Un Triste Caso

Un Triste Caso


I


La primera vez que vi a Karina, me pareció que la conocía de otra vida.
Contemplar su rostro era como ver el cielo estrellado; sus ojos fulgían como soles, cada vez que me miraban furtivos. Su tristeza lánguida, su aire de ensoñación y su palidez de luna, llamaron fuertemente mi atención.
Me enamoré a primera vista, si es que algo así existe. Aquella vez conversamos sobre nuestros intereses comunes. Le gustaban los libros antiguos, y la magia. Me recitó de memoria unos poemas suyos que redundaban en simbolismos extraños.
Pude notar que sufría inconmensurablemente tras el velo de misterio que la envolvía. En ese momento no supe qué era, ni quise incomodarla preguntándole. Después de todo, era sólo una vana intuición. Pensé que era la soledad la que la tenía así, aunque ella no lo demostraba explícitamente, pues siempre se mostraba sonriente y tierna conmigo.
Karina no era de la capital, sino de algún pueblito amazónico perdido en el espacio y en el tiempo. Esos rasgos exóticos suyos me fascinaron. Quedamos para vernos otro día, y la embarqué en un taxi.



II


La siguiente vez me invitó a su casa. Llegué tarde, pues me había perdido entre las calles de los suburbios. Ella me recibió sonriente.
–Lo sabía, debí de explicarte mejor cómo llegar –me dijo, mirándome con ternura y enlazando sus frías manos con las mías.
Al entrar a su pequeño departamento, me sorprendió ver tantas velas negras prendidas sobre una especie de altar, donde destacaba una calavera; y en lo alto, una máscara totémica, con fauces de tigre; ojos constreñidos y densos, de serpiente; orejas puntiagudas; y hocico de toro. Tenía una mitra de forma piramidal, y la textura de su piel me hizo sentir escalofríos pues parecía humana. Sentí sus malévolos ojos sobre mí, y me sentí lividecer.
—Es el Chuncho, el demonio de la selva, pídele un deseo y te lo concederá, pero tendrás que sacrificar a alguien en su honor…
Me explicó, mirándome expectante. Me di cuenta de que estaba intentando asustarme, y cuando al fin exhalé el aire que tenía dentro desde que lo vi, se echó a reír, como siempre. Me pareció muy bonita a la luz de las velas.
—¿Y qué le has pedido tú? –la miré de reojo.
—A ti.
—¿Ah sí? ¿Y a quién vas a matar? —le pregunté irónicamente.
Me miró condescendiente, y giró la cabeza. Pude notar, por un segundo, que cambió súbitamente su expresión de alegría, por una totalmente compungida, aterrorizada, pero volvió tan rápido a la normalidad, que por un momento pensé que todo era producto de mi imaginación.
—Me gustan las sombras que generan las velas sobre el tótem. Nada más —afirmó, cortante.
Nos sentamos en la alfombra llena de almohadones, frente al altar siniestro. Bebimos un vino exquisito, y conversamos ampliamente.

