Amor Reptil: PARTE I

Amor Reptil


PARTE I




Podría decir que fue una bonita historia de amor. Y a pesar de que todo terminó tan mal, pienso que sigo enamorado de aquella chica, si es que se le puede llamar así a aquel monstruo escamoso, al que le hice el amor una noche de luna llena.

Recuerdo que por aquel entonces no escribía una palabra. Tenía que entregar mi nueva novela en seis semanas. Los últimos meses los había pasado dando vueltas en mi habitación, royendo la madera del tiempo.

Los pensamientos se hilvanaban bien, pero a la hora de trasladarlos al papel, un muro enorme, como el templo de Jerusalén, se interponía y me sentía perdido. Sabía que debía salir a respirar, ventilar mi cerebro, pero tenía metido entre ceja y ceja que alguna desgracia me ocurriría.

Pasé los últimos días metido en la cama; el sexto día, no pude soportarlo más. Abrí la puerta de mi habitación, y al salir me enredé con una densa telaraña. Me miré al espejo, era la ruina personificada.

Decidí sobreponerme. Y como la inspiración no venía a mí, salí a buscarla. Caminé por calles hacinadas —era justo la hora en la que la gente se traslada a realizar sus deberes, y sale en raudales—; me sentí como una miserable araña rodeado de las fauces hambrientas de millones de hormigas salvajes.

La ansiedad me trepó por las orejas, busqué algún lugar donde estabilizar mis emociones. Después de tanto tiempo sin salir de casa, de estar tantos días metido en la cama, aquel impresionante éxodo era demasiado para mi ya vulnerado sistema nervioso.

Un par de cuadras más allá encontré un lugar desolado, parecía la cueva de un vampiro, era increíble cómo el vulgo evitaba acercarse. Era el único lugar ensombrecido por pesadas nubes amoratadas, amenazantes: La biblioteca municipal.

Respiré aliviado y entré en sus instalaciones. El guardia de seguridad parecía un muñeco de cera, una armadura medieval. En el intervalo de las dos cuadras bebí una petaca de whisky para calmar mi ansiedad.

No me había hecho efecto alguno. Me acerqué a la recepción, un viejo bibliotecario, que olía a almidón y formol, salió a mi encuentro. Era tan pálido, alto y rígido, que parecía el mayordomo de Drácula.

Me di cuenta de que el licor estaba haciendo su efecto porque quise reír cuando en realidad debí asustarme. Los fríos corredores de cemento, los techos altos, y el silencio —que se extendía como la sombra del abandono—, me hicieron sentir una descarga eléctrica en la médula espinal.

Me dirigí a la sala de literatura. Era, en contraste, una sala bastante cálida, el olor de los libros, los estantes y pisos de madera, me hicieron pensar en un mundo feliz. Tenía todos aquellos libros a mi disposición.

Por un momento me deprimí, pues mi obra, si es que alguna vez se concretaba, sería pequeña e insignificante, una hoja seca en aquel árbol espeso, infinito, de grandes libros. Estas frutas deliciosas desprendían un aroma que se disolvía en el aire, envolviendo al único habitante de aquel bosque secreto, de aquel mundo soñado.

La inspiración apareció como un colibrí, al que sentí aletear muy cerca. Mis pensamientos comenzaban nuevamente a florecer, las ideas se engarzaban con nitidez, y era tanta la dicha que me embargaba, que no quise quebrar aquel espejismo sutil.

Sentí la presencia del colibrí rodeándome; pero en su lugar, me topé con una chica, que examinaba la misma colección de libros que yo. Me pareció irreal, preciosa, tenía la majestuosidad de un cisne; quise acercarme a ella, y confesarle mi amor ardiente, platónico, instantáneo.



Me di cuenta de que probablemente todo ello era producto de mi embriaguez. Así es que sólo atiné a sonreír; sentí su mirada como si se tratase de una nueva dimensión, desconocida para mí hasta ese entonces.

Me sentí pues, turbado, actué como un tonto; dejé caer los libros y mi carpeta unos pasos más allá. Lo recogí todo, y hui avergonzado.

Cuando salí de la biblioteca con una decena de libros, me di cuenta de que sólo contemplando los títulos, ¡habían pasado más de cinco horas!

Las calles habían vuelto a la normalidad. La tarde estaba nublada.
Fui a casa, pero durante todo el camino aquel rostro resplandeció ante mis párpados como si se tratase de la luna plateada en la plenitud celestial.

Había algo único y encantador en su fisonomía, pero ¿qué era? No se trataba de la típica mujer bonita, sino que su belleza tenía más que ver con las proporciones exactas, era como la evolución perfecta del ser humano.

Pensé en sus ojos, tenían algo diferente, sus pupilas eran como la lumbre del fuego, había algo salvaje en ellos. Este pensamiento obsesionó mi mente.

Olvidé por completo la elaboración de mi libro. Pensaba que había encontrado a la divinidad en aquel lugar desértico; y a pesar de que mis novias habían sido muy bellas, había en esta fémina algo que me hacía sentir inferior, como si fuera demasiado linda para mí.

Si tan sólo me hubiera atrevido a hablarle… no era posible que una mujer, un simple primate, me quite el sueño de un momento a otro. Tenía que haber algo extraño, esotérico, que no lograba descifrar, en ella.

Sobre todo, porque los últimos tiempos lo único que me interesaba en el mundo era concretar mi obra literaria, abandonando, incluso, a mi querida esposa. Tenía la sensación de que se la había vendido al diablo, a cambio de escribir algo bueno, perdurable, genial.

El procedimiento había sido simple: mandarla al diablo, por más maravillosa, tierna y sexy, que era, y dedicarme completamente a la literatura.

Por lo que pensé que esta chica debía de pertenecer a otra categoría, distinta totalmente a las conocidas por mí. Dejé a un lado mi labor creativa, y me puse a reflexionar sobre qué era lo que me había cautivado en ella.

Pensé en todo. Después de muchas reflexiones, tuve claro que se trataba de algo muy elemental. Se trataba pues, del hecho de haberla encontrado en medio de todos esos libros alucinantes. Eso era, una chica inteligente, bella, elegante, la combinación perfecta.

Quise hallarla de nuevo, no me perdonaba haberla dejado ir, y peor aún, en tan vergonzoso trance. Tenía que salir de casa, ya que no podía escapar de las cuatro paredes cerebrales. Me puse la chaqueta y me encaminé al parque.


CONTINUARÁ...

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