Apogeo, Decadencia y Muerte de un Escritor




I.- Una Diosa Romana.-



Las cosas iban mal para Eduardo Rosenthal. Esa mañana fría, Luis lo ayudó a retirar sus pertenencias de la residencia educativa. Había perdido su beca y, al parecer, todo su interés en la abogacía. Se pasaba el día escribiendo ficciones.

Al verlo en este aprieto, Luis le ofreció un empleo de ayudante en la escuela de arte, donde se le asignaría una habitación. Pensó que al menos temporalmente le podría servir. Eduardo aceptó de inmediato.

Llegó a una casona antigua de tres pisos. El último, era la academia de actuación. Al final del pasillo había una escalera que conducía a una estrecha terraza de madera, desde donde la vista era magnifica. Abajo, destacaban las casitas pintorescas, y más allá, el mar retozaba con satisfacción.

A los tres días llegaron los estudiantes, ocuparon sus habitaciones y empezaron las clases. Eduardo odiaba aquel nuevo alboroto. Mientras arrastraba una pesada maceta, Luis se le acercó y le dijo:

-El guion necesita algunos retoques, un enfoque distinto, ¿crees que puedas hacerlo? Se te aumentará la paga.

E. se fue a su habitación desanimado; no le gustaba escribir por encargo. “Realmente necesito el dinero”, pensó; y se puso a leer el texto, haciendo anotaciones al margen con un lápiz. Después de cinco horas de trabajo, tenía el texto corregido y modificado en algunas partes. Lo entregó, y mientras ellos empezaron a grabar, E. se tumbó en su cama y se quedó dormido.

Por la noche, Luis vino a buscarlo a su habitación.

-Queremos que nos sigas apoyando, tu estilo tiene el toque ácido que necesitamos.

Le habló del nuevo salario y le entregó un enorme folio, que era el resto del libreto, para los próximos diez días de grabaciones. E. trabajó toda la noche, entregó el  capítulo del segundo día, por la mañana, y luego se fue a dormir.

El cuarto día había avanzado lo suficiente como para estar libre. Se asomó a la puerta y Luis lo encontró.

-Qué bueno que estés despierto, me gustaría saber tu opinión en esta escena.

Y sin esperar respuesta, lo arrastró al salón de grabación. Era una sala grande, con un balcón. Abajo, en la calle, vio a una chica que salía entre las flores, del vagón de un camión.

-¿Qué opinas? -le preguntó Luis.

-Es perfecta -le dijo E. sin dejar de mirarla.

-lo sabía, mi duda era si el cabello de Mariel debía estar atado o suelto. Tienes razón, suelto le da expresión de libertad.

Al rato, cuando Luis gritó “¡corte!”, la chica, llamada Mariel, levantó la mirada y miró a Eduardo un par de segundos. E. vio de lleno sus preciosos ojos verdes, tan llenos de vida como la hierba cuando nace, y se sintió herido ante la luz majestuosa de aquella mirada. Se sintió como una criatura del infierno vislumbrada por un ángel.

“Mariel” pensó, y se quedó absorto en sus pensamientos.

Una voz delicada le habló desde atrás. “Tú eres el nuevo guionista; me encantó el detalle de salir entre los pétalos, es tan romántico y simbólico para mí; y además, huele rico”, le dijo sonriente Mariel.

E. pudo verla de frente. Era demasiado linda, bastante delgada, bonita, de rasgos finos. Su boca era como una rosa, su piel tersa, mientras que su nariz era pequeña y respingada. Su cabello claro y suelto enmarcaba graciosamente su rostro angulado, que parecía tallado por el más virtuoso escultor; además, sus ojos expresivos le daban a todo el conjunto una sensación de infinito, de divinidad latente. “Es una diosa romana” pensó E.

Ella quebró imperceptiblemente la cabeza, buscando en los ojos de él una respuesta. E. reaccionó y respondió “Gracias”. Ella le sonrió, dándose cuenta de que le había gustado. “Es interesante” pensó ella. “tengo que ir a seguir grabando, nos vemos luego” le dijo Mariel. “Claro” respondió E.

Una vez en su habitación, no pudo dejar de pensar en aquella maravillosa chica. Era como si la hubiese conocido desde todas las dimensiones posibles, a través de sus ojos. Y eso había bastado para que se enamorase perdidamente, y ese amor, esa semilla mágica, había hecho crecer en él un par de alas resplandecientes, y le había dado una luz que lo había transformado en una criatura bella del Señor.

Apenas pudo concentrarse en el guion, y sin darse cuenta lo rescribió casi por completo, enfocándose en el personaje de Mariel. Trabajó sin detenerse para dormir, y pronto, el guion en su totalidad estuvo terminado. Se lo entregó al director y se fue a descansar.
Luis pasó a buscarlo por la noche.

-veo que has reescrito casi todas las escenas -le llamó la atención.

