicas que no tienen amigas, toda su pandilla era de varones. Luego me daría cuenta, aunque era demasiado obvio, de que todos ellos querían estar con Taty. Aun así, por su amor, acepté.
Nunca consideré a ninguno de ellos como un adversario serio. Creía que para ella sólo se trataba de la satisfacción de poder manipularlos a su antojo, y jugar a sentirse una diosa. Siendo así, yo los trataba como si fueran las mascotas de nuestro noviazgo, e íbamos todos cada vez que salíamos. Ellos me trataban de una manera “aceptable”, para no herir sus sentimientos, pues era una especie de reina para ellos, quizá porque intuían su intensa manera de hacer el amor, quizá por su picardía, o por sus apetecibles piernas, o todo ello junto.
Aquel día nefasto, salimos en la amplia camioneta de su papá. Después de comer un cebiche bastante agradable, beber chicha de jora norteña, y muchas cervezas, salimos del restaurante con la alegría boba que dan los tragos. Yo percibía todo derritiéndose a mí alrededor, como si estuviese metido en una inmensa pintura de Dalí. 
Nos montamos en la camioneta, en la que cabíamos cómodamente nueve personas, y llegamos a Magdalena del Mar, en donde conocí a la única amiga que le conocería: una chica alta y pálida, grotescamente gorda, con un atuendo negro estrafalario, y las uñas largas y negras también. 
Al abrirse la puerta de aquel caserón, antecediendo a la gorda salió un perro enano y oscuro como una sombra. Yo balbuceé algo así como que yo tenía un perro idéntico, pero este era una miniatura, mientras que el mío era unas cien veces más grande. Todos ellos se burlaron ya sin ningún reparo de mí.
Me sentí enojado por haber bebido tanto alcohol, cuando mi máxima era cuidar a mi chica y alejarla poco a poco de aquellos atorrantes, que la incitaban a beber para aprovecharse de ella.
No recuerdo cómo llegamos al bar de Miraflores, hacía un frío intenso a pesar de que estábamos en pleno febrero, y me sentí extrañado.
Al parecer, yo era el más ebrio, había bebido cantidades industriales de cerveza para, según mi estupidez, demostrarles a esos forajidos lo “macho” que podía llegar a ser. Pero me había equivocado; y Taty, al verme tan frágil, se volcó, ya sin ninguna censura ante mí, a uno de ellos.
Él la tenía sentada sobre sus piernas, mientras yo los miraba desde mi esquina, sintiéndome pésimo por todo lo que había tomado. Podía ver cómo todos la manoseaban y cómo disfrutaba ella, sintiéndose deseada por esos imbéciles, les sonreía como me había sonreído a mí hace unos instantes, tratando inútilmente de decirme que me amaba. 
Decidí largarme de allí porque por dentro, mi corazón, la parte que la contenía, al ver su conducta se podría y se gangrenaba. Pero ella me dijo: “Amor, no te vayas”. 
Lo que me hizo descubrirla fue que llegando al bar ella se adelantó y se sentó frente al que era supuestamente su mejor amigo, cruzó las piernas provocativamente, y él dijo: “¡Guau!, quisiera tener acceso a semejante paraíso carnal", refiriéndose a su minifalda y a sus medias, que el abrigo cubría muy poco.
Ella lo miró fijamente y sin ningún tapujo le respondió: “pero si sí accedes…”, y ambos se echaron a reír. Entendí que cuando me iba, ellos se revolcaban como perros, a pesar de que ella me respetaba mucho, pero no lo suficiente como yo habría esperado. 
Esa tarde oscura, me había dicho: “Amor, no te vayas”, pero yo tenía la certidumbre de que lo que ella quería realmente, era estar con ese tipo; me tenía que ir y clausurar definitivamente mi relación con aquella mujer salvaje. Sin decirle: “¡puta!”, arranque sus brazos de mis hombros y me marché.
Me siguió uno de ellos, el que me respetaba más, o al menos no la tomaba en serio, parecía conocerla realmente. Me miró fuera del bar como diciendo: “ya te diste cuenta con quién te has metido”, y yo sin querer admitirlo, lo había admitido al mirar a otro lado. Me dijo: "vamos a seguir chupando, conozco el lugar perfecto". Cerca de allí estaban reestructurando un edificio viejo, había un andamio gigantesco. Eran como nueve pisos que había que trepar por el artefacto. Claro que quería beber, pero me figuré que el desgraciado me arrojaría desde arriba, por lo que le dije que había bebido demasiado, y que me retiraba a casa, ya sin importarme esa mujer, pese a amarla como a nada ni a nadie.
Me despedí y crucé al parque Kennedy, no sin antes echar una fugaz mirada al bar. Vi que ellos se hacían señales para seguirme. Crucé con prisa la calzada, tambaleándome. Volteaba constantemente a ver si me seguían, y casi corriendo me metí al parque, en donde había mucha gente aglomerada. Avanzaba haciéndome espacio como podía, tratando de mantener el equilibrio, empujando.
Casi saltando, llegué al centro del parque atestado de gente. Entonces sentí un picor en el brazo, lo levanté y vi varios tajos de los cuales escurría hartísima sangre. Vi a la grotesca gorda del estrafalario vestido negro, esgrimiendo una navaja plateada contra mí, incesantemente. Me fui desvaneciendo, cogí su mano… Y desperté.

-FIN-




La Evolución de los Monos



Caminando por el boulevard de las postrimerías, vi hermosas mujeres en las vitrinas. Se veían tan delicadas como si fueran de porcelana. Me llevé un par, una morena y una pelirroja.

Entramos a un bar y tomamos una bebida verde. El ambiente era fucsia. La mesera tenía la típica vocecita chillona y áspera que suelen tener las meseras. Su vulgaridad contrastaba nítidamente con la elegancia de mis putas finas.

Ellas sonreían y pedían más champaña, yo navegaba entre los hielos de mi whisky. Me sentí miserablemente amado entre aquellas magníficas cuatro tetas.

Ellas reían y brindaban por mí; esnifábamos cada cuatro o cinco rondas. Después nos pusimos a bailar un pegajoso rock and roll. En el escenario, una manada de monos agitaba sus largas cabelleras; se estremecían como lo hacen los micos del zoológico cuando la gente los mira; y aullaban sus agudas canciones.

Salomé y Jezabel brincaban a mí alrededor, embistiéndome con sus senos enhiestos. Yo gozaba como un cerdo, y bebía como un galgo.

Fuimos a mi casa y pusimos el lugar de cabeza. Entramos los tres en el jacuzzi, continuamos esnifando, pusimos un disco de Hendrix a toda marcha. Seguimos así hasta que estuve dentro de ellas, entonces pude sentir su agradable fragilidad femenina, mientras sus uñas descarnaban mi espalda.


Al amanecer, toda la sangre, el semen, la saliva, la coca, el alcohol, y las luces, nos daban vueltas en la cabeza, y reíamos estúpidamente, como monos satisfechos.






El Salón de la Muerte




El Salón de la Muerte


Antes no pensaba en el pasado. A mi corta edad, alimentarme por medio de una sonda era demasiado horrible como para pensar en otra cosa, pero finalmente me acostumbré, como a la silla de ruedas. Soy solamente una voz en mi cerebro, si pudiera hablar solo pediría la muerte, pues la parálisis general me tiene prisionero en mi cuerpo, sin poder gesticular siquiera, por lo que las monjas me tratan como a una planta.

El salón de niños, donde vivo, es grande, sin embargo parece una prisión hacinada de chicos, que tienen todas las formas posibles menos la humana. Desparramados por el piso dan una impresión monstruosa. Al medio día llegan los pordioseros a recoger la comida que dan las monjas.

Estos últimos días mi mente no ha hecho más que recordarme la figura borrosa de mi madre, y lo que sucedió. Cómo después de una operación quedé paralítico por un exceso de anestesia. Los besos y afectos que siempre me había dado, al cabo de los meses se fueron desvaneciendo. Conoció a un hombre del que se enamoró, pues mi padre la había abandonado, y así, poco a poco ella fue dejando de quererme hasta que un día me dejó en el hospital. Las caricias y el amor absoluto que antes me había demostrado, y  cómo había luchado al principio para que me cure, parecían hechos por otra persona.

Después de la operación, ella sólo quería que muriese, pues tenía que ocuparse de mis múltiples necesidades. No podía salir con sus amigos, ni a ningún lado, y renegaba constantemente, llegando a gritarme y abofetearme por ser su hijo.