Estaba algo mareado cuando intenté besarla. Al principio se resistió, pero luego ella misma apoyó sus brazos sobre mis hombros, volvió su torso frente al mío, y me besó.
Las negras lágrimas de las velas, me hicieron sentir en la antesala del Tártaro; y la suave calidez que desprendían las lumbres, me hizo sentir confortable. “Ella es un ángel del infierno”, pensé.
Nos abrazamos fuerte, la cogí de la cintura, y sentí su cuerpo rígido. Tenía puesto un corsé super ceñido, que le cubría casi todo el tórax. Intenté desabrocharle el vestido pero dio un salto como fiera, y me arrepentí de haber intentado aquello.
El resto de la noche, nos quedamos mirando quemarse las hebras de las velas, que de cuando en cuando rechinaban, como almas atormentadas que se calcinan una y otra vez. Ella empezó a recitar esotéricas letanías en un lenguaje extraño. Apoyé mi cabeza en su regazo, y vi a través de sus ojos negros un abismo de desolación.
El día comenzaba a levantarse, mientras las velas exhalaban sus últimos suspiros. Me encontraba totalmente aletargado cuando vi deslizarse una lágrima por su mejilla. Después me quedé dormido.
Recuerdo que tuve este sueño:
Habíamos viajado a la Amazonía, y avanzábamos por un sendero rodeado de todo género de árboles, aquel verde que todo lo inundaba era como un mar infinito, del que ya jamás saldríamos. Me sentía afortunado por estar con ella, la tenía cogida de la mano, y la miraba con el rabillo del ojo de cuando en cuando, suavemente. El sol moría en sus ojos, y estos me parecieron lo más bello que había visto en toda mi vida.
Llegamos a un santuario derruido. La maleza había devorado las paredes de adobe, todo tipo de insectos extraños pululaban por allí. Pero ningún bicho se atrevía a profanar el centro, en donde había una ara.
Karina me pidió que me eche en aquella piedra ceremonial; yo quise retenerla entre mis brazos, acostarla junto a mí, pero se desligó diciendo que llamaría a su hermana. Estaba tan cansado por el viaje que, pronto, dentro de aquel sueño, me quedé dormido.
Me pareció extraño que no anocheciera. Al despertar, quise levantarme pero no pude mover ni un músculo. Sentí claustrofobia, hasta que al fin pude levantar un poco la cabeza.
La vi venir, totalmente cambiada, tenía el cabello suelto, coronado con exóticas flores que nunca antes vi; estaba desnuda, sólo llevaba puesta una ligera falda de fibra vegetal, que dejaba ver sus bien formadas piernas. Me pareció hermosa. Detrás venía su hermana, con el mismo atavío.
Traían un cesto de frutas para mí, pero parecían hipnotizadas.
No intenté decir nada, pues tenía la lengua entumida. Entre ambas me alimentaron, y me miraron con ojos bondadosos. Me sentí como un rey, como un dios, aquellas mujeres hermosas me idolatraban, y fui feliz en ese momento.
No sabía cuántos días habían pasado, pues allí nunca oscurecía, pero advertí que era mucho tiempo, por los lapsos de sueño y vigilia.
Cierta vez, incorporé la cabeza y vi mi vientre hinchado. Estaba totalmente gordo, me habían estado cebado todo aquel tiempo. En ese instante oscureció. Sólo pude distinguir dos lucecitas siniestras. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, observé que era el Chuncho el que estaba sobre mí.
Me percaté de que ellas no me idolatraban a mí, sino a él, al tótem. Yo era el sacrificio para aquella deidad, sentí un terror sobrehumano, y vi a Karina aplastar con una enorme roca mi cráneo, una y otra vez, mientras de la boca del Chuncho escurría sangre verde babosa.

Desperté sudando frio, aún estaba en la casa de Karina, que preparaba el almuerzo para los dos. No le dije nada, pero no comí mucho, a pesar de que su comida era exquisita.



