Oleaje Anómalo



I.- Mar, Luna y Cocaína.-


La cara de Valkyria se retorcía de una manera grotesca, la espuma se le acumulaba en las comisuras, el cabello se le erizaba, los ojos se le desorbitaban y vociferaba con violencia. Parecía la extensión del mar convulso, que frente a nosotros azotaba las peñas negras, tan negras e intrincadas como mis pensamientos.

Y allí estaba yo, frente a Valkyria y al mar agitado por una luna palidísima y enorme, como un cerebro destapado, mirado desde arriba. Kasparov y Turgueniev, los perros de Val, jugaban en la arena húmeda, con algo informe y repulsivo.

No podía más con ese tren de imágenes, con los intensos olores salinos y los estruendos guturales. Le di un fuerte jalón al polvo blanco, y me apacigüé como un fuego que termina de consumirse. Escuche bramar a Valkyria:

-….Por ejemplo, ¡tu adorada Mafer y las estúpidas de sus amigas!, muy bonitas y todo, pero qué tienen en la cabeza?, mira que dejarte por un futbolista… ¡otro hueco como ellas!

Yo empecé a prestarle atención, imaginando que estaba en un juicio y que ella era mi genial abogada.

-¡otro hueco! -repitió con énfasis. -qué ideas interesantes puede tener ese tipo?

La droga me hacía mirarla como a una aparición, y el cuerpo me temblaba sin poder evitarlo.

-Es verdad que los medios nos inoculan la idea de que se es lo que se aparenta físicamente… pero, ¡qué estupidez! -estallaba de pronto y yo saltaba sentado sobre la roca. -¿de qué sirve tanta belleza, con el cerebro lleno de mierda?

Estaba roja de ira; el mar, de tanto en tanto, nos azotaba con su látigo de púas heladas.

Yo pensaba que ¿qué me importaba si Mafer era brillante o no?, si lo único que yo quería era contemplarla, adorarla, ¡poseerla! Era preciosa, y eso era todo lo que se necesitaba.

¿O acaso un cristiano va al altar esperando disertar sobre filosofía con el cristo crucificado? No! Simplemente va y lo adora, se somete a aquel ídolo, esto lo complace y lo santifica: el placer, sea del tipo que sea, está en uno mismo, y cada uno lo enciende del modo que más lo satisface. Pero Valkyria estaba tan alterada que no me atreví a contradecirla.

Le temblaban las manos y el trago se le escurría de la boca. Necesitaba bajarse con alcohol toda la coca que se había metido.



A mí, el efecto me hacía insistir en mis secretas reflexiones: Mafer para mí era como dios para un místico: mediante la creencia en dios el místico alcanza el nirvana, y ese era el quid del asunto; ¿qué mierda importaba si dios existía o no?, el asunto era llegar al nirvana.

Val inhalaba del pomo, y quise decirle lo que pensaba, pero ella volvía a arremeter, a atropellarme con su verborrea. Turgueniev y Kasparov corrían ladrando cerca de nosotros, jugando con aquella masa informe que me daba escalofríos; “¿con qué diablos juegan?”, volví a pensar.

El mar y la saliva de Valkyria me salpicaron en la cara:

-¡Entre esta gente estúpida no vale la pena vivir!

No podía soportarlo más, necesitaba otra dosis. Esta vez aspiré por cada fosa nasal. Me sentí como en otro planeta. Si el nirvana existía debía parecerse mucho a esta sensación.

A pesar de que val chillaba, y el mar bullía como un caldero infernal, ya nada me afectaba. Era como estar en el cine, ante una escena violenta, con el fondo musical de algún nocturno de Chopin, o algo por el estilo.

Me pregunté, qué demonios hacia allí con la loca de Val, cuando debía estar en esos momentos, retozando con Mafer.


II.- Enamorado de Mafer.-


El paisaje se disolvió frente a mí, y en su lugar, vi los profundos ojos de Mafer como un mar de caramelo en el que yo navegaba. Ya no estaba allí, en la orilla del mar junto a Valkyria, sino frente a Mafer, unas horas antes, en la fiesta de promo…

Le sujetaba las manos mientras bailábamos, eran unas manos suaves, blancas y tersas, medianas, casi pequeñas, tibias y adorables. Si no se hubiese visto ridículo, me hubiera hincado de rodillas solo para besárselas.

Recordé lo que una vez dijo el gordo Arismendi, “si quieres saber como tiene la chucha una hembrita, fijate en sus manos, las manos son el fiel reflejo de la vulva; si las tiene bien cuidadas, provecho! Y si no, pues será mejor que compres penicilina!”, y se reía.

El gordo sabía mucho de esas cosas, también decía, “y si quieres tirarte a una fresa, antes de insinuarte primero tienes que remojarle la rana...”, y se reía borracho.

Asocié esa idea con las manos de Mafer; y la espada que tenia incrustada en el pecho por haberla perdido se me hundió hasta el fondo, “era la chica perfecta”, me lamenté.