Todas las tardes vienen los pájaros a sus nidos en lo alto de la capilla, frente al salón de niños, mi única fascinación es observarlos levantar el vuelo, y pese a que todos esos pájaros son grises, me llenan de alegría. Quisiera morir y ser uno de ellos, e irme volando muy lejos de este lugar.

Recuerdo que un día vino la televisión, mostraron el salón de niños, las monjas explicaron que algunos niños comían con sonda por la tráquea, o en mi caso, con el tubo directo al estómago. Me enfocaron un momento, la máscara de oxígeno ocultaba mi identidad, mientras la monja explicaba que viviríamos poco tiempo. Cuando apagaron las cámaras, los periodistas cambiaron la mirada misericordiosa por una mirada de asco, quizá por el olor. Entonces abandonaron el salón de niños para siempre.

Poco a poco los niños van desapareciendo, y aparecen nuevos rostros, siempre con los ojos llenos de angustia. Parecen pedir auxilio mientras sus deformes e inservibles cuerpos los mantienen prisioneros.

Al fin empezaron a descomponerse las funciones vitales de mi cuerpo. Me sentía feliz por llegar a las puertas de la muerte, y aunque la muerte sería lenta y dolorosa, disfrutaría cada instante como jamás disfruté algo.


Mirando el salón difuminarse, siento una calma tibia en todo mi cuerpo por primera vez, como si pudiera ponerme de pie y caminar, pero es tan suave la sensación de ir desapareciendo, de fundirse con la nada, que prefiero dejarme llevar por aquel sueño con el que siempre he soñado y ahora es realidad. Al fin seré como el polvo de una estrella en el universo infinito.




Final No Feliz




Tu jeringa escuálida (el control remoto),
Yace reseca como una lagartija sin lágrimas
En un rincón donde no llega la escoba.
Me falta un cigarro
Mientras que a lo lejos,
En el cielo nocturno, todos fuman.

¿Existirás? ¿O sólo confundí otro sueño con la noche?

Preparé palomitas para ver la película solo,
Observo la taza dorada que compraste con tu no estar nunca más.
Me gustó la función,
No puedo quejarme por el final infeliz,
Después de todo yo lo escribí.

Me gusta el amarillo del tiempo,
Navegar hacia el fondo del ataúd.
Quería conocer el infierno,
Me llevaste al paraíso con tus besos,
Con tu nariz zancuda y tus piernas flacas y largas.

Me pescaste en el fondo del Cocito,
Era un monstruo prehistórico desubicado,
Mordí el anzuelo del sonido de tu voz.




HIT



HIT



Hit se despidió de Patricia, mientras se ponía el casco le iba diciendo: 
-No demoro Patricia, no seas celosa por favor. Sabes que eres el amor de mi vida, no te cambiaría por nada del mundo.
Y le dio un beso en la pequeña frente de plástico. Patricia era una muñeca Barbie que había encontrado en la basura; la tenía desnuda sobre la maraña de libros apilados. El día que la encontró, la limpió pacientemente y luego sombreó fuertemente sus ojos, dándole apariencia de puta. Patricia lo miraba con sus ojitos celestes desteñidos. Ella pensaba para qué diablos llevaba siempre el casco, si no tenía moto.
Aspiró el polvo blanco y sintió un electroshock en el cerebro. Se quedó inmóvil por unos segundos, catatónico. Luego se limpió con la manga de la camisa, y salió a la calle.
En el camino las luces tintineantes del casino lo sedujeron inmediatamente. Tenía cien soles que había ganado trabajando un par de semanas. Mientras jugaba le iba diciendo a la máquina:
-¡Vamos pequeña putita, vamos!
La anfitriona del casino, que estaba pasando por su lado, volteó y le esbozó una sonrisa.
-Le ofrezco algo señor? –dijo, sin dejar de coquetearle.
-Sí, agua con hielo.
Y mientras se inclinaba para servirle, se asomaron un par de enormes tetas, que parecían querer escaparse del insinuante escote.
Hit sintió que algo se movía en sus pantalones.
-Cualquier cosa que desee, cualquier cosa… estoy para servirle. –Le dijo la preciosa mujer y se retiró.
Mientras jugaba al video póquer pensó que llegando a casa le haría el amor a Patricia violentamente. Perdió los cien soles con una sonrisa en los labios y fue al baño.
Esnifó un par de líneas y luego se acercó al urinario. Se fijó que nadie lo mirara, aunque el inmenso baño estaba desierto, y se dispuso a miccionar.
El recipiente blanco se llenó de pequeños bichos que Hit orinó. Alocados corrían en todas direcciones. Se sacudió el miembro viril y automáticamente el inodoro liberó el agua, los pequeños bichos negros desaparecieron en el drenaje. 
Hit se quedó parado un momento, paralizado, esta vez por un par de minutos. Luego se subió el cierre y salió del casino. Se puso el casco. Mientras caminaba metió la mano al bolsillo, observó el único sol que le quedaba.





Donayre y Yo





No recordaba cómo, ni dónde, la había conocido. Cuando reaccioné, después del sopor de las drogas, ella ya estaba allí, instalada en mi casa, sentada sobre mis piernas.

Por aquel entonces, además de mi adicción al alcohol, era adicto a los fármacos: tranquilizantes, somníferos, antidepresivos… Todo valía. Andaba como un zombi por las calles inmundas de Lima. Nunca recordaba nada al día siguiente; era la ruina personificada.

Mi vida era una “fiesta” constante, nada me importaba, no tenía nada que perder. El mundo me parecía poca cosa y la gente que me rodeaba, peor. Por este motivo, desde hacía mucho, andaba solo. Solamente pensaba en destruirme, en reírme de todo; pensaba que una vez muerto no jodería ni me joderían, y eso me parecía justo.

Cierta noche, después de tomar cuarenta Xanax, un litro de ron y fumar yerba, me quedé dormido en algún lugar. Horas más tarde aparecí en un bar de mala muerte, con una cerveza en la mesa. Me sentía super relajado, como en el cielo, cuando alguien me dirigió la palabra:

–Amigo, ¿por qué tomas solo? ¿Decepción amorosa?

Me molestó que me interrumpan, pensé: “en este infortunado país no respetan la privacidad de las personas”. Iba a responder una grosería pero tenía la lengua entumecida y sólo emití un gruñido estúpido.

– ¿Te puedo acompañar? –chilló la vocecita nasal.

Abrí los ojos y distinguí a una mujercita de aspecto robusto y borroso. No recuerdo qué pasó después, sólo que la veía, no doble, sino repetida dieciséis veces, riéndose a carcajadas conmigo, no sé de qué. Recuerdo la mesa llena de cervezas, el cenicero repleto de puchos, y que trataba de enfocarla pero aún así veía todo borroso.

No podía creer que estaba allí totalmente ebrio, compartiendo mi mesa con una enana; y para colmo, divirtiéndome. Minutos más tarde estaba en un hotel barato con la enana, sintiéndome el tipo más cojonudo y absurdo del mundo. Hicimos de todo, no puedo negar que la pasé bien y que olvidé por un buen rato a mi ex novia, a la que idealizaba, y que en realidad era un pretexto para sabotear mi vida. Cuando desperté me di cuenta de lo que había ocurrido, y al fin pude distinguir a la mujercita de circo nítidamente.

Estaba desnuda aquella mujer vieja y enana, ocultando con una almohada asquerosa su inmensa panza, mirándome, esperando mi reacción. Pensé: “tal vez podría estar con una enana, pero jamás con alguien con semejante barriga”. Miré su cara arrugada, tenía los ojos vivarachos, y su nariz quebrada le daba aspecto de bruja. Jamás había visto a una mujer tan fea. El bozo en la barbilla y el olor a sobaco que salía de los pliegues de su barriga me hicieron sentir nauseabundo.
Cogí mis ropas y me vestí, al llegar a casa me duché con desinfectante, me lavé la boca con alcohol, pero nada me quitaba el sabor a grasa y a pescado podrido. Juré por todos los dioses y por todos los cielos que jamás volvería a intoxicarme hasta el punto de terminar revolcándome con un ser tan repulsivo.

Decidí salir, después de dormir todo el día, para olvidarme pronto de la noche anterior. Volví a beber, una copa aquí, una pepa allá, y luego ya no recordaba nada. Cuando desperté, tenía de nuevo a la enana desnuda a mi lado, oliendo a caca, sudorosa, con la cara embadurnada en rímel, acariciándome, velando mis sueños. Pese a todo, esta vez no me causó tanto asco; después de todo, era un ser humano…

-Si supieras por todo lo que he pasado…

-Yo podría decir lo mismo. –le dije.

