Monos



Monos



Emilio Monk despertó aquella mañana con un profundo dolor en la espalda baja. Su frente lucía perlada con gotitas de sudor frío.
Recordó sus sueños convulsos: escapaba a través de árboles espesos y corpulentos. Lo hacía con agilidad, pese a que los rayos solares se le incrustaban en los ojos como lanzas doradas, allí donde las ramas les permitían el paso, alineándose en sincronía. Era un ambiente bastante caótico. No sabía de qué huía, pero sabía que si se detenía o miraba hacia atrás, sería su perdición.
Emilio tenía ya suficientes problemas como para prestarle demasiada atención a la cola simiesca que le había aparecido, y que ahora examinaba entre sus manos. Al principio, se sintió turbado; luego había aceptado el hecho con resignación, pensando que había despertado abruptamente y se había traído el rabo del sueño, sin tiempo para adaptarse a la realidad.
Tal vez si volviese a dormirse, al despertar sería el mismo de siempre y la cola desaparecería. Pero era tarde y tenía que resolver un delicado asunto en la oficina. Detestaba su trabajo burocrático, pero, ¿qué otra cosa podría hacer?, ¿trabajar en un circo, tal vez? No, aquel rabo no era lo suficientemente especial como para que lo tomasen en cuenta.
Así es que se enfundó los pantalones, pero estos no se adaptaron a su nueva fisonomía, por lo que se vio en la obligación de hacer un agujero en la parte posterior de la prenda. Esta vez se sintió cómodo.
Era como si la cola tuviese vida propia, era peluda, como la de un mono, se movía en ondulaciones y medía unos 70 centímetros. Al comienzo le costó trabajo manejarla, más bien era torpe, y tiraba con ella, sin querer, las cosas al piso. Luego la dominó y vio que era tan útil como una extremidad, podía asirse con ella, balancearse, sentía mayor equilibrio. Y a pesar de que era fea y ridícula, estas nuevas prestaciones lo hicieron sentirse más fuerte y hasta más evolucionado que el resto de la humanidad.
Al salir a la calle para tomar el metro y llegar al trabajo, tuvo cierto reparo, por el rabo, aunque luego pensó en las deudas que tenía, el trabajo retrasado, el jefe explotador, el divorcio que afrontaba y la hipoteca de su casa. Estas preocupaciones fueron más fuertes y olvidó el novedoso detalle de su cuerpo.
En el metro, algunos se rieron a sus espaldas, mirando y señalando el ondulante e intranquilo miembro de Emilio. Aunque después de la primera impresión lo olvidaban y retomaban sus charlas sosas, o se sumergían en sus smartphones. El efecto que causaba era más bien como si tuviese un enorme grano en la frente, o si llevase un sombrero huachafo.
Después de cogerse la cola con la puerta del metro y aullar de dolor, Emilio Monk corrió raudamente al trabajo. El jefe lo esperaba en su oficina. Era la tercera vez que llegaba tarde. Quiso excusarse, pero el jefe no le dio tregua y empezó a gesticular de un modo horrible. Abría la bocaza y lanzaba improperios que parecían salir entre chispas amarillas. Podía ver sus molares ennegrecidos, y la fetidez de su aliento era como la peste cayendo sobre Emilio.
Los gritos eran tales, que Emilio observaba ensordecido todo el panorama. A través de los vidrios transparentes de su oficina vio a sus compañeros, que miraban la repugnante escena. Algunos pocos, con el rostro indiferente; los más, reprimían una risita burlona. Eran patéticos.
La única persona que parecía solidarizarse con él, era la secretaria del jefe. Ésta parecía decirle con la mirada: “No hagas caso, todos sabemos que el jefe es un grandísimo idiota.”

Caminando por la calle, ya no pensaba en sus preocupaciones financieras ni familiares, sino en la secretaría observándolo anhelante, como nadie nunca lo había hecho. Nunca se había fijado en ella, estaba tan metido en sus problemas que no le había prestado ninguna atención.
Era una mujer bonita. Pensaba en sus grandes ojos tiernos, y en sus graciosas orejas, y se le antojó que parecía una preciosa monita. Lamentablemente, ahora, que había sido despedido, era demasiado tarde para intentar cualquier acercamiento, pues no volvería a verla.
Emilio Monk se perdió en estos pensamientos, y desapareció entre la muchedumbre, con el rabo entre las piernas.




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