Val gesticulaba levantando los brazos. Me fijé en sus manos desgajadas, deshilachadas, sucias y regordetas. Me dio cierta repugnancia. Escuché que decía algo sobre la televisión basura y las tetas. Lo cual me devolvió a la fiesta:

-¡Uy no! ¡Esa canción me encanta! -dijo Mafer, - la escuché el año pasado en Cusco… ¡Vamos a bailar!

-Pero yo no bailo…

-Vamos, vamos, vamos! - dijo, dando pequeños saltitos, entusiasmada. No pude evitar mirarle los senos, se balanceaban como dos jugosos mangos dentro de su vestido amarillo. Ella se dio cuenta y sonrió tímida y coqueta a la vez.

-ya pueeeees, vaaaaamos….. -me rogó alargando las palabras, con una vocesita de niña engreída.

Mientras bailábamos, yo estaba como hechizado, ella me sonreía y los ojos le destellaban.

Una Chica Extraña...





Sentado en la plaza, la noche se ondulaba como una gatita; solo me acompañaba la chica genio que tenía encerrada en la botella, pero todo era demasiado deprimente en este punto, pues ella ya me había dado todo de sí.


Decidí dar una vuelta por entre los árboles hasta llegar a casa y sumergirme en el libro que estaba leyendo. Entonces la vi. O ella me vio, con unos ojos azules profundos como el océano.


Su cabello era más oscuro que la densidad de la noche. Cuando me acerqué a hablarle, con toda la naturalidad del mundo, me di cuenta de que mi inglés a esas alturas de la noche ya se había ido a dormir, y me quedé como un lobo mirando el queso del reflejo de la luna en el lago.


Ella sonrió, tal vez por mi notoria turbación, mis ojos tristes, o no lo sé. Enseguida dijo algo en castellano. Me sentí muy loco por encontrar a una chica sudamericana en aquel rincón despoblado del mundo.


Me hizo reír su acento argentino y pronto nos hicimos amigos.


Le leí los versos que había escrito como un poseído, y me di cuenta de que eran buenos cuando la noté disfrutando de mis figuras. Tras cada párrafo hacía un comentario sobre cómo se me había ocurrido cada metáfora. 


Creo que supe que yo también le gustaba cuando la invité a mi casa, no sé con qué pretexto. No tenía ni un céntimo, me lo había gastado todo en bebidas fosforescentes. Ella desapareció.


“Hummm", me dije, era demasiado irreal, demasiado linda, también su forma de ser y su modo de entonar las palabras, su modo de llamarme boludo… era todo demasiado perfecto para ser verdad.



*

Me puse a revisar mis versos, tratando de olvidarla; y al rato, apareció a mi lado con cigarrillos. Me dijo: “¿Entonces nos vamos?”

Canceló a su amiga por teléfono y pedimos un taxi. Tras subirse al vehículo frotó sus manos tratando de calentarse, puse mi casaca sobre sus hombros, y me puse a hablarle de mil tonterías, ella reía y yo disfrutaba con su sonrisa, y con su modo de hablar.


Por un momento pensé que al final siempre termino prefiriendo mi propia compañía y libertad, para hacer lo que se me dé la gana, pero esta chica era tan especial que pensé que había llegado el momento de cambiar mis convicciones.


Alguien seguramente se estaría riendo de mí allá arriba.


Una vez en mi departamento, le encantó la vista que tenía, era en verdad un paisaje hermoso, puse “Los Pericos”, mi meta era solo bailar y quizás besarla, pues ya había estado ebrio toda la semana.


Pero ella sacó de su mochila verde una botella de vino, y yo me dije: “Eric, aquí vamos de nuevo”.


Miré todos los vegetales que tenía, el último mes había estado intentando ser vegetariano, saqué un par de copas y nos pusimos a bailar.



*

Pasó lo que tenía que pasar, desperté al amanecer con ganas de tomar otra copa. Salí de la casa, la dejé durmiendo en la cama, no quería que me vea así, que viera mi compulsión.

Estaba tan ebrio que me perdí entre las calles, no pude hallar la casa al regreso. Estaba medio muerto de frío cuando la encontré. 


Ella ya no estaba, me sentí como un miserable, no podía haberla perdido, era la chica de mis sueños. Me tiré en la cama y pude sentir aún la fragancia a manzanas de su cabello.


Creo que soñé con ella toda la semana. Por las mañanas iba al parque donde la había conocido, por las tardes iba a la biblioteca, tratando de olvidarla.
Era como una mosca atrapada en una jaula de vidrio. Me afectó tanto que me olvidé de mí mismo. Me lavaba la cara como un gato triste y salía. Su voz relampagueaba en mi mente, después de haberla conocido me sentía muy solo.


*

Unos días después decidí que ya era suficiente, era tiempo de dejar mi estado catatónico, me di un baño de una hora, y pensé en ponerme aquel traje nuevo que había comprado el día que llegué a esta ciudad extraña.

Al abrir el inmenso ropero del departamento –había pasado un mes y tenía aún todo en la maleta excepto aquel traje—, la vi allí, desnuda, sentada en un rincón, mirándome con aquellos ojos oceánicos.


Me impresioné tanto.


Solo atiné a decirle: ¿qué haces allí, nena?