-No es un concurso.

Me dijo ella, esbozando una sonrisa y lanzando una mirada cómplice en la que vi que, a pesar de su horrible apariencia, era una criatura de Dios, y que era mucho más noble que las chicas lindas y vacuas con las que siempre me había relacionado.

Nos quedamos mudos un rato. En mi mente no dejaba de preguntarme si había cruzado finalmente la línea de la cordura, o si todo no era más que un sueño. Vi mi vida en retrospectiva y me dije: “Al diablo con las convenciones y prejuicios”. La miré haciendo un gesto sarcástico con la boca, a lo que ella respondió con una sonrisa y con expresión incrédula.

Los días siguientes nos seguimos viendo, no sé por qué, tal vez me sentía tan desubicado en el mundo como ella, no encajaba, teníamos algo en común.

De ese modo, fui descubriendo a la verdadera mujer tras el metro de estatura. Descubrí que se llamaba Donayre; que era huérfana o abandonada, ella no lo sabía bien; que tenía una fundación para niños discapacitados; que uno de sus vicios era comer; que había intentado suicidarse cinco veces a lo largo de sus treinta y cinco años; y que veía en mí al amigo “normalito” que nunca había tenido. Que yo le parecía un tipo “con un gran corazón”; y que no entendía por qué yo andaba tan mal “buscando la muerte en cada esquina”.

Pasamos un par de meses andando juntos, hasta que un día casi muero por una sobredosis de calmantes. Estuve internado en una clínica, y en ese lapso fui recuperando la cordura con todo lo que esto implica: miles de prejuicios, egoísmo e hipocresía. Volví a interesarme en las clásicas “mujeres bonitas” y en otras superficialidades. Al cabo de un tiempo, al fin estaba “recuperado”.
Cuando la vi de nuevo la rechacé de la peor manera:

– ¡Vete a cagar, enana de mierda! –le grité, empujándola.

Desconcertada me respondió desde el piso:

– ¡Púdrete en el infierno, huevonazo!

Y así, Donayre desapareció de mi vida para siempre.




Introspección



Yo
Aficionado al hueco de la noche
Adicto a la danza silenciosa
De la luz ambarina de una vela
Me asomé al baúl del olvido
Encontré en mi cráneo
Versos agusanados y resecos

Incrustado en la herida de la eternidad
Angustiado de alegría
Desparramado en la cocina
Como una masa
De horas de suspiros
Acalambrado de sombras
De menguantes lunas
De lluvias árboles y espejismos
De calles desiertas
De hermosas mujeres-insecto

Yo
Amante de los libros que el otoño deshoja
Aficionado a perder
A arrancarle los ojos al recuerdo
Me interné en el ataúd del invierno.



Apogeo, Decadencia y Muerte de un Escritor




I.- Una Diosa Romana.-



Las cosas iban mal para Eduardo Rosenthal. Esa mañana fría, Luis lo ayudó a retirar sus pertenencias de la residencia educativa. Había perdido su beca y, al parecer, todo su interés en la abogacía. Se pasaba el día escribiendo ficciones.

Al verlo en este aprieto, Luis le ofreció un empleo de ayudante en la escuela de arte, donde se le asignaría una habitación. Pensó que al menos temporalmente le podría servir. Eduardo aceptó de inmediato.

Llegó a una casona antigua de tres pisos. El último, era la academia de actuación. Al final del pasillo había una escalera que conducía a una estrecha terraza de madera, desde donde la vista era magnifica. Abajo, destacaban las casitas pintorescas, y más allá, el mar retozaba con satisfacción.

A los tres días llegaron los estudiantes, ocuparon sus habitaciones y empezaron las clases. Eduardo odiaba aquel nuevo alboroto. Mientras arrastraba una pesada maceta, Luis se le acercó y le dijo:

-El guion necesita algunos retoques, un enfoque distinto, ¿crees que puedas hacerlo? Se te aumentará la paga.

E. se fue a su habitación desanimado; no le gustaba escribir por encargo. “Realmente necesito el dinero”, pensó; y se puso a leer el texto, haciendo anotaciones al margen con un lápiz. Después de cinco horas de trabajo, tenía el texto corregido y modificado en algunas partes. Lo entregó, y mientras ellos empezaron a grabar, E. se tumbó en su cama y se quedó dormido.

Por la noche, Luis vino a buscarlo a su habitación.

-Queremos que nos sigas apoyando, tu estilo tiene el toque ácido que necesitamos.

Le habló del nuevo salario y le entregó un enorme folio, que era el resto del libreto, para los próximos diez días de grabaciones. E. trabajó toda la noche, entregó el  capítulo del segundo día, por la mañana, y luego se fue a dormir.

El cuarto día había avanzado lo suficiente como para estar libre. Se asomó a la puerta y Luis lo encontró.

-Qué bueno que estés despierto, me gustaría saber tu opinión en esta escena.

Y sin esperar respuesta, lo arrastró al salón de grabación. Era una sala grande, con un balcón. Abajo, en la calle, vio a una chica que salía entre las flores, del vagón de un camión.

-¿Qué opinas? -le preguntó Luis.

-Es perfecta -le dijo E. sin dejar de mirarla.

-lo sabía, mi duda era si el cabello de Mariel debía estar atado o suelto. Tienes razón, suelto le da expresión de libertad.

Al rato, cuando Luis gritó “¡corte!”, la chica, llamada Mariel, levantó la mirada y miró a Eduardo un par de segundos. E. vio de lleno sus preciosos ojos verdes, tan llenos de vida como la hierba cuando nace, y se sintió herido ante la luz majestuosa de aquella mirada. Se sintió como una criatura del infierno vislumbrada por un ángel.

“Mariel” pensó, y se quedó absorto en sus pensamientos.

Una voz delicada le habló desde atrás. “Tú eres el nuevo guionista; me encantó el detalle de salir entre los pétalos, es tan romántico y simbólico para mí; y además, huele rico”, le dijo sonriente Mariel.

E. pudo verla de frente. Era demasiado linda, bastante delgada, bonita, de rasgos finos. Su boca era como una rosa, su piel tersa, mientras que su nariz era pequeña y respingada. Su cabello claro y suelto enmarcaba graciosamente su rostro angulado, que parecía tallado por el más virtuoso escultor; además, sus ojos expresivos le daban a todo el conjunto una sensación de infinito, de divinidad latente. “Es una diosa romana” pensó E.

Ella quebró imperceptiblemente la cabeza, buscando en los ojos de él una respuesta. E. reaccionó y respondió “Gracias”. Ella le sonrió, dándose cuenta de que le había gustado. “Es interesante” pensó ella. “tengo que ir a seguir grabando, nos vemos luego” le dijo Mariel. “Claro” respondió E.

Una vez en su habitación, no pudo dejar de pensar en aquella maravillosa chica. Era como si la hubiese conocido desde todas las dimensiones posibles, a través de sus ojos. Y eso había bastado para que se enamorase perdidamente, y ese amor, esa semilla mágica, había hecho crecer en él un par de alas resplandecientes, y le había dado una luz que lo había transformado en una criatura bella del Señor.

Apenas pudo concentrarse en el guion, y sin darse cuenta lo rescribió casi por completo, enfocándose en el personaje de Mariel. Trabajó sin detenerse para dormir, y pronto, el guion en su totalidad estuvo terminado. Se lo entregó al director y se fue a descansar.
Luis pasó a buscarlo por la noche.

-veo que has reescrito casi todas las escenas -le llamó la atención.

-No te gustó -le dijo E. dándose cuenta de lo que había hecho.

-No, sí me ha gustado bastante, pero tendré que pedirte que vengas a las grabaciones para que me des una mano con los encuadres.

-allí estaré -le dijo E.

Así, llegó el décimo día, irían al campo en un bus, para grabar las últimas escenas allá. Todo ese tiempo E. se había limitado a mirar a Mariel tímidamente, como si aquella flor hermosa pudiera marchitarse al contacto de su voz. No se atrevía a hablarle, y cuando ella estaba cerca, él huía despavorido. Era un tipo extraño. Su amor platónico lo llenaba, y tenía miedo de perder esa sensación que ella le causaba. No necesitaba más, con contemplarla lo tenía todo, más de lo que él hubiera querido, más de lo que jamás hubiera imaginado.

Cuando ella le hablaba, pidiéndole consejo sobre alguna cosa, para él era demasiado. El sonido de su voz era como un arroyo sobre el que danzaban los más nobles pajaritos con sus alegres trinos, cuando la luz del alba con su azul fantasmagórico lo inunda todo.