III


Fue pasando el tiempo, y nos enamoramos completamente. Ella era perfecta para mí, mi primera corazonada de que era el amor de mi vida, había resultado cierta.
Sin embargo, a pesar de tener la madurez suficiente para tener relaciones sexuales, y a pesar de que ya llevábamos dos años juntos, nunca me dejaba tocarla, solo la podía besar, y eso era todo.
Cada cierto tiempo, Karina viajaba a su pueblo, y yo me quedaba en la ciudad, por motivos laborales, o en realidad, porque ella nunca me invitaba. Hasta que un día le anuncié que quería ir con ella, a conocer a su familia. Al principio puso cara de contrariedad, pero, al instante, disimuló perfectamente.
Planeamos el viaje para aquel fin de semana, estaríamos sólo tres días allá, lo cual me pareció extraño pues ella generalmente se iba por quince días.
No dije nada, era tan suave y tierna que no quería molestarla con mis impertinencias.
Llegó el día señalado, y emprendimos la marcha. La pesadez de ésta, me hizo arrepentirme a medio camino, pero ya no había vuelta atrás. Además, a pesar del dolor de espalda, por los baches del camino de trocha que conducía a nuestro destino, la curiosidad era más fuerte.
Finalmente llegamos, era un lugar hermoso, anclado en medio de un mar de montes y bosques. Quise echarme en un claro del bosque apenas llegamos, para descansar la espalda, pero me reincorporé al instante pues había unas hormigas tan grandes como cucarachas, con unas tenazas que parecían de cangrejo. Ella se echó a reír y me dijo:
—¿Qué pasó?
—Nada, quería recostarme, pero parece que las hormigas quieren llevarme en procesión a su cueva.
—¡Jajaja! —se rio malévolamente.
Yo también reí mucho. Nunca había estado en la Amazonía.
Llegamos a su casa al amanecer, era una linda casita, alta, construida sobre columnas de madera, a unas pulgadas sobre el nivel del suelo.
—Acá hasta las casas parecen insectos —le dije, buscando su sonrisa.
Pero no sonrió, una palidez mortal había poseído su rostro; estaba helada, como muerta.
—¿Estás bien, preciosa? —le pregunté.
—Sí, no te preocupes, sólo un poco cansada.
Se abrió la puerta con un chillido horrísono, y salió su madre, exclamando con los brazos abiertos:
—¡Karinita, Kari, Kari, te he extrañado tanto! –gritaba una y otra vez. La llenó de abrazos y besos, y luego se fijó en mí, y me trató como a un conspicuo invitado.
Después, lo mismo con toda su familia. Me pareció la gente más amable del mundo, y sentí una especie de envidia por ella, pues tenía una familia maravillosa, super unida, y una casita muy linda en medio de la naturaleza.
Incluso le comenté la impresión que tuve, le dije que no entendía por qué ella vivía en la capital, tan alejada de toda esa gente que la amaba incondicionalmente. Karina no supo responderme, y yo no insistí.
Estaba feliz de estar con ella allí, de conocer a su familia y su pueblo. No obstante, ella parecía lejana, temerosa, aunque lo ocultaba muy bien. Pensé que era cuestión de su carácter, de su personalidad; no hallaba motivo alguno para que se sienta incómoda o mal. Me hizo pensar en las personas que son infelices porque lo tienen todo. Obviamente yo le perdonaba cualquier cosa, porque era muy linda conmigo, y me hacía dichoso.
Dormimos un par de horas, luego nos llamaron para desayunar. A ella le habían asignado un cuarto junto al de sus padres, y a mí, uno en el otro extremo de la casa, lo que al principio me incomodó; pero luego advertí que no tenía importancia alguna, pues, de todos modos, ella no me dejaba tocarla como mujer.
Yo era paciente respecto a ese tema, valía la pena esperar, realmente la amaba, e incluso la respetaba más por eso; simplemente era feliz con su fragancia a flor silvestre, y su melancólica sonrisa. Me impresionó ver el amor que se tenían sus padres, y también sus abuelos, que seguían juntos después de toda una eternidad.
Aunque había algo que no encajaba en aquella comedia de perfección. Otra vez pensé que el que no encajaba era yo, con mis pensamientos citadinos y viles, con mi estúpida desconfianza de todo.
—¿Y qué fue de tu hermana? —le pregunté, después del opíparo desayuno.
—¿Cómo sabes que tengo una hermana? —me respondió, abriendo los ojos muy grandes.
—¿Tienes?
—Sí, pero ella está muy lejos, ya no sabemos nada de ella —me explicó.
No pregunté más, pues esto parecía dolerle demasiado. Bajó la mirada, y creo que quiso llorar, pero logró contenerse y sonrió con afectación.