Pero ella estaba viviendo allí, era feliz allí. Solo quería ser usada por mí como una prenda más. Me sentí muy extraño. Estuvo allí un par de semanas, me la ponía todos los días antes de ir a la biblioteca. Era una chica bastante intensa y complaciente.


Hasta que me dije: “no puedo seguir permitiendo esto, no es normal.”



*

Al volver a casa, abrí el ropero y le dije lo que pensaba, que podíamos ser una pareja genial, que no tenía que vivir allí: la habitación era amplia y el departamento magnífico. 

Sus ojos azules relampagueaban. “Yo viviré aquí, úsame cuando quieras”, me dijo. 


–Muñeca, esta es tu casa, y eres libre de hacer lo que quieras, pero por el amor de Dios, deja de vivir en el ropero porque eso es bastante raro. 


No quiso salir, me molesté y le dije: “si no eres normal, no te quiero”. Y me fui a la calle.


Me embriagué demasiado y dormí en algún rincón de alguna plaza. Cuando volví ella ya no estaba, la busqué en todos los rincones del apartamento.


“Tal vez, si la hubiera dejado vivir allí, todo hubiera sido diferente”, pensé arrepentido.


-FIN-





Larvas Cerebrales







I

Las curvas de Silvana resaltaban bajo las sábanas raídas. Nos habíamos pasado la mañana haciendo el amor, ahora empezaba a atardecer y un silencio siniestro lo absorbía todo.

El depósito que usábamos de vivienda no tenía ventanas, y la luz artificial se adhería a la piel de un modo viscoso.

Silvana notó mi incomodidad, y se levantó desnuda a abrir la puerta del baño para que entrase algo de aire. Sutiles brillos hicieron de ella una constelación apetecible, provocaba ir hacia la noche de su cuerpo y extraer las estrellas de su piel.

Cuando volvió a la cama acarició mi pecho con sus manos ásperas, su mirada se dulcificó y me besó en el hombro con suavidad; volví a sentirme a gusto, el olor fermentado de todo mi mundo se convirtió en un zumo embriagador.
*

—Amor, ¿en qué piensas? — me preguntó Silvana mucho después.

Yo estaba quieto, observando las mantas arrumadas al pie de la cama. Daban la impresión de ocultar un monstruo informe que de un momento a otro saltaría sobre mí. Los platos sucios de cristal formaban extraños edificios esféricos, de urbes futuristas tan tóxicas como imposibles.

—¡Amor! —me sacudió Silvana, con su sonrisa de colegiala enamorada.

—¿Qué? …Ah, no pienso en nada.

—¿Cómo que en nada? Si estás en otro mundo… ¡ay amor!

—¿Irás a recoger mis materiales verdad? —agregó ella, sonriendo y deslizando traviesamente su mano por mis muslos.

—¿Cómo dices?

—Mis materiales. Esta tarde llega de viaje mi amiga Chachi con los materiales que le encargué. Los necesito para terminar la escultura que estoy haciendo para mi abuelita. Tú me dijiste que irías a recogerlos mientras yo avanzo el trabajo.

—Ah, sí. Pero podemos ir a buscarla juntos por la noche. Ahorita debe estar haciendo un calor de mierda afuera.

—No se puede, porque ella está sólo de paso... Además, ya habíamos quedado… —dijo Silvana, rogando con voz de niña, y besándome suavemente debajo del ombligo.

—¿Te acuerdas de mi amiga Chachi, verdad? —me preguntó entre besos que se fueron encendiendo.

Por un momento me molestó tanta insistencia. Traté de no pensar, sólo quería dejarme llevar, pero mientras Silvana hacía lo suyo, recordé a Chachi:


Habíamos ido a una exposición de un amigo de Silvana, del que ella siempre hablaba.

—¿Qué te parece, mi amor? ¿Mi amigo tiene talento, no? —me había preguntado aquella vez.

Las pinturas estaban bien, pero los celos se apoderaron de mí y le contesté:

—Sí, tiene talento… ha pintado la naturaleza como si antes le hubiera dado cien patadas. Los carneros están amoratados, los arbustos marchitos, y el cielo plomizo parece intoxicar a los pajaritos... Sí, definitivamente tiene talento para plasmar la mediocridad.

Silvana me miró con odio.

En eso, apareció una chica alta, muy blanca, con un vestido anaranjado. Sus pechos eran lo que más resaltaba de todo el conjunto, daban la impresión de ser dos jugosas naranjas a punto de estallar.

—¡Silvana! ¡Amiga! —dijo Chachi, reprimiendo un gritito de felicidad. Luego me miró satisfecha, dándose cuenta del efecto que había causado en mí.

—Sí… es mi novio Bruno… —le dijo Silvana. Luego, dirigiéndose a mí, dijo:

—Amor, te presento a Chachi, nos conocemos desde el nido—. Silvana sonreía espléndida.


Así es que esa era la tal Chachi... tragué saliva. Luego sentí una fuerte contracción y Silvana tiró la cabeza para atrás, atorándose.