Se limitaba a responderle brevemente y se iba aterrado, con miedo a despertar de aquel fantástico sueño que era Mariel.

Cuando ella le hablaba, pidiéndole consejo sobre alguna cosa, para él era demasiado. El sonido de su voz era como un arroyo sobre el que danzaban los más nobles pajaritos con sus alegres trinos, cuando la luz del alba con su azul fantasmagórico lo inunda todo.
Se limitaba a responderle brevemente y se iba aterrado, con miedo a despertar de aquel fantástico sueño que era Mariel.


En el bus, le tocó sentarse detrás de ella, que volteaba de cuando en cuando a sonreírle. El respiraba pausado, sentía que ella era el ser más delicado que existía en el universo; el olor de sus cabellos lo envolvieron en un éxtasis onírico.

De pronto, ella volteó y lo quedó mirando, como la primera vez, con una expresión cálida y suave. E. en un rapto de locura, le dio un beso. Ella trato de zafarse, sorprendida. E. la soltó, arrepentido, pensando que despertaría de aquel sueño, y que jamás volvería a verla.

Ella se tocó los labios, mirándolo muy quieta por un instante. Finalmente le dijo:

-¿Qué esperas? No me dejes así… ¡bésame!

E. la besó como nunca antes alguien había besado a nadie, con infinita pasión y ternura. Sus lenguas se juntaron, Eduardo se sentía en el cielo, en una dimensión desconocida e inimaginable hasta entonces. Se dio cuenta de que en ese momento, la textura tibia de sus lenguas, y la fragancia embriagante de Mariel, todo ello era Dios, la eternidad.




II.- La Cabaña Maldita.-


Días después ganamos el premio por mejor cortometraje artístico. Todos estaban contentos y entusiasmados con su trabajo, y cada actor ahora estaba enfrascado en perfeccionarse. Mientras tanto, yo, Eduardo, andaba de arriba abajo sin mover una paja, pues Luis había viajado a Inglaterra y me había encargado la academia. Mariel tendría el papel protagónico en la próxima película, por ello andaba nerviosa y trabajaba incesantemente en su nuevo personaje. Sólo estábamos juntos un par de horas por las noches, en sus ratos libres. Sin embargo, yo disfrutaba verla ensayar; sus movimientos eran elegantes y sublimes, era la bailarina más exquisita: era una chica muy talentosa, y la más preciosa.

Aquella tarde el sol brillaba intensamente. Por la tarde tuve la sensación de que tenía que hacer algo pero no supe qué. Iba y venía sudando frío, turbado. Vi a Mariel al fondo del pasillo, subiendo las escaleras hacia la terraza. La seguí. Arriba, a pesar de haber estado allí muchas veces, sentí un mareo: la terraza era muy estrecha y desde allí la calle se veía pequeñita. Tras cada paso, el piso de madera retumbaba y temblaba, como si aquella estructura vieja fuera a caer en cualquier momento.

Una mano me cogió la espalda y unos labios deliciosos me besaron la nuca. “¿Qué haces?”, me susurró Mariel. La miré, estaba resplandeciente, parecía una extensión del cielo. Sus ojos verdes me miraron con suspicacia. La tomé de la cintura y la besé. La miré como quien se despide de alguien para siempre.

-¿En qué piensas, Edu? -Estábamos apoyados en la baranda.

-Tengo vértigo… Mira para atrás.

Mariel se fijó, y su expresión serena cambió. Sus ojos verdes se incendiaron, y me apretó contra ella.

-Vámonos de aquí -me rogó.

Es increíble como uno vive feliz, sintiéndose seguro, hasta que se fija bien en cómo son las cosas realmente. Ser un poco más inteligente o perspicaz, en vez de ser una virtud se torna una maldición. Seríamos más felices ignorando ciertos asuntos, danzando jubilosos con el peligro inminente, sin saber bien que es la misma muerte la que nos toma de las manos y nos agita rítmicamente, sin pensar en lo ineludible al terminar el festín. Lamenté haberle abiertos los ojos a mi Mariel, que ahora no podía dar un paso sin clavarme las uñas en los brazos, cuando antes, brincaba alegre y rauda por el piso crujiente.

Una vez abajo, caminamos rumbo a la playa, vimos el sunset abrazados, como si fuera la primera y la última vez, el fin del mundo.


La estreché contra mi pecho, y tras ella vi un misterioso bosque que me sedujo inmediatamente. La cogí de la mano y caminamos hacia él, mientras la oscuridad se nos metía por los huesos.

Cuando distinguí la cabaña, todo estaba negro. De esta salía una luz amarillenta tan débil, que sus contornos parecían flotar en la bruma. Mariel tuvo miedo, y no quiso avanzar pero insistí torpemente, y nos acercamos a aquel lugar pesadillezco. Vi a unas mujeres horribles rodeadas de cadáveres descompuestos por todos lados. De pronto fui consciente del olor a muerte y de los millones de gusanos y huesos en el piso. Di un paso en falso y crujió la hojarasca bajo mis pies. Sentí un frío espeluznante, quise retroceder pero no pude.

Volteé a ver a Mariel, y la vi con una expresión de terror absoluto. La oscuridad se interpuso entre nosotros, su figura se alejaba y cada vez se hacía más pequeña y distante. Sus manos extendidas hacia mí se fueron desdibujando, y sentí que aquella mezcla de frío y densa niebla que nos separaba, era el tiempo.

Cuando ya no la pude ver más, miré al frente, y una de aquellas mujeres grotescas, envuelta en harapos negros, me sonrió con lujuria y luego se metió a la cabaña. Corrí en todas las direcciones, traté de regresar a la playa, a la casona, busqué a Mariel por todos lados. Fue en vano. No había más que árboles inmensos envueltos en maleza y arbustos, que daban la sensación de ser moscas atrapadas en telarañas. Todo a mí alrededor era de un verde negruzco.

Caminé mucho, perdí de vista la cabaña y encontré la playa, que no era la misma, era como si estuviera del otro lado, en un ambiente lúgubre y desértico. Me sorprendí mucho cuando vi a unas personas, a unos quinientos metros. Me acerqué gritando y corriendo, pidiendo ayuda. Cuando pude distinguir sus rostros -pálidos y plateados-, vi que había salido la luna, inmensa y redonda, realmente hermosa; pensé en Mariel, y una lagrima corrió por mi cara.

Uno de ellos levantó la vista. Era un amigo que había muerto hace cinco años, estaba con otros cuatro desconocidos, contemporáneos a Carlo y a mí. Me miró contento, con toda la naturalidad del mundo, y yo también estaba feliz por haberlo encontrado. Sin embargo, no era el mismo, había un halo siniestro en su expresión, y era más bien callado y quieto, cuando yo lo recordaba como parlanchín y alborotado. Había sabiduría en su mirada; sentí escalofríos.

Vi a sus compañeros, todos estaban cubiertos con un manto negro. Al ver sus rostros vi el vacío personificado; pero lo que más me sorprendió, fue ver a uno de ellos, que parecía el más novel, con la cara llena de hierba, como una especie de pelo verde que le crecía por todos lados. Se le notaba nervioso, y una venda atravesaba su cara, llena de heridas por los recientes brotes de aquella hierba musgosa que invadía su piel. Levantó su mano para rascarse la cara y también estaba llena de aquel musgo. El resto de su cuerpo estaba oculto por la manta negra. No supe cómo reaccionar, y quedé inerte. Miré mi piel pálida y congelada, y empecé a sospechar lo peor.

Carlo me miró como diciendo “tranquilo, todo está bien”. Luego vi que arrancaban unas hierbas del rostro del muchacho verde, y se disponían a fumarla, envolviéndola en una rizla. “Esto te va a poner locazo”, me dijo Carlo con voz de ultratumba. Fuimos a la orilla del mar, que se ondeaba lento y espeso, y me di cuenta de que era sangre coagulada, que reflejaba la luna, deformándola y envolviéndola. Carlo me miró con fascinación, disfrutando el espectáculo de mi cara, llena de terror y pesadumbre. Cuando vi sus ojos iluminados por la luna, me di cuenta de que no era Carlo, sino algún ser maligno que había tomado su forma para engañarme y hacerme fumar esa extraña hierba.

Cuando me pasaron el pitillo, lo rechacé. Y todos ellos se miraron contrariados.

Los vi alejarse lentamente, mientras que yo me quedé allí, varado en la soledad, en la oscuridad de mi alma, contemplando la luna, que era como si Mariel, mi Mariel, me mirara, distante y triste.






