I.- Mar, Luna y Cocaína.-
La cara de Valkyria se retorcía de una manera grotesca, la espuma se le acumulaba en las comisuras, el cabello se le erizaba, los ojos se le desorbitaban y vociferaba con violencia. Parecía la extensión del mar convulso, que frente a nosotros azotaba las peñas negras, tan negras e intrincadas como mis pensamientos.
Y allí estaba yo, frente a Valkyria y al mar agitado por una luna palidísima y enorme, como un cerebro destapado, mirado desde arriba. Kasparov y Turgueniev, los perros de Val, jugaban en la arena húmeda, con algo informe y repulsivo.
No podía más con ese tren de imágenes, con los intensos olores salinos y los estruendos guturales. Le di un fuerte jalón al polvo blanco, y me apacigüé como un fuego que termina de consumirse. Escuche bramar a Valkyria:
-….Por ejemplo, ¡tu adorada Mafer y las estúpidas de sus amigas!, muy bonitas y todo, pero qué tienen en la cabeza?, mira que dejarte por un futbolista… ¡otro hueco como ellas!
Yo empecé a prestarle atención, imaginando que estaba en un juicio y que ella era mi genial abogada.
-¡otro hueco! -repitió con énfasis. -qué ideas interesantes puede tener ese tipo?
La droga me hacía mirarla como a una aparición, y el cuerpo me temblaba sin poder evitarlo.
-Es verdad que los medios nos inoculan la idea de que se es lo que se aparenta físicamente… pero, ¡qué estupidez! -estallaba de pronto y yo saltaba sentado sobre la roca. -¿de qué sirve tanta belleza, con el cerebro lleno de mierda?
Estaba roja de ira; el mar, de tanto en tanto, nos azotaba con su látigo de púas heladas.
Yo pensaba que ¿qué me importaba si Mafer era brillante o no?, si lo único que yo quería era contemplarla, adorarla, ¡poseerla! Era preciosa, y eso era todo lo que se necesitaba.
¿O acaso un cristiano va al altar esperando disertar sobre filosofía con el cristo crucificado? No! Simplemente va y lo adora, se somete a aquel ídolo, esto lo complace y lo santifica: el placer, sea del tipo que sea, está en uno mismo, y cada uno lo enciende del modo que más lo satisface. Pero Valkyria estaba tan alterada que no me atreví a contradecirla.
Le temblaban las manos y el trago se le escurría de la boca. Necesitaba bajarse con alcohol toda la coca que se había metido.
A mí, el efecto me hacía insistir en mis secretas reflexiones: Mafer para mí era como dios para un místico: mediante la creencia en dios el místico alcanza el nirvana, y ese era el quid del asunto; ¿qué mierda importaba si dios existía o no?, el asunto era llegar al nirvana.
Val inhalaba del pomo, y quise decirle lo que pensaba, pero ella volvía a arremeter, a atropellarme con su verborrea. Turgueniev y Kasparov corrían ladrando cerca de nosotros, jugando con aquella masa informe que me daba escalofríos; “¿con qué diablos juegan?”, volví a pensar.
El mar y la saliva de Valkyria me salpicaron en la cara:
-¡Entre esta gente estúpida no vale la pena vivir!
No podía soportarlo más, necesitaba otra dosis. Esta vez aspiré por cada fosa nasal. Me sentí como en otro planeta. Si el nirvana existía debía parecerse mucho a esta sensación.
A pesar de que val chillaba, y el mar bullía como un caldero infernal, ya nada me afectaba. Era como estar en el cine, ante una escena violenta, con el fondo musical de algún nocturno de Chopin, o algo por el estilo.
Me pregunté, qué demonios hacia allí con la loca de Val, cuando debía estar en esos momentos, retozando con Mafer.
II.- Enamorado de Mafer.-
El paisaje se disolvió frente a mí, y en su lugar, vi los profundos ojos de Mafer como un mar de caramelo en el que yo navegaba. Ya no estaba allí, en la orilla del mar junto a Valkyria, sino frente a Mafer, unas horas antes, en la fiesta de promo…
Le sujetaba las manos mientras bailábamos, eran unas manos suaves, blancas y tersas, medianas, casi pequeñas, tibias y adorables. Si no se hubiese visto ridículo, me hubiera hincado de rodillas solo para besárselas.
Recordé lo que una vez dijo el gordo Arismendi, “si quieres saber como tiene la chucha una hembrita, fijate en sus manos, las manos son el fiel reflejo de la vulva; si las tiene bien cuidadas, provecho! Y si no, pues será mejor que compres penicilina!”, y se reía.
El gordo sabía mucho de esas cosas, también decía, “y si quieres tirarte a una fresa, antes de insinuarte primero tienes que remojarle la rana...”, y se reía borracho.
Asocié esa idea con las manos de Mafer; y la espada que tenia incrustada en el pecho por haberla perdido se me hundió hasta el fondo, “era la chica perfecta”, me lamenté.
Val gesticulaba levantando los brazos. Me fijé en sus manos desgajadas, deshilachadas, sucias y regordetas. Me dio cierta repugnancia. Escuché que decía algo sobre la televisión basura y las tetas. Lo cual me devolvió a la fiesta:
-¡Uy no! ¡Esa canción me encanta! -dijo Mafer, - la escuché el año pasado en Cusco… ¡Vamos a bailar!
-Pero yo no bailo…
-Vamos, vamos, vamos! - dijo, dando pequeños saltitos, entusiasmada. No pude evitar mirarle los senos, se balanceaban como dos jugosos mangos dentro de su vestido amarillo. Ella se dio cuenta y sonrió tímida y coqueta a la vez.
-ya pueeeees, vaaaaamos….. -me rogó alargando las palabras, con una vocesita de niña engreída.
Mientras bailábamos, yo estaba como hechizado, ella me sonreía y los ojos le destellaban.


