—¿Entonces vas, no mi amor? —me dijo Silvana, incorporándose sonriente, mientras se limpiaba las comisuras de los labios.
*

Estaba en el baño, terminando de alistarme para ir a la estación de buses, cuando el teléfono de Silvana vibró en la mesita de noche, causando un gran alboroto.

—¿No vas a contestar? —le pregunté, asomándome por la puerta del baño.

Silvana cogió el teléfono y lo miró con nerviosismo.

—Es un número desconocido —dijo, y lo desconectó.
*

Cuando abrí la pequeña puerta para salir, algunos rayos solares se colaron, Silvana se retorció como un gusano chamuscado, y cubrió su rostro con sus pequeñas manos poligonales.

Monos






 Emilio Monk despertó aquella mañana con un profundo dolor en la espalda baja. Su frente lucía perlada con gotitas de sudor frío.

Recordó sus sueños convulsos: escapaba a través de árboles espesos y corpulentos. Lo hacía con agilidad, pese a que los rayos solares se le incrustaban en los ojos como lanzas doradas, allí donde las ramas les permitían el paso, alineándose en sincronía. Era un ambiente bastante caótico. No sabía de qué huía, pero sabía que si se detenía o miraba hacia atrás, sería su perdición.

Emilio tenía ya suficientes problemas como para prestarle demasiada atención a la cola simiesca que le había aparecido, y que ahora examinaba entre sus manos. Al principio, se sintió turbado; luego había aceptado el hecho con resignación, pensando que había despertado abruptamente y se había traído el rabo del sueño, sin tiempo para adaptarse a la realidad.

Tal vez si volviese a dormirse, al despertar sería el mismo de siempre y la cola desaparecería. Pero era tarde y tenía que resolver un delicado asunto en la oficina. Detestaba su trabajo burocrático, pero, ¿qué otra cosa podría hacer?, ¿trabajar en un circo, tal vez? No, aquel rabo no era lo suficientemente especial como para que lo tomasen en cuenta.

Así es que se enfundó los pantalones, pero estos no se adaptaron a su nueva fisonomía, por lo que se vio en la obligación de hacer un agujero en la parte posterior de la prenda. Esta vez se sintió cómodo.

Era como si la cola tuviese vida propia, era peluda, como la de un mono, se movía en ondulaciones y medía unos 70 centímetros. Al comienzo le costó trabajo manejarla, más bien era torpe, y tiraba con ella, sin querer, las cosas al piso. Luego la dominó y vio que era tan útil como una extremidad, podía asirse con ella, balancearse, sentía mayor equilibrio. Y a pesar de que era fea y ridícula, estas nuevas prestaciones lo hicieron sentirse más fuerte y hasta más evolucionado que el resto de la humanidad.

Al salir a la calle para tomar el metro y llegar al trabajo, tuvo cierto reparo, por el rabo, aunque luego pensó en las deudas que tenía, el trabajo retrasado, el jefe explotador, el divorcio que afrontaba y la hipoteca de su casa. Estas preocupaciones fueron más fuertes y olvidó el novedoso detalle de su cuerpo.

En el metro, algunos se rieron a sus espaldas, mirando y señalando el ondulante e intranquilo miembro de Emilio. Aunque después de la primera impresión lo olvidaban y retomaban sus charlas sosas, o se sumergían en sus smartphones. El efecto que causaba era más bien como si tuviese un enorme grano en la frente, o si llevase un sombrero huachafo.

Después de cogerse la cola con la puerta del metro y aullar de dolor, Emilio Monk corrió raudamente al trabajo. El jefe lo esperaba en su oficina. Era la tercera vez que llegaba tarde. Quiso excusarse, pero el jefe no le dio tregua y empezó a gesticular de un modo horrible. Abría la bocaza y lanzaba improperios que parecían salir entre chispas amarillas. Podía ver sus molares ennegrecidos, y la fetidez de su aliento era como la peste cayendo sobre Emilio.

Los gritos eran tales, que Emilio observaba ensordecido todo el panorama. A través de los vidrios transparentes de su oficina vio a sus compañeros, que miraban la repugnante escena. Algunos pocos, con el rostro indiferente; los más, reprimían una risita burlona. Eran patéticos.
La única persona que parecía solidarizarse con él, era la secretaria del jefe. Ésta parecía decirle con la mirada: “No hagas caso, todos sabemos que el jefe es un grandísimo idiota.”


Caminando por la calle, ya no pensaba en sus preocupaciones financieras ni familiares, sino en la secretaría observándolo anhelante, como nadie nunca lo había hecho. Nunca se había fijado en ella, estaba tan metido en sus problemas que no le había prestado ninguna atención.

Era una mujer bonita. Pensaba en sus grandes ojos tiernos, y en sus graciosas orejas, y se le antojó que parecía una preciosa monita. Lamentablemente, ahora, que había sido despedido, era demasiado tarde para intentar cualquier acercamiento, pues no volvería a verla.

Emilio Monk se perdió en estos pensamientos, y desapareció entre la muchedumbre, con el rabo entre las piernas.


*FIN


Taty





Después de mil odiseas logré resucitar su amor, pensando que ello era el motivo principal de mi vida. Taty se mostró como antes, tan natural como si fuéramos amantes de vidas pasadas, como si nunca hubiese existido ningún problema entre nosotros. Me sentí amado y absolutamente feliz, pues esta vez la había recuperado para siempre.