IV


El abuelo era tan viejo, tenía tan agrietada la cara y seca la expresión, que me hizo pensar en un árbol reseco, de frutas agrias. Me molestó que le hablara imperativamente, pero no dije nada; ella sólo asentía y hacia todo lo que él decía.
No entendía por qué Karina le tenía tanta devoción, tal vez porque estaba cercano a morir, aunque yo pensé que aquel anciano no moriría nunca.
Pasé una mañana agradable con toda su familia, su padre se mostró educado y amable. Conversé con él de materias que nos interesaban a ambos, mientras Karina y su mamá iban al mercado y hacían los preparativos para el almuerzo.
Por la tarde, le dije que no quería dormir separado de ella, pues estaba acostumbrado a quedarme dormido acurrucado entre sus brazos, abrazando su duro corsé, que no se quitaba por nada del mundo.
Me dijo que se pasaría por la noche a mi cama, cuando todos estuviesen dormidos, yo le sonreí agradecido, y con cierto temor también, pues no quería faltar el respeto a su casa, que tan cordialmente me había acogido.
Después de pasar el día con los suyos, le propuse ir a pasear por el pueblo, y ella aceptó. Me mostró los lugares más bonitos; luego fuimos a un barco que era a la vez un bar, anclado en la ribera del río. Tomé un suave trago alucinógeno. Nos divertimos mucho. Me pareció que era momento de volver a su hogar, pues ya era la media noche.
Pero ella no quería volver. Yo la complací, y deambulamos por rústicas calles. Encontramos una gran fiesta, a la que ella se mostró entusiasmada de entrar, pero yo le dije que no valía la pena, realmente estaba muy cansado.



V


Al llegar a su casa, todos estaban dormidos. Karina me instaló en su antigua habitación; a ella le habían asignado la habitación de su hermana, que se había ido para siempre.
Me estaba mostrando sus viejos libros; de repente, una voz estentórea la llamó desde arriba. Era su padre, la llamaba insistentemente a dormir con ellos. Karina respondió que ya iba, pero él no dejaba de gritar. Se puso nerviosa, me dijo:
—Ya me tengo que ir.
Me pareció extraño que una mujer adulta duerma en la cama de sus padres, pero me quedé callado. Le deseé las buenas noches y la dejé partir; me quedé leyendo un libro que me había gustado, y dejé la puerta entreabierta.
Treinta minutos después, bajó, a ver si yo ya estaba dormido, pero no, se me había quitado el sueño. Insistió en que me durmiese. Le dije que en unos minutos lo haría. Al irse, cerró la puerta de mi habitación, pese a que yo le pedí que la dejara abierta. Pasó algún tiempo, y yo seguía sin poder conciliar el sueño.
Entreabrí la puerta y me dispuse a dormir. En eso, escuché un ruido que me espantó. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era un chillido inhumano, brutal; quedé petrificado, sin mover un músculo, esperando oírlo de nuevo, pero no se repitió.
Es mi imaginación, pensé. Entonces escuché un golpe en el techo. Subí descalzo a ver qué era lo que ocurría.
Subí muy despacio, había actividad en el cuarto de sus padres; escuché una especie de gemido ronco, luego escuché a Karina ahogar un grito. Me asomé por la cerradura. Lo que vi me dejó atónito.
La madre estaba totalmente dormida, roncando. Tenía esa característica, siempre estaba muy activa durante todo el día, hiperactiva sería la palabra adecuada, y luego, de un momento a otro, caía inconsciente, como un costal de papas, dormida profundamente.
Al otro lado de la cama, vi a Karina, se había despojado de su corsé, y tenía a un monstruo sobre ella. Éste la lamía con una lengua viboresca, lo cual me causó repulsión y miedo. Me fijé en sus facciones, era una criatura hidrocefálica, con lengua de serpiente, babeaba un líquido viscoso y blanquecino.
Karina se retorcía debajo de aquella bestia, con el torso desnudo. Al fijarme en su vientre, vi que tenía una profunda herida viva. Aquel ser despreciable se chupaba los fluidos de sus entrañas, mientras ella lloraba sordamente. El corsé yacía en el piso, aplastado como un insecto.
Entonces comprendí por qué siempre lo llevaba puesto. Volví a mi habitación totalmente turbado, temblando, con arcadas, no pude aguantar las lágrimas. Cuando amaneció, mi almohada estaba empapada en llanto.
La mañana siguiente, fui el primero en levantarme, recordé todo lo que había sucedido la noche anterior, aterrorizado. Me miré al espejo, tenía los ojos ensangrentados, a pesar de esto, me senté en la mesa.
Su mamá otra vez estaba super activa, de aquí para allá. Fue a despertarla:
—Tu novio ya se despertó —le dijo.
Ella se levantó, y fue al baño a asearse.
—¿Por qué te has levantado tan temprano? —me dijo recriminándome.
Escuché que se lavaba, pero cuando salió, tenía la cara como cuando entró: demacrada, débil y transparente como un fantasma. De nuevo traía el corsé puesto, aunque esta vez mal atado.
Durante el desayuno, todo fue normal, como el día anterior. No obstante, yo estaba a la expectativa de descubrir alguna pista que confirme que no había alucinado, estaba segurísimo de que no había sido un sueño.
Karina estuvo callada y cabizbaja mientras todos comían, lo cual me llamó la atención porque, generalmente, no era así. Su padre estaba sentado frente a nosotros, percibí que cuando éste le hablaba, ella se incomodaba sobremanera.
Finalmente, todos se levantaron de la mesa, sólo quedamos nosotros tres. Yo me hice el distraído, untando un pan con mantequilla. Él le dijo algo que no capté en ese momento, relamiéndose los labios con actitud repulsiva y lujuriosa. Karina le dijo:
—¿Qué?
 Él dijo:
—¡Qué rico estuvo! —repitiendo el mismo gesto grotesco con la lengua.
Y ella ya no pudo ocultar su aversión.