FIN

Memorias de Van Lucy Ferd





I.- Un pueblito olvidado



Creo que había un gato, y que nos amábamos. No recuerdo cómo subimos las empinadas escaleras de la casa en la colina, después de embriagarnos tanto aquella magnífica noche, cuando apenas las podíamos subir sobrios; algún ángel nos tuvo que haber ayudado, quizá porque era bonito nuestro amor en ese entonces.

Yo lleno de ronchas, totalmente intoxicado por el alcohol, y con ganas de seguir tomando; conseguimos un pisco y lo tomamos en la plaza de aquel pueblito, mientras me rascaba el cuerpo y el castillo de fuegos artificiales explosionaba en el cielo lleno de estrellas.

Recuerdo que estabas espléndida y me sentía magnánimo por tenerte. No pensaba en la muerte, sólo en prolongar esos momentos. Esa noche fue bonita, aunque primero pasamos por la farmacia para comprar algo que me desintoxique, odiaba las ronchas porque aún estaba sobrio, y ellas eran producto de los días previos de infinitas borracheras.

Era una noche festiva y me sentía enfermo, pero el calentito con miel, y luego el pisco, y las cervezas, me hicieron olvidar la comezón, y aunque tú no quisiste que bebiese más, no me iba a arriesgar a no darlo todo por una última y definitiva noche de placer y de copas.

La ronda de los pueblerinos llegó hasta nuestra banca y nos invitó a bailar; yo, que siempre tuve dos pies izquierdos me movía diestramente, aunque en realidad sólo era un tambaleo estúpido y gracioso que ellos interpretaron como felicidad, y en eso no se equivocaron. Magnifica gente, gratos recuerdos.

A cuatro mil metros de altura, embalsamados en tres chompas y dos metros de chalina; tú con tu chullo y tu sonrisa de gato chino de la suerte, yo con la melena larga y el tufillo a farmacia, fuimos felices, y subimos las escaleras tal vez cuando los gallos comenzaban a recitar su poesía. Al día siguiente, no recordábamos cómo habíamos llegado hasta arriba, y nos reímos mucho.

Había un gato en la casa, ¿o era un perro? O tal vez los dos. En nuestra habitación, con el colchón en el piso, alguno de ellos se metió a dormir con nosotros. Luego, tu prima nos contó la historia de Minie, el gato con nombre de gata, porque después de mucho tiempo había descubierto que era macho, pero ya era demasiado tarde para cambiarle el nombre, y se quedó para siempre como Minie.

Desayunábamos unos tamales sabrosos que preparaba tu prima, acompañados de avena y pan serrano. Al principio me supieron raro los tamales, nunca los había probado de ese tipo, luego me volví adicto a ellos.

Por las noches, hacíamos el amor, tratando de no hacer ruido, pues sobre nuestro techo de madera dormía tu prima, y todo se escuchaba, pero igual, nos amábamos, nos llenábamos de besos, y teníamos un tocadiscos antiguo a nuestra disposición, y muchos discos viejos también. Me daba pena encenderlo, porque era una reliquia maravillosa que ya había cumplido una vida entera de trabajo y ya necesitaba jubilarse en algún museo, o algo por el estilo.

El día que llegamos allí nos perdimos en la oscuridad y en el laberinto de escaleras y ladridos. Nuestro equipaje pesaba una barbaridad, y yo me hacía el fuerte, cuando en realidad no podía ni respirar por la altura, me sentía débil y mareado, arrepentido totalmente de haber fumado tanto durante toda mi vida.

Creo que nos quisieron robar, o que nos seguían, no lo recuerdo bien, cuando encontramos a una persona que conocía a tu prima y entonces resoplé de emoción, porque ya estaba medio muerto, pero no me sirvió de mucho porque tuve que seguir cargando el equipaje cuesta arriba, hasta que por fin llegamos.

Fue uno de los mejores momentos de nuestra etapa juntos, como cuando nos fuimos a la Amazonía, que estaba sólo a unos pasos de aquel pueblito perdido entre montañas y pétalos de exóticas flores. Pero esa es otra historia, que tal vez desarrolle luego.

Como siempre, el alcohol nos cobró toda la dicha dionisiaca que nos había brindado. Peleamos, por alguna razón estúpida, y yo te pedí que nos fuéramos, aunque en el fondo quería quedarme porque aún teníamos unos cuantos días más para quedarnos allí, pero mi orgullo fue más fuerte, arruiné todo el viaje, y te arrastré a Lima a la mitad de nuestra aventura.

Sé que siempre fui demasiado impulsivo, y la verdad es que no sé si me arrepiento, creo que ese fue el ingrediente secreto para que nuestro romance fuera tan apasionado y tormentoso. O quizá sólo estoy diciendo tonterías, pues al fin y al cabo por esa misma razón fue que nos perdimos el uno al otro.

De lo que estoy completamente seguro es que te amé tanto como a la bebida, y creo que ella misma fue la que nos unió, nuestro amor por ella, y bueno, del caos nacieron las estrellas. Aunque terminamos estrellados, pero valió la pena. Al menos para mí.

No recuerdo si te gustó mi poesía, o mis poses de poeta, imagino que algo de eso hubo porque sé que te enamoraste de mí como nunca antes lo habías estado, ni lo estarás jamás, a no ser que reviva la chispa entre nosotros, y es que donde hubo fuego, cenizas quedan, aunque si algo es seguro es que pronto las únicas cenizas que quedarán serán las de mi triste cadáver, mi triste y conspicuo cadáver epicúreo.

Tal vez debería seguir la cronología de nuestras relaciones, pero sabes que nunca he sido racional, y mucho menos ahora, que recuerdo con una viva sonrisa todos los momentos buenos y no tan buenos, porque creo que, a pesar de todos los problemas que tuvimos, el simple hecho de haberlos vivido juntos le otorga un tono maravilloso a los recuerdos.

Ahora no sé quién eres, todo terminó pesimamente entre nosotros, aunque algo sagrado y profundamente hermoso surgió, como flor en tierra volcánica, pero eso fue mucho después. Todavía tenías que irte lejos a estudiar y yo quedarme y sufrir las de Caín, tan acostumbrado a ti como estaba.

Tú eras más fría, yo siempre fui vulnerable y débil. Me dejaste varado en esta tierra ponzoñosa, de la cual se nutrieron mis raíces, y cuando apareciste por estos lares, a pesar del ciego abrazo de oso que me diste apenas te vi, ya estaba medio podrido por dentro, y así empezó el principio del fin de nuestra vida juntos.

Pero bueno, aprendí mucho de ti, aprendí a amar mi existencia, conocí el agridulce sabor del amor, y naufragué en el cálido océano de tu locura.




II.- Cuando te conocí


La primera vez que te vi, estabas preciosa enfundada en tu minifalda floreada, yo estaba totalmente narcotizado con tu amiga, que trataba de balbucearte algo, y te fuiste enojada con ella por aparecer en ese estado.

Yo corrí detrás de ti, te toqué el hombro y te dije algo, creo que fue que me ayudes a controlarla, o no sé qué tontería te dije, pero te miré a los ojos y vi que algo iba a pasar entre nosotros. Yo siempre con mis dotes adivinatorias, y tú con tu energía de hechicera, tus piernas largas, y tu expresión de astronauta perdido en el espacio. Me causaste gracia y tentación. Nos fuimos a una discoteca llamada cerebro, algo de premonitorio tuvo todo eso, porque finalmente todo lo que nos ocurrió fue así, muy cerebral, hubo mucha locura entre nosotros.

Mientras Katy se desparramaba en la mesa, nosotros conversábamos como si ella no existiese, y nos caímos bien. Después de unas cuantas cervezas toque tu pierna por debajo de la mesa, tú me quedaste mirando, como decidiendo entre darme una patada, o dejarte seducir por mis caricias.

No sé qué pasó después, creo que quitaste mi mano de tu pierna, sonreíste y seguimos conversando amenamente. Hasta que decidimos dejar en su casa a Katy, que estaba totalmente drogada y borracha; o tal vez fingía, porque una vez que paró el taxi en su puerta, después de estar inconsciente en el asiento delantero, se paró como si nada, y se despidió de nosotros con una pícara sonrisa.
Nos fuimos por allí, a seguir conociéndonos; toda la anestesia que me había inyectado se me había quitado con los besos que nos dimos en el taxi, y pensé: ¡qué chica interesante!