Verla disfrutar con las sutilezas de la cotidianidad me hacía enamorarme más de ella y sentirme como una especie de semidiós: mortal, pero invencible. Sólo quería y necesitaba la ternura de aquella niña-mujer, su amor y sus besos. Por ello había aceptado, al volver con ella, no rechazar a sus detestables amigos.

Taty era una de esas chicas que no tienen amigas, toda su pandilla era de varones. Luego me daría cuenta, aunque era demasiado obvio, de que todos ellos querían estar con Taty. Aun así, por su amor, acepté.

Nunca consideré a ninguno de ellos como un adversario serio. Creía que para ella sólo se trataba de la satisfacción de poder manipularlos a su antojo, y jugar a sentirse una diosa. Siendo así, yo los trataba como si fueran las mascotas de nuestro noviazgo, e íbamos todos cada vez que salíamos. 

Ellos me trataban de una manera “aceptable”, para no herir sus sentimientos, pues era una especie de reina para ellos, quizá porque intuían su intensa manera de hacer el amor, quizá por su picardía, o por sus apetecibles piernas, o todo ello junto.

Aquel día nefasto, salimos en la amplia camioneta de su papá. Después de comer un cebiche bastante agradable, beber chicha de jora norteña, y muchas cervezas, salimos del restaurante con la alegría boba que dan los tragos. Yo percibía todo derritiéndose a mí alrededor, como si estuviese metido en una inmensa pintura de Dalí. 

Nos montamos en la camioneta, en la que cabíamos cómodamente nueve personas, y llegamos a Magdalena del Mar, en donde conocí a la única amiga que le conocería: una chica alta y pálida, grotescamente gorda, con un atuendo negro estrafalario, y las uñas largas y negras también. 

Al abrirse la puerta de aquel caserón, antecediendo a la gorda salió un perro enano y oscuro como una sombra. Yo balbuceé algo así como que yo tenía un perro idéntico, pero este era una miniatura, mientras que el mío era unas cien veces más grande. Todos ellos se burlaron ya sin ningún reparo de mí.

Me sentí enojado por haber bebido tanto alcohol, cuando mi máxima era cuidar a mi chica y alejarla poco a poco de aquellos atorrantes, que la incitaban a beber para aprovecharse de ella.

No recuerdo cómo llegamos al bar de Miraflores, hacía un frío intenso a pesar de que estábamos en pleno febrero, y me sentí extrañado.

Al parecer, yo era el más ebrio, había bebido cantidades industriales de cerveza para, según mi estupidez, demostrarles a esos forajidos lo “macho” que podía llegar a ser. Pero me había equivocado; y Taty, al verme tan frágil, se volcó, ya sin ninguna censura ante mí, a uno de ellos.

Él la tenía sentada sobre sus piernas, mientras yo los miraba desde mi esquina, sintiéndome pésimo por todo lo que había tomado. Podía ver cómo todos la manoseaban y cómo disfrutaba ella, sintiéndose deseada por esos imbéciles, les sonreía como me había sonreído a mí hace unos instantes, tratando inútilmente de decirme que me amaba. 

Decidí largarme de allí porque por dentro, mi corazón, la parte que la contenía, al ver su conducta se podría y se gangrenaba. Pero ella me dijo: “Amor, no te vayas”. 

Lo que me hizo descubrirla fue que llegando al bar ella se adelantó y se sentó frente al que era supuestamente su mejor amigo, cruzó las piernas provocativamente, y él dijo: “¡Guau!, quisiera tener acceso a semejante paraíso carnal", refiriéndose a su minifalda y a sus medias, que el abrigo cubría muy poco.

Ella lo miró fijamente y sin ningún tapujo le respondió: “pero si sí accedes…”, y ambos se echaron a reír. Entendí que cuando me iba, ellos se revolcaban como perros, a pesar de que ella me respetaba mucho, pero no lo suficiente como yo habría esperado. 

Esa tarde oscura, me había dicho: “Amor, no te vayas”, pero yo tenía la certidumbre de que lo que ella quería realmente, era estar con ese tipo; me tenía que ir y clausurar definitivamente mi relación con aquella mujer salvaje. Sin decirle: “¡puta!”, arranque sus brazos de mis hombros y me marché.

Me siguió uno de ellos, el que me respetaba más, o al menos no la tomaba en serio, parecía conocerla realmente. Me miró fuera del bar como diciendo: “ya te diste cuenta con quién te has metido”, y yo sin querer admitirlo, lo había admitido al mirar a otro lado. Me dijo: "vamos a seguir tomando, conozco el lugar perfecto". Cerca de allí estaban reestructurando un edificio viejo, había un andamio gigantesco. Eran como nueve pisos que había que trepar por el artefacto. Claro que quería beber, pero me figuré que el desgraciado me arrojaría desde arriba, por lo que le dije que había bebido demasiado, y que me retiraba a casa, ya sin importarme esa mujer, pese a amarla como a nada ni a nadie.

