Amor Reptil: PARTE II

Amor Reptil


PARTE II





Crucé la calle con el temor que me acompañaba siempre: Miré una y otra vez a ambos lados de la pista, tenía la impresión de que en aquella soledad aparecería de repente un automóvil que me embestiría.

Era una noche hermosa, la luna ascendía por el cielo como un enorme bicho celícola, desplegando su alado resplandor. Con papel y lapicero en mano, me disponía a escribir cualquier cosa que pasara por mi mente. Era eso, o era que en realidad me había equivocado de profesión, a pesar de haber escrito alguna que otra cosa memorable, antes.

Siempre era lo mismo, la incertidumbre total, la desmoralización existencial en su apoteosis.

Por un momento, levanté la mirada del papel, pues sentí el brillo incisivo del satélite lunar, y vi a la chica atravesando el parque, distraída.

Esta vez pude observarla bien. Resaltaba su figura esbelta, sus curvas hacían pensar en la majestuosidad de un ave. Detrás de ella, que venía hacia mí, el fulgor de la luna se expandía, como si el mar estuviese atrapado en una burbuja pálida, fantasmagórica.

Se detuvo frente a mí, me quedé de piedra.

—¡Qué bueno que te encuentro! Se te cayó esto en la biblioteca. Cuando me di cuenta, ya no estabas por ningún lado. ¿Es tuyo, no?

Me mostró un carnet con mi fotografía. Asentí.

Entablamos una conversación trivial. Al momento de despedirnos, le pregunté si podíamos volver a vernos. Quedamos en ir a cenar al día siguiente.


***



Así comenzó mi relación con Ammy. Durante los siguientes días nos frecuentamos mucho. El amor que sentía por ella se asentó, como la tierra después de un día lluvioso. Noté que yo le agradaba mucho más de lo que habría podido imaginar: le parecía especial, diferente a los demás terrícolas.

Ammy leía a los clásicos; y a mí, me parecía una rara avis, pues que una chica de su edad —tenía 19—, leyese esos libros, que hasta para mí eran difíciles, me confundía, y a la vez me fascinaba.

Había una extraña obsesión en ella por conocer todo sobre la humanidad. A menudo hablábamos de libros, y pedía mi interpretación sobre cosas tan singulares y abstractas, que muchas veces no sabía responderle, aun así, por impresionarla, a veces repetía lo que habían dicho los expertos, adjudicándome la autoría. Entonces ella parecía satisfecha y sonreía.

Después de la biblioteca íbamos al cine, y luego a tomar alguna cosa. Me parecía extraña, pero era esa extrañeza la que me atraía. Parecía siempre desubicada, y preguntaba sobre todo lo que acontecía.

Era verdad que era mucho más joven que yo, además mis conocimientos eran lo bastante cultivados como para atribuir a esto su actitud. Al principio no hablaba mucho, pues temía parecer pedante. Pero ante su insistencia a desarrollar los temas, sobre todo con la miradita con la que me imploraba, lograba convencerme, y le explicaba detalladamente punto por punto.

Captaba todo a la primera explicación. Me sentía orgulloso de ella. Estaba de intercambio estudiantil en la universidad X, y sabía que en dos meses volvería a su lejano país. Por ello no quise entusiasmarme mucho, aunque ya era demasiado tarde.


Los temas que más llamaban su atención eran la psicología, las religiones comparadas, y la física nuclear. Por lo demás, parecía no entender cómo en esta parte del mundo, en las cosas cotidianas, nos complicábamos tanto.

En aquellas materias yo era su instructor. En cambio, en la materia sexual, ella era mucho más sofisticada que yo, que a pesar de tener alguna experiencia, ante sus habilidades, me sentía como un cavernícola.

Debo de confesar que esta fue la segunda cosa que me encantó de Ammy. No digo la primera, por pudor, por no parecer un animal, una bestia primaria. Para qué explayarme en estas descripciones, era simplemente una gatita adorable.

Me gustaba sorprenderla. Ante sus destrezas sexuales, para no quedarme atrás, le respondía con gestos románticos. En verdad me nacía del corazón hacer cosas lindas por ella. Y esto parecía avivar en ella la chispa del amor.

Yo muchas veces pecaba de cursi, pero Ammy no lo notaba, al contrario, se desvanecía en mi pecho, como un pichoncito desamparado. La tenía a mi merced. Incluso un día habló de que se quedaría conmigo, o me llevaría con ella, a su país.

Pensar en su partida nos entristecía, especialmente a mí, pero ella sabía darle vuelta al asunto, y terminábamos riendo, besándonos.

Habían pasado tan solo tres meses, y para nosotros era como una eternidad, pues cada minuto estábamos juntos, éramos inseparables; nos conocíamos al milímetro.

Una noche, después de hacer el amor, contemplábamos las estrellas que refulgían enmarcadas en las ventanas, abiertas de par en par. Ella se incorporó, se puso muy seria, casi pálida, me miró a los ojos y me dijo con su manera tan particular de hablar:

—Tengo que confesarte algo…


CONTINUARÁ….


No hay comentarios:

Datos personales