Donayre y Yo





No recordaba cómo, ni dónde, la había conocido. Cuando reaccioné, después del sopor de las drogas, ella ya estaba allí, instalada en mi casa, sentada sobre mis piernas.

Por aquel entonces, además de mi adicción al alcohol, era adicto a los fármacos: tranquilizantes, somníferos, antidepresivos… Todo valía. Andaba como un zombi por las calles inmundas de Lima. Nunca recordaba nada al día siguiente; era la ruina personificada.

Mi vida era una “fiesta” constante, nada me importaba, no tenía nada que perder. El mundo me parecía poca cosa y la gente que me rodeaba, peor. Por este motivo, desde hacía mucho, andaba solo. Solamente pensaba en destruirme, en reírme de todo; pensaba que una vez muerto no jodería ni me joderían, y eso me parecía justo.

Cierta noche, después de tomar cuarenta Xanax, un litro de ron y fumar yerba, me quedé dormido en algún lugar. Horas más tarde aparecí en un bar de mala muerte, con una cerveza en la mesa. Me sentía super relajado, como en el cielo, cuando alguien me dirigió la palabra:

–Amigo, ¿por qué tomas solo? ¿Decepción amorosa?

Me molestó que me interrumpan, pensé: “en este infortunado país no respetan la privacidad de las personas”. Iba a responder una grosería pero tenía la lengua entumecida y sólo emití un gruñido estúpido.

– ¿Te puedo acompañar? –chilló la vocecita nasal.

Abrí los ojos y distinguí a una mujercita de aspecto robusto y borroso. No recuerdo qué pasó después, sólo que la veía, no doble, sino repetida dieciséis veces, riéndose a carcajadas conmigo, no sé de qué. Recuerdo la mesa llena de cervezas, el cenicero repleto de puchos, y que trataba de enfocarla pero aún así veía todo borroso.

No podía creer que estaba allí totalmente ebrio, compartiendo mi mesa con una enana; y para colmo, divirtiéndome. Minutos más tarde estaba en un hotel barato con la enana, sintiéndome el tipo más cojonudo y absurdo del mundo. Hicimos de todo, no puedo negar que la pasé bien y que olvidé por un buen rato a mi ex novia, a la que idealizaba, y que en realidad era un pretexto para sabotear mi vida. Cuando desperté me di cuenta de lo que había ocurrido, y al fin pude distinguir a la mujercita de circo nítidamente.

Estaba desnuda aquella mujer vieja y enana, ocultando con una almohada asquerosa su inmensa panza, mirándome, esperando mi reacción. Pensé: “tal vez podría estar con una enana, pero jamás con alguien con semejante barriga”. Miré su cara arrugada, tenía los ojos vivarachos, y su nariz quebrada le daba aspecto de bruja. Jamás había visto a una mujer tan fea. El bozo en la barbilla y el olor a sobaco que salía de los pliegues de su barriga me hicieron sentir nauseabundo.
Cogí mis ropas y me vestí, al llegar a casa me duché con desinfectante, me lavé la boca con alcohol, pero nada me quitaba el sabor a grasa y a pescado podrido. Juré por todos los dioses y por todos los cielos que jamás volvería a intoxicarme hasta el punto de terminar revolcándome con un ser tan repulsivo.

Decidí salir, después de dormir todo el día, para olvidarme pronto de la noche anterior. Volví a beber, una copa aquí, una pepa allá, y luego ya no recordaba nada. Cuando desperté, tenía de nuevo a la enana desnuda a mi lado, oliendo a caca, sudorosa, con la cara embadurnada en rímel, acariciándome, velando mis sueños. Pese a todo, esta vez no me causó tanto asco; después de todo, era un ser humano…

-Si supieras por todo lo que he pasado…

-Yo podría decir lo mismo. –le dije.

-No es un concurso.

Me dijo ella, esbozando una sonrisa y lanzando una mirada cómplice en la que vi que, a pesar de su horrible apariencia, era una criatura de Dios, y que era mucho más noble que las chicas lindas y vacuas con las que siempre me había relacionado.

Nos quedamos mudos un rato. En mi mente no dejaba de preguntarme si había cruzado finalmente la línea de la cordura, o si todo no era más que un sueño. Vi mi vida en retrospectiva y me dije: “Al diablo con las convenciones y prejuicios”. La miré haciendo un gesto sarcástico con la boca, a lo que ella respondió con una sonrisa y con expresión incrédula.

Los días siguientes nos seguimos viendo, no sé por qué, tal vez me sentía tan desubicado en el mundo como ella, no encajaba, teníamos algo en común.

De ese modo, fui descubriendo a la verdadera mujer tras el metro de estatura. Descubrí que se llamaba Donayre; que era huérfana o abandonada, ella no lo sabía bien; que tenía una fundación para niños discapacitados; que uno de sus vicios era comer; que había intentado suicidarse cinco veces a lo largo de sus treinta y cinco años; y que veía en mí al amigo “normalito” que nunca había tenido. Que yo le parecía un tipo “con un gran corazón”; y que no entendía por qué yo andaba tan mal “buscando la muerte en cada esquina”.

Pasamos un par de meses andando juntos, hasta que un día casi muero por una sobredosis de calmantes. Estuve internado en una clínica, y en ese lapso fui recuperando la cordura con todo lo que esto implica: miles de prejuicios, egoísmo e hipocresía. Volví a interesarme en las clásicas “mujeres bonitas” y en otras superficialidades. Al cabo de un tiempo, al fin estaba “recuperado”.
Cuando la vi de nuevo la rechacé de la peor manera:

– ¡Vete a cagar, enana de mierda! –le grité, empujándola.

Desconcertada me respondió desde el piso:

– ¡Púdrete en el infierno, huevonazo!

Y así, Donayre desapareció de mi vida para siempre.




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