-No te gustó -le dijo E. dándose cuenta de lo que había hecho.

-No, sí me ha gustado bastante, pero tendré que pedirte que vengas a las grabaciones para que me des una mano con los encuadres.

-allí estaré -le dijo E.

Así, llegó el décimo día, irían al campo en un bus, para grabar las últimas escenas allá. Todo ese tiempo E. se había limitado a mirar a Mariel tímidamente, como si aquella flor hermosa pudiera marchitarse al contacto de su voz. No se atrevía a hablarle, y cuando ella estaba cerca, él huía despavorido. Era un tipo extraño. Su amor platónico lo llenaba, y tenía miedo de perder esa sensación que ella le causaba. No necesitaba más, con contemplarla lo tenía todo, más de lo que él hubiera querido, más de lo que jamás hubiera imaginado.

Cuando ella le hablaba, pidiéndole consejo sobre alguna cosa, para él era demasiado. El sonido de su voz era como un arroyo sobre el que danzaban los más nobles pajaritos con sus alegres trinos, cuando la luz del alba con su azul fantasmagórico lo inunda todo.

Se limitaba a responderle brevemente y se iba aterrado, con miedo a despertar de aquel fantástico sueño que era Mariel.

Cuando ella le hablaba, pidiéndole consejo sobre alguna cosa, para él era demasiado. El sonido de su voz era como un arroyo sobre el que danzaban los más nobles pajaritos con sus alegres trinos, cuando la luz del alba con su azul fantasmagórico lo inunda todo.
Se limitaba a responderle brevemente y se iba aterrado, con miedo a despertar de aquel fantástico sueño que era Mariel.


En el bus, le tocó sentarse detrás de ella, que volteaba de cuando en cuando a sonreírle. El respiraba pausado, sentía que ella era el ser más delicado que existía en el universo; el olor de sus cabellos lo envolvieron en un éxtasis onírico.

De pronto, ella volteó y lo quedó mirando, como la primera vez, con una expresión cálida y suave. E. en un rapto de locura, le dio un beso. Ella trato de zafarse, sorprendida. E. la soltó, arrepentido, pensando que despertaría de aquel sueño, y que jamás volvería a verla.

Ella se tocó los labios, mirándolo muy quieta por un instante. Finalmente le dijo:

-¿Qué esperas? No me dejes así… ¡bésame!

E. la besó como nunca antes alguien había besado a nadie, con infinita pasión y ternura. Sus lenguas se juntaron, Eduardo se sentía en el cielo, en una dimensión desconocida e inimaginable hasta entonces. Se dio cuenta de que en ese momento, la textura tibia de sus lenguas, y la fragancia embriagante de Mariel, todo ello era Dios, la eternidad.




II.- La Cabaña Maldita.-

(NARRA: EDUARDO)

Días después ganamos el premio por mejor cortometraje artístico. Todos estaban contentos y entusiasmados con su trabajo, y cada actor ahora estaba enfrascado en perfeccionarse. Mientras tanto, yo andaba de arriba abajo sin mover una paja, pues Luis había viajado a Inglaterra y me había encargado la academia. Mariel tendría el papel protagónico en la próxima película, por ello andaba nerviosa y trabajaba incesantemente en su nuevo personaje. Sólo estábamos juntos un par de horas por las noches, en sus ratos libres. Sin embargo, yo disfrutaba verla ensayar; sus movimientos eran elegantes y sublimes, era la bailarina más exquisita: era una chica muy talentosa, y la más preciosa.

Aquella tarde el sol brillaba intensamente. Por la tarde tuve la sensación de que tenía que hacer algo pero no supe qué. Iba y venía sudando frío, turbado. Vi a Mariel al fondo del pasillo, subiendo las escaleras hacia la terraza. La seguí. Arriba, a pesar de haber estado allí muchas veces, sentí un mareo: la terraza era muy estrecha y desde allí la calle se veía pequeñita. Tras cada paso, el piso de madera retumbaba y temblaba, como si aquella estructura vieja fuera a caer en cualquier momento.

Una mano me cogió la espalda y unos labios deliciosos me besaron la nuca. “¿Qué haces?”, me susurró Mariel. La miré, estaba resplandeciente, parecía una extensión del cielo. Sus ojos verdes me miraron con suspicacia. La tomé de la cintura y la besé. La miré como quien se despide de alguien para siempre.

-¿En qué piensas, Edu? -Estábamos apoyados en la baranda.

-Tengo vértigo… Mira para atrás.

Mariel se fijó, y su expresión serena cambió. Sus ojos verdes se incendiaron, y me apretó contra ella.

-Vámonos de aquí -me rogó.