Me despedí y crucé al parque Kennedy, no sin antes echar una fugaz mirada al bar. Vi que ellos se hacían señales para seguirme. Crucé con prisa la calzada, tambaleándome. Volteaba constantemente a ver si me seguían, y casi corriendo me metí al parque, en donde había mucha gente aglomerada. Avanzaba haciéndome espacio como podía, tratando de mantener el equilibrio, empujando.

Casi saltando, llegué al centro del parque atestado de gente. Entonces sentí un picor en el brazo, lo levanté y vi varios tajos de los cuales escurría hartísima sangre. Vi a la grotesca gorda del estrafalario vestido negro, esgrimiendo una navaja plateada contra mí, incesantemente. Me fui desvaneciendo, cogí su mano… Y desperté.



*FIN



Putas y Monos






Caminando por el boulevard de las postrimerías, vi hermosas mujeres en las vitrinas. Se veían tan delicadas como si fueran de porcelana. Me llevé un par, una morena y una pelirroja.

Entramos a un bar y tomamos una bebida verde. El ambiente era fucsia. La mesera tenía la típica vocecita chillona y áspera que suelen tener las meseras. Su vulgaridad contrastaba nítidamente con la elegancia de mis putas finas.

Ellas sonreían y pedían más champaña, yo navegaba entre los hielos de mi whisky. Me sentí miserablemente amado entre aquellas magníficas cuatro tetas.

Ellas reían y brindaban por mí; esnifábamos cada cuatro o cinco rondas. Después nos pusimos a bailar un pegajoso rock and roll. En el escenario, una manada de monos agitaba sus largas cabelleras; se estremecían como lo hacen los micos del zoológico cuando la gente los mira; y aullaban sus agudas canciones.

Salomé y Jezabel brincaban a mí alrededor, embistiéndome con sus senos enhiestos. Yo gozaba como un cerdo, y bebía como un galgo.

Fuimos a mi casa y pusimos el lugar de cabeza. Entramos los tres en el jacuzzi, continuamos esnifando, pusimos un disco de Hendrix a toda marcha. Seguimos así hasta que estuve dentro de ellas, entonces pude sentir su agradable calidez femenina, mientras sus uñas descarnaban mi espalda.


Al amanecer, toda la sangre, el semen, la saliva, la coca, el alcohol, y las luces, nos daban vueltas en la cabeza, y reíamos estúpidamente, como monos satisfechos.



*FIN


El Salón de los Muertos






Antes no pensaba en el pasado. A mi corta edad, alimentarme por medio de una sonda era demasiado horrible como para pensar en otra cosa, pero finalmente me acostumbré, como a la silla de ruedas. Soy solamente una voz en mi cerebro, si pudiera hablar solo pediría la muerte, pues la parálisis general me tiene prisionero en mi cuerpo, sin poder gesticular siquiera, por lo que las monjas me tratan como a una planta.

El salón de niños, donde vivo, es grande, sin embargo parece una prisión hacinada de chicos, que tienen todas las formas posibles menos la humana. Desparramados por el piso dan una impresión monstruosa. Al medio día llegan los pordioseros a recoger la comida que dan las monjas.

Estos últimos días mi mente no ha hecho más que recordarme la figura borrosa de mi madre, y lo que sucedió. Cómo después de una operación quedé paralítico por un exceso de anestesia. Los besos y afectos que siempre me había dado, al cabo de los meses se fueron desvaneciendo. Conoció a un hombre del que se enamoró, pues mi padre la había abandonado, y así, poco a poco ella fue dejando de quererme hasta que un día me dejó en el hospital. Las caricias y el amor absoluto que antes me había demostrado, y  cómo había luchado al principio para que me cure, parecían hechos por otra persona.

Después de la operación, ella sólo quería que muriese, pues tenía que ocuparse de mis múltiples necesidades. No podía salir con sus amigos, ni a ningún lado, y renegaba constantemente, llegando a gritarme y abofetearme por ser su hijo.

Todas las tardes vienen los pájaros a sus nidos en lo alto de la capilla, frente al salón de niños, mi única fascinación es observarlos levantar el vuelo, y pese a que todos esos pájaros son grises, me llenan de alegría. Quisiera morir y ser uno de ellos, e irme volando muy lejos de este lugar.

Recuerdo que un día vino la televisión, mostraron el salón de niños, las monjas explicaron que algunos niños comían con sonda por la tráquea, o en mi caso, con el tubo directo al estómago. Me enfocaron un momento, la máscara de oxígeno ocultaba mi identidad, mientras la monja explicaba que viviríamos poco tiempo. Cuando apagaron las cámaras, los periodistas cambiaron la mirada misericordiosa por una mirada de asco, quizá por el olor. Entonces abandonaron el salón de niños para siempre.

Poco a poco los niños van desapareciendo, y aparecen nuevos rostros, siempre con los ojos llenos de angustia. Parecen pedir auxilio mientras sus deformes e inservibles cuerpos los mantienen prisioneros.

Al fin empezaron a descomponerse las funciones vitales de mi cuerpo. Me sentía feliz por llegar a las puertas de la muerte, y aunque la muerte sería lenta y dolorosa, disfrutaría cada instante como jamás disfruté algo.