III.- Divagaciones


Ron con limón, es todo lo que ahora necesito para ser feliz, para no recordar tus senos de copa, para no recordar tu cuello, deseo de cualquier vampiro. Todo el mundo te deseaba, eras tan hermosa.
Me mordía la lengua de los celos que sentía, tenía que protegerte, irradiarte con mis rayos de leche, chupar tu lengua de culebra, acariciar tus cabellos de estela, rozar tu vientre húmedo con mi deseo.

Ahora dónde estás, me pregunto una y otra vez. Pienso en buscarte, sabes, pero sé que ya no existes. El tiempo es un abismo entre nosotros, ya no existe la gente que antaño conocimos, todos están muertos. Menos nosotros, los candidatos únicos que nunca eligió el destino, ya nos tocará, pienso. Ya nos tocará, pero me gustaría tocarte primero.

Ahora que bebo y pienso en el pasado, recuerdo tus piernas apetecibles, largas, muy largas como el olvido. Hay un gusano, con el que me infectaste, aún vive en mi cerebro dibujando tu sonrisa.
Me pregunto si aún soy el mismo que tenías reclinado en tu pecho, dormido, totalmente alcoholizado, me llevabas a casa en un taxi, a tu casa —ahora intento reírme pensando en la hembra cavernícola que le da con un mazo en la cabeza al macho para llevárselo a su cueva; pero no, no me río, he perdido totalmente la capacidad para hacer reír, incluso a mí mismo—.

¿Recuerdas? Todos los días nos embriagábamos y éramos felices, muy felices, a veces me llevabas tú, a veces te llevaba yo, pero uno siempre salía con vida del callejón oscuro de cervezas, que nos apaleaban con sus burbujas incrustándose en nuestros cerebros. Cuando no teníamos dinero tomábamos cualquier cosa, y nos reíamos mucho; nada nos importaba, solo estar juntos.

He llegado al límite, con una calentura horrible en las manos, las mantengo pegadas a la fría pared, como una cucaracha, sólo me falta encaramarme al techo y ver mi cama desde arriba.

Pensé que podría escribir algunas historias, pero me siento tan apático e incómodo que ya ni eso. Ni las películas, ni las pinturas, ni los libros, me motivan. Todas las cosas que antes me anclaban a la vida, ahora están a la deriva, cogieron sus pertenencias y se fueron en un bote; les llegó al pincho el capitán del barco que se hunde, inevitablemente se hunde en medio de un mar calmo.

El sol empuja con su dedo amarillo de fumador y me hundo, y me aferro a la única bandera de pirata que tengo, que aún flamea soberbia, y pienso que si hay que morir alguna vez, hay que hacerlo con dignidad.

Entonces me planto como el marinero que siempre fui, con el uniforme blanco —mis mejores galas—, con mis condecoraciones en la solapa, el pecho bien erguido, la barriga bien metida —aunque esto ya es un poco más difícil por las innumerables cervezas que tomé en esta travesía—, y la mano a la altura de la frente, haciendo un saludo oficial a la parca.

Voy resoplando burbujitas conforme el barco se hunde y el agua me llega a la altura de la nariz. Tengo los ojos abiertos, y aquí estoy, pero algo sucede y el barco no se hunde más. Esto es el colmo —pienso—, ni siquiera puedo morir con dignidad.

La muerte. Siempre te dije que antes de conocerte estaba planeando mi funeral, tú lo tomaste en broma porque lo dije con aire de payaso triste; luego pensaste en hacer una performance, grabarme mientras me mato, con discurso final, en medio de una gran fiesta donde estarían todos los que me quieren, y me despediría, para siempre, entre aplausos.

Pero cuando me embriagué totalmente, te diste cuenta de que lo mío iba en serio; aunque me alejaba de mis planes siniestros el hecho que me iba enganchando cada vez más contigo, y ya no podía separarme, mucho menos irme tan lejos haciendo escándalo en una ambulancia, y luego en carroza fúnebre al cementerio, como un héroe, pensaba yo.

Cuando me embriagaba totalmente y me olvidaba de tu existencia, te dabas cuenta de que eso del suicidio —con performance y todo, porque ya me habías convencido con la idea—, iba muy en serio, entonces trataba inútilmente  de suicidarme, pero no lo hacía porque siempre pedía otra cerveza, y del bolsillo de payaso triste que tenía, las monedas, las cervezas, y todo tipo de objetos inútiles, nunca dejaban de brotar. Entonces nos reíamos y todo estaba bien de nuevo.

Tú en cambio, no pensabas en morir. La vida era una mierda, pero decías que vivirías hasta los noventa años, que te vacilarías bien, y que si yo me iba, me perdería de la fiestecita que iba a ser nuestra vida juntos. La única sombra de muerte que vi en ti, fui yo, y por eso me apegué a ti, por tu vitalidad, por tu modo de sacarme de mi estado depresivo con un golpe en la cabeza.

Estabas, pues, llena de vida, llena de energía; y los fantasmas que veías los golpeabas con un mazo en la cabeza conforme aparecían, uno acá, otro allá, y ¡paf! un mazazo en la mitra, pobrecitos. Me gustaba morar en tu habitación; yo también era un fantasma, pero más conchudo, me comía lo que había en la refri y me chupaba los vinos de tu viejo. Pero todo con tu consentimiento, porque era un fantasma que se tenía que nutrir para no dejar de existir, para dejar de ser tan etéreo.

Me criaste como a un monstruo entre tus piernas, me diste de lactar de tus pechos el néctar de la existencia; y poco a poco, así, fui adquiriendo suficiente habilidad para seguir adelante con mi vida, y olvidar mis ganas locas y existencialistas de desaparecer para siempre.

Aunque terminé desapareciendo de tu vida, y ahora que he recaído, ya no estás. Y ya no sé qué voy a hacer, porque ya no veo como algo romántico el suicidio, sino, totalmente insustancial; ya no quiero la performance de mierda; y del bolsillo de payaso que tenía, ya no brota ni pelusa.

Me pregunto qué otra vuelta de tuerca dará el destino ahora; si volverás a mi vida alguna vez; si mi vida seguirá —porque me da tedio el suicidio, tengo más apatía que ganas de no existir, existir me da igual, ya no existo; el fantasma se hace transparente de nuevo—.
Me pregunto si volveremos a vernos las caras y compartir una vez más unos tragos, la misma conversa sobre vivir noventa años y la misma terapia del golpe en la cabeza.






Un Triste Caso

Un Triste Caso


I


La primera vez que vi a Karina, me pareció que la conocía de otra vida.
Contemplar su rostro era como ver el cielo estrellado; sus ojos fulgían como soles, cada vez que me miraban furtivos. Su tristeza lánguida, su aire de ensoñación y su palidez de luna, llamaron fuertemente mi atención.
Me enamoré a primera vista, si es que algo así existe. Aquella vez conversamos sobre nuestros intereses comunes. Le gustaban los libros antiguos, y la magia. Me recitó de memoria unos poemas suyos que redundaban en simbolismos extraños.
Pude notar que sufría inconmensurablemente tras el velo de misterio que la envolvía. En ese momento no supe qué era, ni quise incomodarla preguntándole. Después de todo, era sólo una vana intuición. Pensé que era la soledad la que la tenía así, aunque ella no lo demostraba explícitamente, pues siempre se mostraba sonriente y tierna conmigo.
Karina no era de la capital, sino de algún pueblito amazónico perdido en el espacio y en el tiempo. Esos rasgos exóticos suyos me fascinaron. Quedamos para vernos otro día, y la embarqué en un taxi.



II


La siguiente vez me invitó a su casa. Llegué tarde, pues me había perdido entre las calles de los suburbios. Ella me recibió sonriente.
–Lo sabía, debí de explicarte mejor cómo llegar –me dijo, mirándome con ternura y enlazando sus frías manos con las mías.
Al entrar a su pequeño departamento, me sorprendió ver tantas velas negras prendidas sobre una especie de altar, donde destacaba una calavera; y en lo alto, una máscara totémica, con fauces de tigre; ojos constreñidos y densos, de serpiente; orejas puntiagudas; y hocico de toro. Tenía una mitra de forma piramidal, y la textura de su piel me hizo sentir escalofríos pues parecía humana. Sentí sus malévolos ojos sobre mí, y me sentí lividecer.
—Es el Chuncho, el demonio de la selva, pídele un deseo y te lo concederá, pero tendrás que sacrificar a alguien en su honor…
Me explicó, mirándome expectante. Me di cuenta de que estaba intentando asustarme, y cuando al fin exhalé el aire que tenía dentro desde que lo vi, se echó a reír, como siempre. Me pareció muy bonita a la luz de las velas.
—¿Y qué le has pedido tú? –la miré de reojo.
—A ti.
—¿Ah sí? ¿Y a quién vas a matar? —le pregunté irónicamente.
Me miró condescendiente, y giró la cabeza. Pude notar, por un segundo, que cambió súbitamente su expresión de alegría, por una totalmente compungida, aterrorizada, pero volvió tan rápido a la normalidad, que por un momento pensé que todo era producto de mi imaginación.
—Me gustan las sombras que generan las velas sobre el tótem. Nada más —afirmó, cortante.
Nos sentamos en la alfombra llena de almohadones, frente al altar siniestro. Bebimos un vino exquisito, y conversamos ampliamente.