VI


Me sentí tremendamente cobarde por no hacer nada, sólo quería salir de allí, irme; le propuse ir a dar una vuelta, ella accedió. Ahora todo el tiempo se mostraba sombría y taciturna. Yo sabía por qué, pero no dije nada.
—Regresemos a la ciudad —le dije, —no tienes por qué seguir viniendo aquí.
Karina se puso a llorar en mi pecho, y me confesó que lo hacía sólo por su abuelo. También dijo que velaba para que sus padres sigan juntos; que si no fuera por ella, su padre abandonaría a su madre. Le insistí en irnos, pero sólo atinó a llorar desconsoladamente.
Quería ayudarla, pero no había forma, estaba totalmente atada a ellos. Me sentí miserable, al fin entendía el porqué de su melancolía, y recordé que cuando me mostraron gruesos álbumes de fotos, noté que en todas, de niña, salía con la mirada perdida, no había ninguna en la que no saliera con expresión de angustia.



VII


Al Regresar a la capital, Karina volvió a ser como antes. En cambio, yo jamás fui el mismo.
No me pude quitar la imagen de su vientre lacerado, aunque no quería darme cuenta de que algo anormal ocurría con ella. Me negaba a aceptar que lo que había presenciado había sido real, incluso llegué a persuadirme de que todo había sido un mal sueño. A pesar de esto, cada vez que Karina iba a su pueblo, cambiaba notablemente su actitud y carácter.
La quise alejar de ellos a toda costa, pero ella se aferraba. Hasta que un día me di cuenta de que, en el fondo, ella disfrutaba aquel ultraje, y lo que sentía no era tristeza, sino remordimiento y culpa.

Conforme fue pasando el tiempo, la aflicción, y la incertidumbre de no saber qué hacer, me fueron debilitando, incluso dejé de alimentarme, me sentía tan desgraciado.


La amaba muchísimo, pero aun así, llorando lágrimas de sangre, decidí alejarme de ella, porque de otra forma, yo también hubiese muerto.




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