Es increíble como uno vive feliz, sintiéndose seguro, hasta que se fija bien en cómo son las cosas realmente. Ser un poco más inteligente o perspicaz, en vez de ser una virtud se torna una maldición. Seríamos más felices ignorando ciertos asuntos, danzando jubilosos con el peligro inminente, sin saber bien que es la misma muerte la que nos toma de las manos y nos agita rítmicamente, sin pensar en lo ineludible al terminar el festín. Lamenté haberle abiertos los ojos a mi Mariel, que ahora no podía dar un paso sin clavarme las uñas en los brazos, cuando antes, brincaba alegre y rauda por el piso crujiente.

Una vez abajo, caminamos rumbo a la playa, vimos el sunset abrazados, como si fuera la primera y la última vez, el fin del mundo.


La estreché contra mi pecho, y tras ella vi un misterioso bosque que me sedujo inmediatamente. La cogí de la mano y caminamos hacia él, mientras la oscuridad se nos metía por los huesos.

Cuando distinguí la cabaña, todo estaba negro. De esta salía una luz amarillenta tan débil, que sus contornos parecían flotar en la bruma. Mariel tuvo miedo, y no quiso avanzar pero insistí torpemente, y nos acercamos a aquel lugar pesadillezco. Vi a unas mujeres horribles rodeadas de cadáveres descompuestos por todos lados. De pronto fui consciente del olor a muerte y de los millones de gusanos y huesos en el piso. Di un paso en falso y crujió la hojarasca bajo mis pies. Sentí un frío espeluznante, quise retroceder pero no pude.

Volteé a ver a Mariel, y la vi con una expresión de terror absoluto. La oscuridad se interpuso entre nosotros, su figura se alejaba y cada vez se hacía más pequeña y distante. Sus manos extendidas hacia mí se fueron desdibujando, y sentí que aquella mezcla de frío y densa niebla que nos separaba, era el tiempo.

Cuando ya no la pude ver más, miré al frente, y una de aquellas mujeres grotescas, envuelta en harapos negros, me sonrió con lujuria y luego se metió a la cabaña. Corrí en todas las direcciones, traté de regresar a la playa, a la casona, busqué a Mariel por todos lados. Fue en vano. No había más que árboles inmensos envueltos en maleza y arbustos, que daban la sensación de ser moscas atrapadas en telarañas. Todo a mí alrededor era de un verde negruzco.

Caminé mucho, perdí de vista la cabaña y encontré la playa, que no era la misma, era como si estuviera del otro lado, en un ambiente lúgubre y desértico. Me sorprendí mucho cuando vi a unas personas, a unos quinientos metros. Me acerqué gritando y corriendo, pidiendo ayuda. Cuando pude distinguir sus rostros -pálidos y plateados-, vi que había salido la luna, inmensa y redonda, realmente hermosa; pensé en Mariel, y una lagrima corrió por mi cara.

Uno de ellos levantó la vista. Era un amigo que había muerto hace cinco años, estaba con otros cuatro desconocidos, contemporáneos a Carlo y a mí. Me miró contento, con toda la naturalidad del mundo, y yo también estaba feliz por haberlo encontrado. Sin embargo, no era el mismo, había un halo siniestro en su expresión, y era más bien callado y quieto, cuando yo lo recordaba como parlanchín y alborotado. Había sabiduría en su mirada; sentí escalofríos.

Vi a sus compañeros, todos estaban cubiertos con un manto negro. Al ver sus rostros vi el vacío personificado; pero lo que más me sorprendió, fue ver a uno de ellos, que parecía el más novel, con la cara llena de hierba, como una especie de pelo verde que le crecía por todos lados. Se le notaba nervioso, y una venda atravesaba su cara, llena de heridas por los recientes brotes de aquella hierba musgosa que invadía su piel. Levantó su mano para rascarse la cara y también estaba llena de aquel musgo. El resto de su cuerpo estaba oculto por la manta negra. No supe cómo reaccionar, y quedé inerte. Miré mi piel pálida y congelada, y empecé a sospechar lo peor.

Carlo me miró como diciendo “tranquilo, todo está bien”. Luego vi que arrancaban unas hierbas del rostro del muchacho verde, y se disponían a fumarla, envolviéndola en una rizla. “Esto te va a poner locazo”, me dijo Carlo con voz de ultratumba. Fuimos a la orilla del mar, que se ondeaba lento y espeso, y me di cuenta de que era sangre coagulada, que reflejaba la luna, deformándola y envolviéndola. Carlo me miró con fascinación, disfrutando el espectáculo de mi cara, llena de terror y pesadumbre. Cuando vi sus ojos iluminados por la luna, me di cuenta de que no era Carlo, sino algún ser maligno que había tomado su forma para engañarme y hacerme fumar esa extraña hierba.

Cuando me pasaron el pitillo, lo rechacé. Y todos ellos se miraron contrariados.

Los vi alejarse lentamente, mientras que yo me quedé allí, varado en la soledad, en la oscuridad de mi alma, contemplando la luna, que era como si Mariel, mi Mariel, me mirara, distante y triste.






FIN

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