Estaba algo mareado cuando intenté besarla. Al principio se resistió, pero luego ella misma apoyó sus brazos sobre mis hombros, volvió su torso frente al mío, y me besó.
Las negras lágrimas de las velas, me hicieron sentir en la antesala del Tártaro; y la suave calidez que desprendían las lumbres, me hizo sentir confortable. “Ella es un ángel del infierno”, pensé.
Nos abrazamos fuerte, la cogí de la cintura, y sentí su cuerpo rígido. Tenía puesto un corsé super ceñido, que le cubría casi todo el tórax. Intenté desabrocharle el vestido pero dio un salto como fiera, y me arrepentí de haber intentado aquello.
El resto de la noche, nos quedamos mirando quemarse las hebras de las velas, que de cuando en cuando rechinaban, como almas atormentadas que se calcinan una y otra vez. Ella empezó a recitar esotéricas letanías en un lenguaje extraño. Apoyé mi cabeza en su regazo, y vi a través de sus ojos negros un abismo de desolación.
El día comenzaba a levantarse, mientras las velas exhalaban sus últimos suspiros. Me encontraba totalmente aletargado cuando vi deslizarse una lágrima por su mejilla. Después me quedé dormido.
Recuerdo que tuve este sueño:
Habíamos viajado a la Amazonía, y avanzábamos por un sendero rodeado de todo género de árboles, aquel verde que todo lo inundaba era como un mar infinito, del que ya jamás saldríamos. Me sentía afortunado por estar con ella, la tenía cogida de la mano, y la miraba con el rabillo del ojo de cuando en cuando, suavemente. El sol moría en sus ojos, y estos me parecieron lo más bello que había visto en toda mi vida.
Llegamos a un santuario derruido. La maleza había devorado las paredes de adobe, todo tipo de insectos extraños pululaban por allí. Pero ningún bicho se atrevía a profanar el centro, en donde había una ara.
Karina me pidió que me eche en aquella piedra ceremonial; yo quise retenerla entre mis brazos, acostarla junto a mí, pero se desligó diciendo que llamaría a su hermana. Estaba tan cansado por el viaje que, pronto, dentro de aquel sueño, me quedé dormido.
Me pareció extraño que no anocheciera. Al despertar, quise levantarme pero no pude mover ni un músculo. Sentí claustrofobia, hasta que al fin pude levantar un poco la cabeza.
La vi venir, totalmente cambiada, tenía el cabello suelto, coronado con exóticas flores que nunca antes vi; estaba desnuda, sólo llevaba puesta una ligera falda de fibra vegetal, que dejaba ver sus bien formadas piernas. Me pareció hermosa. Detrás venía su hermana, con el mismo atavío.
Traían un cesto de frutas para mí, pero parecían hipnotizadas.
No intenté decir nada, pues tenía la lengua entumida. Entre ambas me alimentaron, y me miraron con ojos bondadosos. Me sentí como un rey, como un dios, aquellas mujeres hermosas me idolatraban, y fui feliz en ese momento.
No sabía cuántos días habían pasado, pues allí nunca oscurecía, pero advertí que era mucho tiempo, por los lapsos de sueño y vigilia.
Cierta vez, incorporé la cabeza y vi mi vientre hinchado. Estaba totalmente gordo, me habían estado cebado todo aquel tiempo. En ese instante oscureció. Sólo pude distinguir dos lucecitas siniestras. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, observé que era el Chuncho el que estaba sobre mí.
Me percaté de que ellas no me idolatraban a mí, sino a él, al tótem. Yo era el sacrificio para aquella deidad, sentí un terror sobrehumano, y vi a Karina aplastar con una enorme roca mi cráneo, una y otra vez, mientras de la boca del Chuncho escurría sangre verde babosa.

Desperté sudando frio, aún estaba en la casa de Karina, que preparaba el almuerzo para los dos. No le dije nada, pero no comí mucho, a pesar de que su comida era exquisita.



III


Fue pasando el tiempo, y nos enamoramos completamente. Ella era perfecta para mí, mi primera corazonada de que era el amor de mi vida, había resultado cierta.
Sin embargo, a pesar de tener la madurez suficiente para tener relaciones sexuales, y a pesar de que ya llevábamos dos años juntos, nunca me dejaba tocarla, solo la podía besar, y eso era todo.
Cada cierto tiempo, Karina viajaba a su pueblo, y yo me quedaba en la ciudad, por motivos laborales, o en realidad, porque ella nunca me invitaba. Hasta que un día le anuncié que quería ir con ella, a conocer a su familia. Al principio puso cara de contrariedad, pero, al instante, disimuló perfectamente.
Planeamos el viaje para aquel fin de semana, estaríamos sólo tres días allá, lo cual me pareció extraño pues ella generalmente se iba por quince días.
No dije nada, era tan suave y tierna que no quería molestarla con mis impertinencias.
Llegó el día señalado, y emprendimos la marcha. La pesadez de ésta, me hizo arrepentirme a medio camino, pero ya no había vuelta atrás. Además, a pesar del dolor de espalda, por los baches del camino de trocha que conducía a nuestro destino, la curiosidad era más fuerte.
Finalmente llegamos, era un lugar hermoso, anclado en medio de un mar de montes y bosques. Quise echarme en un claro del bosque apenas llegamos, para descansar la espalda, pero me reincorporé al instante pues había unas hormigas tan grandes como cucarachas, con unas tenazas que parecían de cangrejo. Ella se echó a reír y me dijo:
—¿Qué pasó?
—Nada, quería recostarme, pero parece que las hormigas quieren llevarme en procesión a su cueva.
—¡Jajaja! —se rio malévolamente.
Yo también reí mucho. Nunca había estado en la Amazonía.
Llegamos a su casa al amanecer, era una linda casita, alta, construida sobre columnas de madera, a unas pulgadas sobre el nivel del suelo.
—Acá hasta las casas parecen insectos —le dije, buscando su sonrisa.
Pero no sonrió, una palidez mortal había poseído su rostro; estaba helada, como muerta.
—¿Estás bien, preciosa? —le pregunté.
—Sí, no te preocupes, sólo un poco cansada.
Se abrió la puerta con un chillido horrísono, y salió su madre, exclamando con los brazos abiertos:
—¡Karinita, Kari, Kari, te he extrañado tanto! –gritaba una y otra vez. La llenó de abrazos y besos, y luego se fijó en mí, y me trató como a un conspicuo invitado.
Después, lo mismo con toda su familia. Me pareció la gente más amable del mundo, y sentí una especie de envidia por ella, pues tenía una familia maravillosa, super unida, y una casita muy linda en medio de la naturaleza.
Incluso le comenté la impresión que tuve, le dije que no entendía por qué ella vivía en la capital, tan alejada de toda esa gente que la amaba incondicionalmente. Karina no supo responderme, y yo no insistí.
Estaba feliz de estar con ella allí, de conocer a su familia y su pueblo. No obstante, ella parecía lejana, temerosa, aunque lo ocultaba muy bien. Pensé que era cuestión de su carácter, de su personalidad; no hallaba motivo alguno para que se sienta incómoda o mal. Me hizo pensar en las personas que son infelices porque lo tienen todo. Obviamente yo le perdonaba cualquier cosa, porque era muy linda conmigo, y me hacía dichoso.
Dormimos un par de horas, luego nos llamaron para desayunar. A ella le habían asignado un cuarto junto al de sus padres, y a mí, uno en el otro extremo de la casa, lo que al principio me incomodó; pero luego advertí que no tenía importancia alguna, pues, de todos modos, ella no me dejaba tocarla como mujer.
Yo era paciente respecto a ese tema, valía la pena esperar, realmente la amaba, e incluso la respetaba más por eso; simplemente era feliz con su fragancia a flor silvestre, y su melancólica sonrisa. Me impresionó ver el amor que se tenían sus padres, y también sus abuelos, que seguían juntos después de toda una eternidad.
Aunque había algo que no encajaba en aquella comedia de perfección. Otra vez pensé que el que no encajaba era yo, con mis pensamientos citadinos y viles, con mi estúpida desconfianza de todo.
—¿Y qué fue de tu hermana? —le pregunté, después del opíparo desayuno.
—¿Cómo sabes que tengo una hermana? —me respondió, abriendo los ojos muy grandes.
—¿Tienes?
—Sí, pero ella está muy lejos, ya no sabemos nada de ella —me explicó.
No pregunté más, pues esto parecía dolerle demasiado. Bajó la mirada, y creo que quiso llorar, pero logró contenerse y sonrió con afectación.