Mirando el salón difuminarse, siento una calma tibia en todo mi cuerpo por primera vez, como si pudiera ponerme de pie y caminar, pero es tan suave la sensación de ir desapareciendo, de fundirse con la nada, que prefiero dejarme llevar por aquel sueño con el que siempre he soñado y ahora es realidad. Al fin seré como el polvo de una estrella en el universo infinito.


*FIN

Final No Feliz




Tu jeringa escuálida
Yace reseca como una lagartija sin lágrimas
En un rincón donde no llega la escoba.

Me falta un cigarro
Mientras que a lo lejos,
En el cielo nocturno, todos fuman.

¿Existirás? ¿O sólo confundí otro sueño con la noche?

Preparé palomitas para ver la película solo,
Observo la taza dorada que compraste con tu no estar nunca más.
Me gustó la función,
No puedo quejarme por el final infeliz,
Después de todo yo lo escribí.

Me gusta el amarillo del tiempo,
Navegar hacia el fondo del ataúd.
Quería conocer el infierno,
Me llevaste al paraíso con tus besos,
Con tu nariz zancuda y tus piernas flacas y largas.

Me pescaste en el fondo del Cocito,
Era un monstruo prehistórico desubicado,
Mordí el anzuelo del sonido de tu voz.




Hit






Hit se despidió de Patricia, mientras se ponía el casco le iba diciendo: 
-No demoro Patricia, no seas celosa por favor. Sabes que eres el amor de mi vida, no te cambiaría por nada del mundo.

Y le dio un beso en la pequeña frente de plástico. Patricia era una muñeca Barbie que había encontrado en la basura; la tenía desnuda sobre la maraña de libros apilados. 

El día que la encontró, la limpió pacientemente y luego sombreó fuertemente sus ojos, dándole apariencia de puta. Patricia lo miraba con sus ojitos celestes desteñidos. Ella pensaba para qué diablos llevaba siempre el casco, si no tenía moto.

Aspiró el polvo blanco y sintió un electroshock en el cerebro. Se quedó inmóvil por unos segundos, catatónico. Luego se limpió con la manga de la camisa, y salió a la calle.

En el camino las luces tintineantes del casino lo sedujeron inmediatamente. Tenía cien soles que había ganado trabajando un par de semanas. Mientras jugaba le iba diciendo a la máquina:

-¡Vamos pequeña putita, vamos!

La anfitriona del casino, que estaba pasando por su lado, volteó y le esbozó una sonrisa.

-Le ofrezco algo señor? –dijo, sin dejar de coquetearle.

-Sí, agua con hielo.

Y mientras se inclinaba para servirle, se asomaron un par de enormes tetas, que parecían querer escaparse del insinuante escote.

Hit sintió que algo se movía en sus pantalones.

-Cualquier cosa que desee, cualquier cosa… estoy para servirle. –Le dijo la preciosa mujer y se retiró.

Mientras jugaba al video póquer pensó que llegando a casa le haría el amor a Patricia violentamente. Perdió los cien soles con una sonrisa en los labios y fue al baño.

Esnifó un par de líneas y luego se acercó al urinario. Se fijó que nadie lo mirara, aunque el inmenso baño estaba desierto, y se dispuso a miccionar.

El recipiente blanco se llenó de pequeños bichos que Hit orinó. Alocados corrían en todas direcciones. Se sacudió el miembro viril y automáticamente el inodoro liberó el agua, los pequeños bichos negros desaparecieron en el drenaje. 

Hit se quedó parado un momento, paralizado, esta vez por un par de minutos. Luego se subió el cierre y salió del casino. Se puso el casco. Mientras caminaba metió la mano al bolsillo, observó el único sol que le quedaba.



*FIN

Donayre y Yo




No recordaba cómo, ni dónde, la había conocido. Cuando reaccioné, después del sopor de las drogas, ella ya estaba allí, instalada en mi casa, sentada sobre mis piernas.

Por aquel entonces, además de mi adicción al alcohol, era adicto a los fármacos: tranquilizantes, somníferos, antidepresivos… Todo valía. Andaba como un zombi por las calles inmundas de Lima. Nunca recordaba nada al día siguiente; era la ruina personificada.

Mi vida era una “fiesta” constante, nada me importaba, no tenía nada que perder. El mundo me parecía poca cosa y la gente que me rodeaba, peor. Por este motivo, desde hacía mucho, andaba solo. Solamente pensaba en destruirme, en reírme de todo; pensaba que una vez muerto no jodería ni me joderían, y eso me parecía justo.

Cierta noche, después de tomar cuarenta Xanax, un litro de ron y fumar yerba, me quedé dormido en algún lugar. Horas más tarde aparecí en un bar de mala muerte, con una cerveza en la mesa. Me sentía super relajado, como en el cielo, cuando alguien me dirigió la palabra:

–Amigo, ¿por qué tomas solo? ¿Decepción amorosa?

Me molestó que me interrumpan, pensé: “en este infortunado país no respetan la privacidad de las personas”. Iba a responder una grosería pero tenía la lengua entumecida y sólo emití un gruñido estúpido.