IV


El abuelo era tan viejo, tenía tan agrietada la cara y seca la expresión, que me hizo pensar en un árbol reseco, de frutas agrias. Me molestó que le hablara imperativamente, pero no dije nada; ella sólo asentía y hacia todo lo que él decía.
No entendía por qué Karina le tenía tanta devoción, tal vez porque estaba cercano a morir, aunque yo pensé que aquel anciano no moriría nunca.
Pasé una mañana agradable con toda su familia, su padre se mostró educado y amable. Conversé con él de materias que nos interesaban a ambos, mientras Karina y su mamá iban al mercado y hacían los preparativos para el almuerzo.
Por la tarde, le dije que no quería dormir separado de ella, pues estaba acostumbrado a quedarme dormido acurrucado entre sus brazos, abrazando su duro corsé, que no se quitaba por nada del mundo.
Me dijo que se pasaría por la noche a mi cama, cuando todos estuviesen dormidos, yo le sonreí agradecido, y con cierto temor también, pues no quería faltar el respeto a su casa, que tan cordialmente me había acogido.
Después de pasar el día con los suyos, le propuse ir a pasear por el pueblo, y ella aceptó. Me mostró los lugares más bonitos; luego fuimos a un barco que era a la vez un bar, anclado en la ribera del río. Tomé un suave trago alucinógeno. Nos divertimos mucho. Me pareció que era momento de volver a su hogar, pues ya era la media noche.
Pero ella no quería volver. Yo la complací, y deambulamos por rústicas calles. Encontramos una gran fiesta, a la que ella se mostró entusiasmada de entrar, pero yo le dije que no valía la pena, realmente estaba muy cansado.



V


Al llegar a su casa, todos estaban dormidos. Karina me instaló en su antigua habitación; a ella le habían asignado la habitación de su hermana, que se había ido para siempre.
Me estaba mostrando sus viejos libros; de repente, una voz estentórea la llamó desde arriba. Era su padre, la llamaba insistentemente a dormir con ellos. Karina respondió que ya iba, pero él no dejaba de gritar. Se puso nerviosa, me dijo:
—Ya me tengo que ir.
Me pareció extraño que una mujer adulta duerma en la cama de sus padres, pero me quedé callado. Le deseé las buenas noches y la dejé partir; me quedé leyendo un libro que me había gustado, y dejé la puerta entreabierta.
Treinta minutos después, bajó, a ver si yo ya estaba dormido, pero no, se me había quitado el sueño. Insistió en que me durmiese. Le dije que en unos minutos lo haría. Al irse, cerró la puerta de mi habitación, pese a que yo le pedí que la dejara abierta. Pasó algún tiempo, y yo seguía sin poder conciliar el sueño.
Entreabrí la puerta y me dispuse a dormir. En eso, escuché un ruido que me espantó. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era un chillido inhumano, brutal; quedé petrificado, sin mover un músculo, esperando oírlo de nuevo, pero no se repitió.
Es mi imaginación, pensé. Entonces escuché un golpe en el techo. Subí descalzo a ver qué era lo que ocurría.
Subí muy despacio, había actividad en el cuarto de sus padres; escuché una especie de gemido ronco, luego escuché a Karina ahogar un grito. Me asomé por la cerradura. Lo que vi me dejó atónito.
La madre estaba totalmente dormida, roncando. Tenía esa característica, siempre estaba muy activa durante todo el día, hiperactiva sería la palabra adecuada, y luego, de un momento a otro, caía inconsciente, como un costal de papas, dormida profundamente.
Al otro lado de la cama, vi a Karina, se había despojado de su corsé, y tenía a un monstruo sobre ella. Éste la lamía con una lengua viboresca, lo cual me causó repulsión y miedo. Me fijé en sus facciones, era una criatura hidrocefálica, con lengua de serpiente, babeaba un líquido viscoso y blanquecino.
Karina se retorcía debajo de aquella bestia, con el torso desnudo. Al fijarme en su vientre, vi que tenía una profunda herida viva. Aquel ser despreciable se chupaba los fluidos de sus entrañas, mientras ella lloraba sordamente. El corsé yacía en el piso, aplastado como un insecto.
Entonces comprendí por qué siempre lo llevaba puesto. Volví a mi habitación totalmente turbado, temblando, con arcadas, no pude aguantar las lágrimas. Cuando amaneció, mi almohada estaba empapada en llanto.
La mañana siguiente, fui el primero en levantarme, recordé todo lo que había sucedido la noche anterior, aterrorizado. Me miré al espejo, tenía los ojos ensangrentados, a pesar de esto, me senté en la mesa.
Su mamá otra vez estaba super activa, de aquí para allá. Fue a despertarla:
—Tu novio ya se despertó —le dijo.
Ella se levantó, y fue al baño a asearse.
—¿Por qué te has levantado tan temprano? —me dijo recriminándome.
Escuché que se lavaba, pero cuando salió, tenía la cara como cuando entró: demacrada, débil y transparente como un fantasma. De nuevo traía el corsé puesto, aunque esta vez mal atado.
Durante el desayuno, todo fue normal, como el día anterior. No obstante, yo estaba a la expectativa de descubrir alguna pista que confirme que no había alucinado, estaba segurísimo de que no había sido un sueño.
Karina estuvo callada y cabizbaja mientras todos comían, lo cual me llamó la atención porque, generalmente, no era así. Su padre estaba sentado frente a nosotros, percibí que cuando éste le hablaba, ella se incomodaba sobremanera.
Finalmente, todos se levantaron de la mesa, sólo quedamos nosotros tres. Yo me hice el distraído, untando un pan con mantequilla. Él le dijo algo que no capté en ese momento, relamiéndose los labios con actitud repulsiva y lujuriosa. Karina le dijo:
—¿Qué?
 Él dijo:
—¡Qué rico estuvo! —repitiendo el mismo gesto grotesco con la lengua.
Y ella ya no pudo ocultar su aversión.



VI


Me sentí tremendamente cobarde por no hacer nada, sólo quería salir de allí, irme; le propuse ir a dar una vuelta, ella accedió. Ahora todo el tiempo se mostraba sombría y taciturna. Yo sabía por qué, pero no dije nada.
—Regresemos a la ciudad —le dije, —no tienes por qué seguir viniendo aquí.
Karina se puso a llorar en mi pecho, y me confesó que lo hacía sólo por su abuelo. También dijo que velaba para que sus padres sigan juntos; que si no fuera por ella, su padre abandonaría a su madre. Le insistí en irnos, pero sólo atinó a llorar desconsoladamente.
Quería ayudarla, pero no había forma, estaba totalmente atada a ellos. Me sentí miserable, al fin entendía el porqué de su melancolía, y recordé que cuando me mostraron gruesos álbumes de fotos, noté que en todas, de niña, salía con la mirada perdida, no había ninguna en la que no saliera con expresión de angustia.



VII


Al Regresar a la capital, Karina volvió a ser como antes. En cambio, yo jamás fui el mismo.
No me pude quitar la imagen de su vientre lacerado, aunque no quería darme cuenta de que algo anormal ocurría con ella. Me negaba a aceptar que lo que había presenciado había sido real, incluso llegué a persuadirme de que todo había sido un mal sueño. A pesar de esto, cada vez que Karina iba a su pueblo, cambiaba notablemente su actitud y carácter.
La quise alejar de ellos a toda costa, pero ella se aferraba. Hasta que un día me di cuenta de que, en el fondo, ella disfrutaba aquel ultraje, y lo que sentía no era tristeza, sino remordimiento y culpa.

Conforme fue pasando el tiempo, la aflicción, y la incertidumbre de no saber qué hacer, me fueron debilitando, incluso dejé de alimentarme, me sentía tan desgraciado.


La amaba muchísimo, pero aun así, llorando lágrimas de sangre, decidí alejarme de ella, porque de otra forma, yo también hubiese muerto.