– ¿Te puedo acompañar? –chilló la vocecita nasal.

Abrí los ojos y distinguí a una mujercita de aspecto robusto y borroso. No recuerdo qué pasó después, sólo que la veía, no doble, sino repetida dieciséis veces, riéndose a carcajadas conmigo, no sé de qué. Recuerdo la mesa llena de cervezas, el cenicero repleto de puchos, y que trataba de enfocarla pero aún así veía todo borroso.

No podía creer que estaba allí totalmente ebrio, compartiendo mi mesa con una enana; y para colmo, divirtiéndome. Minutos más tarde estaba en un hotel barato con la enana, sintiéndome el tipo más cojonudo y absurdo del mundo. Hicimos de todo, no puedo negar que la pasé bien y que olvidé por un buen rato a mi ex novia, a la que idealizaba, y que en realidad era un pretexto para sabotear mi vida. Cuando desperté me di cuenta de lo que había ocurrido, y al fin pude distinguir a la mujercita de circo nítidamente.

Estaba desnuda aquella mujer vieja y enana, ocultando con una almohada asquerosa su inmensa panza, mirándome, esperando mi reacción. Pensé: “tal vez podría estar con una enana, pero jamás con alguien con semejante barriga”. Miré su cara arrugada, tenía los ojos vivarachos, y su nariz quebrada le daba aspecto de bruja. Jamás había visto a una mujer tan fea. El bozo en la barbilla y el olor a sobaco que salía de los pliegues de su barriga me hicieron sentir nauseabundo.
Cogí mis ropas y me vestí, al llegar a casa me duché con desinfectante, me lavé la boca con alcohol, pero nada me quitaba el sabor a grasa y a pescado podrido. Juré por todos los dioses y por todos los cielos que jamás volvería a intoxicarme hasta el punto de terminar revolcándome con un ser tan repulsivo.

Decidí salir, después de dormir todo el día, para olvidarme pronto de la noche anterior. Volví a beber, una copa aquí, una pepa allá, y luego ya no recordaba nada. Cuando desperté, tenía de nuevo a la enana desnuda a mi lado, oliendo a caca, sudorosa, con la cara embadurnada en rímel, acariciándome, velando mis sueños. Pese a todo, esta vez no me causó tanto asco; después de todo, era un ser humano…

-Si supieras por todo lo que he pasado…

-Yo podría decir lo mismo. –le dije.

-No es un concurso.

Me dijo ella, esbozando una sonrisa y lanzando una mirada cómplice en la que vi que, a pesar de su horrible apariencia, era una criatura de Dios, y que era mucho más noble que las chicas lindas y vacuas con las que siempre me había relacionado.

Nos quedamos mudos un rato. En mi mente no dejaba de preguntarme si había cruzado finalmente la línea de la cordura, o si todo no era más que un sueño. Vi mi vida en retrospectiva y me dije: “Al diablo con las convenciones y prejuicios”. La miré haciendo un gesto sarcástico con la boca, a lo que ella respondió con una sonrisa y con expresión incrédula.

Los días siguientes nos seguimos viendo, no sé por qué, tal vez me sentía tan desubicado en el mundo como ella, no encajaba, teníamos algo en común.

De ese modo, fui descubriendo a la verdadera mujer tras el metro de estatura. Descubrí que se llamaba Donayre; que era huérfana o abandonada, ella no lo sabía bien; que tenía una fundación para niños discapacitados; que uno de sus vicios era comer; que había intentado suicidarse cinco veces a lo largo de sus treinta y cinco años; y que veía en mí al amigo “normalito” que nunca había tenido. Que yo le parecía un tipo “con un gran corazón”; y que no entendía por qué yo andaba tan mal “buscando la muerte en cada esquina”.

Pasamos un par de meses andando juntos, hasta que un día casi muero por una sobredosis de calmantes. Estuve internado en una clínica, y en ese lapso fui recuperando la cordura con todo lo que esto implica: miles de prejuicios, egoísmo e hipocresía. Volví a interesarme en las clásicas “mujeres bonitas” y en otras superficialidades. Al cabo de un tiempo, al fin estaba “recuperado”.
Cuando la vi de nuevo la rechacé de la peor manera:

– ¡Vete a cagar, enana de mierda! –le grité, empujándola.

Desconcertada me respondió desde el piso:

– ¡Púdrete en el infierno, huevonazo!

Y así, Donayre desapareció de mi vida para siempre.



*FIN



Introspección



Yo
Aficionado al hueco de la noche
Adicto a la danza silenciosa
De la luz ambarina de una vela
Me asomé al baúl del olvido
Encontré en mi cráneo
Versos agusanados y resecos

Incrustado en la herida de la eternidad
Angustiado de alegría
Desparramado en la cocina
Como una masa
De horas de suspiros
Acalambrado de sombras
De menguantes lunas
De lluvias árboles y espejismos
De calles desiertas
De hermosas mujeres-insecto

Yo
Amante de los libros que el otoño deshoja
Aficionado a perder
A arrancarle los ojos al recuerdo
Me interné en el ataúd del invierno.



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